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Archivo de Octubre de 2005

Boceto desquiciado del Amor y el Odio 24/10/2005

Situación: La misma iluminación de funerarias u hoteles lujosos de zonas lluviosas a altas horas de la madrugada, todo rezuma un aura a terciopelo magenta y madera oscura iluminados por candelabros. Una mansión sólo habitada por un excéntrico y -extraoficialmente- millonario joven.

Escuchaba el crepitar de los polvorientos troncos de la chimenea, y mezclaba mentalmente su sabor con el de la copa que mezo elípticamente en mi mano. A la vez fumaba en pipa de maiz y con un tercera pero inédita extremidad, con forma de brazo, acariciaba a mi fiel sabueso, un cruce entre pastor alemán y caniche (sick) (sic). También leía un libro de Edgar Allan Poe. Estaba rozando la demencia, de no ser por dos prostitutas con tutú que fumaban una amalgama de crack y huesos triturados (¿dónde he leído ésto?), que me susurraban obscenidades con las que mantenerme atado a la irrealidad. –¡Anacronismo! -grité enfurecido blandiendo mi florete, cuya afilada hoja no menguaba lo afeminado de su nombre.

Me había pasado ocho años de mi vida encerrado en mi mansión, con un mayordomo que -intuyo- se emborrachaba todas las noches en las bodegas de los sótanos, buscando amistades diferentes a las paridas por mi mente perdida -¡por la mujer y la bebida!-. Mi empresa en estos años era absurda: dibujar juntos al amor y al odio.
Ocho años arrastrados por una corriente de coñac (antes de acostarme), coñac (para desayunar), coñac (al mediodía) y por la tarde, pues un calimocho. No sé cuántos de esos años estuve arrimándome a la idea de que el amor y el odio eran una línea recta. Después de perder un ojo al escapar de prisión (a falta de cuchara, buena es la cavidad ocular para cavar en el suelo utilizando el vacío -¡flop!-) no conservaba buena visión espacial, así que deseché la línea para embarcarme en la esfera. O viceversa. Creo que la línea me parecía muy sosa, y la esfera se escapaba a mi prehistórica devisión (sic) espacial.
También intenté mezclar líneas y esferas, haciendo una especie de objeto tridimensional, representación de las pesadillas de los gurús del pop-art y esos cuadros con escenas de comic mal encajadas. Luego junté una especie de circunferencia achatada con un agujero, como la paleta de un pintor. Pero el amor y el odio no encajaban en ninguna de estos abortos. Demasiado cercanos a veces. Otras tantas, demasiado lejanos. Sobre todo, inconexos. Nunca son equidistantes.

Pero en la sala de ordenadores (anacronismo #2) de mi mansión (o que quizá sólo era mi cuarto, por lo de la falta de percepción espacial), bajo la mirada voyeurista del mayordomo-becario, leí a la kamikaze de la belleza. Y mediante alguna enmarañada red de asociaciones, lo descubrí. Y lancé mi pipa al suelo, y mi libro de Edgar Allan Poe (que nunca llegué a empezar a leer, pero que ha influído enormemente en mi vida), y también lancé a mi fiel perro al suelo, con más fuerza que nunca, y salió escopetado a su perrera-mansión_gótica.

El amor y el odio son la figura más sencilla. Producto de una estaca 8-foot china de hace cientos de años, y de muchas noches de observación de la osa mayor, los amaneceres y los anocheceres. Seis circunferencias concéntricas con 24 sectores, que las dividen en 24*6… trozos. La sombra más larga, es la del solsticio de invierno. La más corta, la del solsticio de verano. Después de unir las líneas, sale ésto:

Yin Yang

Tan obvio que he tardado ocho años en verlo. La perfecta representación del amor y el odio, juntos, es el yin y el yang.

Ocho años a la mierda en la mansión de Monty Burns. Espero que todavía me conserven los créditos de la carrera. De todos modos, hoy dormiré más agusto. Absurdismos e infracciones de los derechos de autor aparte: gracias de corazón.

Crossfade onírico con Marcellus Wallace y el ineludible armisticio 10/10/2005

Fue como el final de una canción que se diluye en el principio de su sucesora. La fiebre y el sueño no se mostraron comedidos a la hora de colaborar en tal sacrilegio. Frente a mí, un imponente negro empapado en sudor, que no en crack. No todavía. Es Marcellus Wallace. Me habla, pero esta vez no de boxeo, sino de amor. No parezco en disposición de discutir sus argumentos.

El armisticio

Marcellus Wallace: Lo que ocurre, Arturo, es que ahora posees habilidad.
M.W.: Pero por muy doloroso que sea, la habilidad no perdura. Y la tuya no tardará en desaparecer.
M.W.: Bien, es una ley de vida muy dura, joder. Pero es una ley de vida con respecto a la cual vas a tener que ser realista.
M.W.: Verás, este negocio está lleno hasta los topes de cabrones poco realistas. Hijos de puta que creían que su amor iba a envejecer como el vino. Si eso significa que se convierta en vinagre… así es. Pero si significa que mejora con los años… pues no.
M.W.: Además, Arturo, ¿cuántas peleas más crees que podrás acabar? Un par. No existe el gran día para los románticos en este siglo. Estuviste cerca pero nunca lo conseguiste. Y si hubieses tenido que conseguirlo algún día, ya lo habrías conseguido.
Me extiende un sobre lleno de billetes, que rezuma un aura ponzoñosa.
M.W.: ¿Eres mi socio?
Arturo: Éso parece, desde luego.

Marcellus