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Archivo de Diciembre de 2005

Detalles. No podría estar sin… 28/12/2005

El sonido de los intermitentes de los coches. Tostadas con mucha mantequilla. El olor de la lluvia en verano. Viejas películas en blanco y negro que emiten en la 2. Acordeones (por algún motivo, la gente parece odiarlos). Radio 3. Salir de noche y que huela a hoguera. Champús de chica -los que huelen a fruta- y las tentaciones que desencadenan. Radiohead’s Talk Show Host. Gustavo Adolfo Bécquer. Amasar cualquier cosa que se pueda amasar. Mi cazadora. El “uh uuuh uh” de las lechuzas cuando voy a trabajar, o cuando me despierto en Benicàssim. Sandwiches de nocilla de tres o más pisos. Imperfecciones, de cualquier naturaleza. Leonor Watling. Jugar con imanes. Chocolate amargo. Viajar en tren. Las películas navideñas de Chevy Chase. Patatas fritas (de las de freidora, no de las de bolsa). Áreas de descanso de autopistas. Cherry Coke. Pulp Fiction. Oler cada revista, libro, periódico, etc. que cae en mis manos. Cerillas. Despensas, de esas con muchos botes de comida y frutas confitadas. El olor de las velas. Escuchar llover desde el coche. Nuca y espalda. Coger un libro al azar. Jardines Zen. Lolita Lempicka. El sabor del agua del mar. Conducir por carreteras desiertas. Salir a la calle muy temprano en verano y que haga frío. Postres del VIPs. Ilustraciones de El Roto. El olor del Cristasol. Queso hasta el empacho. El sonido del bajo. Mis 507. Asimetrías. Despertarme y ver que me quedan, mínimo, dos horas de sueño. Niebla. Panetones. Masa de bizcocho cruda. Vértigo en el estómago. Murcia. Leche con canela y limón. Viajar y notar la humedad del -cada vez más cercano- mar al salir del coche para echar gasolina. Tardes de verano con golondrinas. Música.

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Skinhead attitude 27/12/2005

De vez en cuando, alguien coge un periódico y lee un artículo. Y piensa: “Vaya, están hablando de una cosa de la que tengo algo de idea”. Y su asombro empieza a convertirse en una arcada que se reproduce una y otra vez conforme va avanzando en su lectura. Y se pregunta: “Joder, si de algo que conozco sólo leo basura y datos incorrectos, ¿qué cantidad ingente de mierda estarán vendiéndome en temas en los que no estoy tan al día?”. Y entonces acaba odiando a los periodistas. Y los ve como prepúberes que cogen la Encarta (tiempos en que no existía la wikipedia) y se ponen a copiar cosas, sin ton ni son, para su trabajo sobre equinos; con tanta negligencia que acaban copiando el famoso copyright del Encarta y todo, y la profesora les suspende.
Pues algo así me pasó al leer el libro Diario de un Skin, y al ver el documental homónimo. No se puede esperar menos de un periodista, aunque sí de la persona. La persona que, entre otras cosas, tiene los cojones (o la necedad) de juntarse con tres neonazis yendo él de “skin”, cubriendo sus melenas con un gorro de lana, y esperando que todo salga bien.
El movimiento skinhead puede gustar o no, pero desde luego no tiene nada que ver con lo que venden los medios de información. Incluso sería capaz de entender que haya gente a la que le hayan vendido tanto la moto, que aun después de ver el documental del que voy a hablar a continuación siga pensando que un skinhead es un neonazi. O directamente, cuando vean a un skinhead negro en los primeros minutos del programa reivindicando las verdaderas raices del movimiento, se pensarán que se trata de algún tipo de documental-propaganda de algún grupo de descerebrados.
Skinhead attitude es de los pocos trabajos aceptables que se han elaborado sobre el movimiento skinhead, que muestra el origen obrero, antifascista, antirracista, multirracial y genialmente musicalizado del mismo. Lo podéis encontrar en versión original, subtitulada en castellano.

ELink: Skinhead.Attitude@eselkult.de.SUBTITULADO.CASTELLANO.avi
Y la web del documental (edit: vínculo roto)

Si el documental pesa mucho, siempre se puede echar mano de:

En fin, como ya he dicho, pueden gustar o no. Pero nunca está de más saber qué es lo que se cuece realmente.

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Fundamentos de Discusión, o lo estúpido de la comunicación tradicional 25/12/2005

Como todo domingo, hoy toca limpieza general. Entre mini-botellas de alcohol, de esas que se consiguen en los puestos de las ferias, y montañas de ropa sucia, encontré unos apuntes de mi asignatura predilecta: Fundamentos de Discusión.
Desde el primer día de clase te metían el miedo en el cuerpo, porque la asignatura utiliza un medio de incomunicación tan ineficaz como el lenguaje (hablado y escrito), y éso supone que, por muchas horas de estudio que le eches, e incluso si trabajas de becario en algo relacionado con ésto, siempre creerás que la otra persona entiende lo que dices. Pero no. No te entiende. Ni tú a él. Porque tarde o temprano terminamos usando palabras de las que ambos contendientes creemos saber su significado, aunque en el fondo no tenemos ni puta idea, como idiosincrasia, condescendencia, hipocresía, paralelismo, obturador, o encomiable. En la asignatura Fundamentos de Discusión II también tratan acerca de una rama más peligrosa: palabras comunes cuyo significado estamos seguros al 100% de conocer, pero que cada persona interpreta a su manera: nación, país, religión, estado, amor, etc. Por éso, jodido es aprobar una asignatura que se basa en un medio tan pobre y tan imperfecto como el lenguaje.
Iba pasando las hojas, e iba viendo garabatos y caricaturas que hacía de los empollones de la primera fila. Como buena asignatura de ingeniería informática, tarde o temprano tenía que salir la recursividad por alguna parte. Yo, que fui al instituto, ya iba bien curtido en discusiones recursivas, sobre todo esas en las que se mencionan las habilidades en la cama de la madre o la hermana del contrincante. Tu madre ésto, tu madre lo otro, ¿sí? pues entonces yo a tu madre tal y cual, y de paso arrastro a tu hermana a este vórtice de ladridos. Aquí cogí pocos apuntes, porque controlabamos bastante.
Los últimos temas sí eran más jodidos, porque ya te metías en el terreno de la psicología. Según la asignatura, en una discusión el contrincante suele basar sus ataques en traumas o defectos que le avergüenzan, y con los que intenta mancharte. Ésto se acentúa más cuando ve tales traumas reflejados en ti. Por éso, es posible conocer las grietas del adversario atendiendo únicamente a los insultos que te dedica; y puedes filtrarte en ellas cómo gas ponzoñoso. Cuando llegué a este tema, dejé de ir a clase. El lenguaje es un cuello de botella, por éso yo soy un absurdo, y los gafapastas son así de tontos. Telepatía ya.
Salidas de la asignatura: Críticos literarios, contertulios y colaboradores de debates televisivos.

Lavandería nocturna 24/12/2005

Madrugada muy avanzada.
Sigo esperando que el mensaje de mi misión secreta interrumpa a este telepredicador, tiritando de frío en la lavandería, hecho un ovillo, siendo un mendigo más en la fila de televisores de pago. La mayoría de ellos están ya durmiendo, teniendo dulces sueños de borracho, mientras la radiación herziana termina de consumir mis ojos envidiosos, que también buscan un poco de paz onírica. ¿Dije que vestía una gabardina? Pues no, es una cazadora vaquera, y no llevo sombrero: se lo llevó el viento.
Cuando lo has perdido todo, disfrutas hasta del frío plástico de esta butaca anclada a la pared, y del ruido que hace el oxidado brazo articulado del televisor, que lo sostiene para mantenerme en vela y recordarme que existen más colores aparte del azul-noche y el naranja-farola; y construyes en tu mente la trama que te gustaría protagonizar, y puedes pasarte la noche vagando por la ciudad, en una escena constantemente re-edificada por la niebla y las luces de los rascacielos. Tu único desafío es conseguir algo que llevarte a la boca un par de veces al día, porque ya te has acostumbrado a no comer; y la verdad, no te importa.
Quizá por haber descuidado la comida más de lo habitual, hoy no tengo ganas de investigar nada; volveré al viejo edificio abandonado que es mi hogar y mi cuartel general, a cubrirme con viejos periódicos chinos, y soñar con todo lo que -adrede- he dejado pasar. Los perros ladrando, muy a lo lejos, me reconfortan; son el opuesto invernal a las peleas estivales de gatos. Yo respondo -no a ellos, sino al vacío- tres palabras sin propietaria, como todas las noches desde que perdí la cabeza.
La historia de ayer me gustó más -pienso.
Pues habrá que beber más.

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Vangelis: Love theme 20/12/2005

Hoy no tengo ganas de trabajar, y tengo la sensación de haber leído estas seis primeras palabras en más ocasiones de las que puedo recordar: ni tan siquiera una. Será porque anoche en sueños alguien me propinaba cabezazos -frente contra frente- hasta que perdía el sentido y me despertaba con un sobresalto, e intento recuperar la consciencia cruzando mis dedos y apoyando la barbilla sobre ellos.
Tengo la mente en blanco, y sólo habla la mano de Mark Knopfler y su Money for Nothing; y es como un baile de fin de curso encharcado, mugriento y enmohecido que parpadea con un fluorescente roto de madrugada, como si se estuviera celebrando en el callejón de atrás de un drugstore de los suburbios de Los Angeles. Y no puedo tejer una idea cabal, porque la última puntada se convierte en el vapor que rezuma del asfalto y la suciedad, y se pierde para siempre con otros humos y hálitos ponzoñosos.
¿Será esa inquietud la que repetitivamente castigó mi cráneo mientras dormía? Quizá serán las ondas que empuja mi viejo saxofón oxidado y que ralentizan la ascensión del humo, mientras mi gabardina y mi sombrero no se empapan del cursi rocío matutino, sino de la condensación de los gases de las entrañas de la ciudad. Y va siendo hora de buscar la lavandería más cercana, también frecuentada por otros vagabundos bohemios; para alimentar junto a ellos televisores -de media hora en media hora- mientras imagino que no veo a Pat Robertson pidiendo mi número de tarjeta de crédito, sino a un misterioso enmascarado que me encarga misiones secretas, porque soy un detective secreto, y no una sombra cruzada por humos que se alarga en un callejón.

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