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Lavandería nocturna

Madrugada muy avanzada.
Sigo esperando que el mensaje de mi misión secreta interrumpa a este telepredicador, tiritando de frío en la lavandería, hecho un ovillo, siendo un mendigo más en la fila de televisores de pago. La mayoría de ellos están ya durmiendo, teniendo dulces sueños de borracho, mientras la radiación herziana termina de consumir mis ojos envidiosos, que también buscan un poco de paz onírica. ¿Dije que vestía una gabardina? Pues no, es una cazadora vaquera, y no llevo sombrero: se lo llevó el viento.
Cuando lo has perdido todo, disfrutas hasta del frío plástico de esta butaca anclada a la pared, y del ruido que hace el oxidado brazo articulado del televisor, que lo sostiene para mantenerme en vela y recordarme que existen más colores aparte del azul-noche y el naranja-farola; y construyes en tu mente la trama que te gustaría protagonizar, y puedes pasarte la noche vagando por la ciudad, en una escena constantemente re-edificada por la niebla y las luces de los rascacielos. Tu único desafío es conseguir algo que llevarte a la boca un par de veces al día, porque ya te has acostumbrado a no comer; y la verdad, no te importa.
Quizá por haber descuidado la comida más de lo habitual, hoy no tengo ganas de investigar nada; volveré al viejo edificio abandonado que es mi hogar y mi cuartel general, a cubrirme con viejos periódicos chinos, y soñar con todo lo que -adrede- he dejado pasar. Los perros ladrando, muy a lo lejos, me reconfortan; son el opuesto invernal a las peleas estivales de gatos. Yo respondo -no a ellos, sino al vacío- tres palabras sin propietaria, como todas las noches desde que perdí la cabeza.
La historia de ayer me gustó más -pienso.
Pues habrá que beber más.

Una entrada publicada el Sábado, 24 de Diciembre de 2005, a las 13:03. Catalogada en Relatos. Puedes estar al tanto de los comentarios mediante la sindicación RSS 2.0.

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