Crossfade onírico con Marcellus Wallace y el ineludible armisticio
Fue como el final de una canción que se diluye en el principio de su sucesora. La fiebre y el sueño no se mostraron comedidos a la hora de colaborar en tal sacrilegio. Frente a mí, un imponente negro empapado en sudor, que no en crack. No todavía. Es Marcellus Wallace. Me habla, pero esta vez no de boxeo, sino de amor. No parezco en disposición de discutir sus argumentos.
El armisticio
Marcellus Wallace: Lo que ocurre, Arturo, es que ahora posees habilidad.
M.W.: Pero por muy doloroso que sea, la habilidad no perdura. Y la tuya no tardará en desaparecer.
M.W.: Bien, es una ley de vida muy dura, joder. Pero es una ley de vida con respecto a la cual vas a tener que ser realista.
M.W.: Verás, este negocio está lleno hasta los topes de cabrones poco realistas. Hijos de puta que creían que su amor iba a envejecer como el vino. Si eso significa que se convierta en vinagre… así es. Pero si significa que mejora con los años… pues no.
M.W.: Además, Arturo, ¿cuántas peleas más crees que podrás acabar? Un par. No existe el gran día para los románticos en este siglo. Estuviste cerca pero nunca lo conseguiste. Y si hubieses tenido que conseguirlo algún día, ya lo habrías conseguido.
Me extiende un sobre lleno de billetes, que rezuma un aura ponzoñosa.
M.W.: ¿Eres mi socio?
Arturo: Éso parece, desde luego.

