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Archivo de Agosto de 2005

Ridi, Pagliaccio 11/08/2005

Por miles podía contar las minúsculas descargas eléctricas que se expandían desde mi nuca hasta la punta de los dedos de mis pies. Rápidamente recorrían la espina dorsal hasta llegar a la altura del estómago, y desde allí explotaban, repartiéndose por las extremidades de mi -ahora tan sensible- cuerpo. No podía ser sino una breve pero intensa alucinación -quién sabe si por esos años de tonteo- en la que tú volvías a aparecer otra vez, aquella de quien me escondo. Nos encontramos perfectamente simétricos, tanto que pareces mi imagen reflejada en un espejo. Pronto encontramos nuestras miradas. Estaba tan tranquilo aquí sentado… y ahora el Destino nos enmaraña, y te evoca justo a mi lado, a mi diestra. Pareces tan sorprendida o asustada como yo, aunque yo empiezo a acostumbrame a este tipo de alucinaciones. Como era obvio, todo lo que no somos tú y yo está sumido en la oscuridad. Neutra, pero helada conforme nos envuelve. Porque yo apenas soy consciente de mi cuerpo (por ahora), pero tú pareces muerta de frío, del color que tendría tu rostro si se viera reflejado en el hielo. Hasta podría trazar mentalmente la forma del aire que exhalas. Sólo se salvan tus mejillas y tus ojos.

Existe una sensación que no tiene nombre. La sientes justo antes de saber si estás tocando hierro incandescente, o algo capaz de congelar los siete océanos. No llega a ser dolor, sí un flash previo a él. Por tu aspecto, intuyo que será de frío. La siento justo cuando nuestros antebrazos entran en contacto. Entonces, ni frío ni calor, otra descarga eléctrica. Empiezo a sentirme como un reo, tan inmóvil, y tan a expensas de ti. Entonces, la realidad se desdobla. En un camino, descanso la palma de mi mano sobre el dorso de la tuya. Otro es parecido a éste, salvo que nuestros dedos se entrelazan. En otro, siento esa fuerza genérica que todo el mundo siente justo detrás de la cabeza cuando se pregunta si la persona que comparte el escaso aire que les une durante diez centímetros también la está sintiendo. Pero no llego a besarte. En el siguiente desdoble, sí. Y éste se desdobla en otros mil, pero la forma en que siento tus labios en cada uno de ellos no tiene palabras. Su naturaleza se escapa de mi comprensión, pero es de un ligero color rojo grisáceo, como tus mejillas. En algunas de esas realidades nos detenemos en ese instante momento, como extenuados. O como excusa condescendiente para no romper el beso. En otras tantas, queremos más, pero no quiero perderme describiéndolo. Todas esas realidades son aquellas pequeñas descargas, que explotaron en lo más profundo de mi traicionero subconsciente, con sede en las dependencias traseras del cuello, y se expandieron -se desdoblaron- por todo mi cuerpo, en lo que dura este golpe de pestaña. Empezó siendo una, después dos, luego millones. En todas esas realidades infinitas y paralelas, acabamos siendo sólo tu y yo. Pero -oh trágico destino, oh capitán mi capitán, O Romeo Romeo Whyfore art thou Romeo- todas esas descargas acaban disipándose cuando llegan a mis extremidades. En el caso de nuestras realidades, todas acaban estrellándose contra una única realidad: la de verdad.En ese momento, puedo oirle cantar, como en una de esas radios antiguas:

Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore infranto,
ridi del duol che t’avvelena il cor!

La indecisión de Libra 10/08/2005

No sé lo que me conviene.
No sé qué carrera estudiar.
No sé si comprar o vender mis acciones de carne de cerdo.
Polo rojo o polo azul.
Johnny o Timmy.
La Jessy o la Genoveva.
¿O las dos?
¿Me gustan los tíos o las tías?
¿O los dos?
¿Ban al nombre o a la ip?
¿Y si mejor le borro la ficha?

No sé qué escoger.

En algún momento, te sientes como Libra, y no parece haber un hecho que sea absoluto a la hora de decantarte por alguna de las opciones. Ambas sus ventajas, y sus inconvenientes. Ni las ventajas ni los inconvenientes parecen ser suficiente para elegir. Alguna de las ventajas -o de los inconvenientes- tirará más de la razón que del corazón, y viceversa. ¿Debo dejarme guiar por la intuición? ¿O debo ceñirme a lo que me dicta la razón? Si me decanto por la elección de la razón, quizá sea porque en mi vida he acumulado la suficiente experiencia como para decidir que ella es la que más me conviene, por encima de la elección del corazón. Pero… ¿qué me aportará la del corazón? Una nueva experiencia, quizá. Algo que no haya experimentado antes, algo temerario y emocionante, caótico, que no sé cómo puede acabar. ¿Qué más da si acaba bien o acaba mal? Para bien o para mal, aprenderé. Y quizá la próxima vez utilice la razón en una disyuntiva semejante, en lugar del corazón. La elección del corazón me aportará más emoción, sí. Pero… ¿puedo rebajar el cubata de whiskey con un poco de agua? Quizá pueda extrapolar algo de razón a la elección del corazón. ¿Sé cómo puede acabar la emocionante y drowniana opción?

Y me pregunto… ¿soy capaz de soportar las consecuencias de elegir con el corazón? Normalmente suelen ser más impredecibles. Puede que te hagan daño. O puede que tú causes daño sin quererlo. ¿Soy capaz de soportar el aburrimiento de elegir con la razón? Quizá el hecho de saber a lo que me atengo me haga perder el deseo.
Y si todas las opciones tiran de la razón…
Y si todas tiran del corazón… Y si a mitad de camino me sale otra opción más… ¡puf!
Ni razón ni corazón. Pero sí un equilibrio de ambas. Y si no, una moneda al aire. No hay nada más placentero que observar como se enmaraña el Destino de cada uno, cómo aprendemos de las cosas que nos pasan. Y para ello no hay nada mejor que descojonarse sabiéndolo. Aunque acabes mal, con una pierna rota. Sin trabajo, sin novia. Muerto o muerta. Cuando dentro de dos años estés llorando por haberte equivocado, sé feliz por haber aprendido una lección. Sé feliz en el sufrimiento. Ya explicaré por qué en una próxima ocasión. No tengas miedo de aprender, o de equivocarte, por mucho que sea lo que te juegues.

Pero sobre todo, antes de tirar la moneda al aire, antes de hacer un programa que te devuelva el random entre 0 y 1. Piensa. Piénsalo todo de forma lúcida y cabal. Si quieres, peca de meticuloso. Medita bien cada paso que des, piensa cada consecuencia. Sobre todo -otra vez- no pienses en cómo estarás la semana que viene, o el mes que viene. Si te interesa, si crees que es necesario, piensa en cómo estarás en 1 año, en 10, en 40. Es tu vida, es tu elección.

Por enésima vez. Sobre todo, por favor: No me hagas caso. No te creas nada de lo que he escrito. Si piensas como yo, que sea por tu propia iniciativa, no por la mía.

Lloth te mira con dilatados ojos vidriosos.

Lloth te dice: ¿Te he dicho alguna vez que eres el amor de mi vida?

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