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Despertar en Ibiza

Siempre evocaba la misma imagen.

Quiero despertarme a tu lado, y sólo ver el blanco de las sábanas, y de la habitación. Y salir a una terraza, en la que estés esperándome. Envuelta en blanco, sentada sobre el grueso borde de piedra blanca, mirando el mar.

Pero vió que esa imagen no era buena.

Deseaba. Deseaba una imagen, un objeto de la mente. De ese deseo nacían raíces. Una deseaba el amor eterno e incondicional de una persona. Otra, un lugar -para ellos- idílico, en el que vivir. Tropezó con otra raiz, que asomaba del suelo: vivir, pero felices. Deseaba, también, un sentimiento. Esta vez no era una cadena de pequeñas chispas por la espalda. Era una cadena de deseos, de todo tipo. Deseo de ser, deseo de no ser, deseo de sensación, deseo de sentimiento. Deseo de todos y cada uno de los abanicos de la realidad.

Vió que su imagen mental era impermanente. Flotaba y era borrosa, y donde antaño había una comoda de madera oscura, ahora hay un cuadro cuya imagen no podía recordar. Y éso le entrañaba sufrimiento.

Vió que su amada era impermanente: envejecería y moriría, dejándole sólo.

Ojalá pueda morir entre tus brazos, y que tu rostro sea lo último que mis ojos vean.

Pero sintió congoja por lo que le pudiera pasar a ella, sola en el mundo. Y ambas cosas le entrañaron sufrimiento.

También vió que su hogar, su bella y resplandeciente casa ibicenca, acabaría tarde o temprano abandonada. O en ruinas. Arrasada por las bombas, o por la lluvia de fuego nuclear. Vió que era impermanente, y éso le entrañó sufrimiento.

Vió que la felicidad que buscaba en esa vida, era una quimera. Era agua que podía coger con ambas manos en un estanque impoluto, pero había gotas que escapaban escurridizas por sus dedos. No existía la felicidad completa, siempre habría algo en su vida que le haría sentir aflicción. Y vió que la felicidad, también, era algo impermanente. Y éso le produjo sufrimiento.

Vió que cada raíz que nacía, cada porción del puzzle de la realidad, era impermanente. Y, dada su condición, producía sufrimiento. Estuvo días, semanas, años y lustros estudiando la vida. Estudiando cada hecho, por insignificante que fuera. Y, mirara donde mirara, vió deseo. Vió deseo por cualquier cosa, por el Todo. Y Todo era impermanente.

La vida era sufrimiento.

Pensó que no era buen estar atado al deseo. Aquella noche estaba, por casualidades varias, en la playa. Había movido su cama hacia el balcón, para poder sentir la brisa nocturna del mar, que apenas se encontraba a veinte metros de él. No había blanco. Vió azul y negro, y éso le produjo gozo. Todavía faltaban bastantes horas para el am anecer. Erguido sobre la cama, y mirando la espuma de las olas, pensó en la impermanencia de la noche. En la del brillo de la luna, y en la de lo cegador del Sol. Supo que le esperaba un largo camino por delante; tenía que aprender muchas cosas. Tendría que errar y que desanimarse. Muchas veces tiraría la toalla, e intentaría ahogar lo aprendido. Pero por esta vez la cosa salió bien: intentó entender el por qué de ese sufrimiento, y le produjo satisfacción.

Volvió a acostarse. Las sábanas ya estaban frías otra vez, pero por poco tiempo.

Una entrada publicada el Lunes, 15 de Agosto de 2005, a las 12:41. Catalogada en Historias Dantescas. Puedes estar al tanto de los comentarios mediante la sindicación RSS 2.0.

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