Los Goonies
Es domingo.
Ahora me gustaría estar en Astoria buscando un tesoro pirata. Con el botín me compraría una casa cerca de los muelles Goon, y saldría por las tardes a jugar a máquinas recreativas vintage, a beber batidos y comer pizzas. No me gustaría ser del equipo de rugby y llevar esas horteras cazadoras con una letra bordada en grande, pero tampoco pertenecería al club de ajedrez. Me metería a algo relacionado con la fotografía, porque suele haber gente más interesante, y siempre hay una chica-tesoro alternativa vistiendo camisas de cuadros leñador-style a la que nadie hace caso -excepto yo, por supuesto-. Y la llevaría al baile de primavera o al de fin de curso, y le compraría la pulsera-ramillete más grande de todas, y me pondría el smoking más caro, e iríamos en la limousine más cara de alquilar, y luego acabaríamos ineludiblemente en un granero. Acabaría formando parte de la pandilla, levantando más que celos entre mis colegas.
Pero como Sloth murió -al igual que Chanquete, lo cual me da que pensar- ya no tendría tanta gracia buscar tesoros. Y llegará un momento en que estaremos podridamente ricos, y dejaremos de salir por los muelles de Goon porque nos habremos comprado unas mansiones carísimas en la zona del club de golf, y en vez de quedar para comer patatas fritas y arrancar penes de estatuas, pues nos meteríamos unas rayas. Y seríamos un club de Macaulay Culkins.
Por éso, con encontrar un (1) tesoro basta. Luego seguiría llevando una vida tradicional americana. Jugando con los colegas al Colecovisión, merendando emparedados de crema de cacahuete, y fornicando en el granero municipal. Aunque Astoria está en el extremo noroeste, y no creo que haya muchos graneros para flirtear con paletas sureñas y desdentadas que tengan la choza llena de banderas de la Confederación. Pero el bosque neblinoso y lleno de hojarasca está bien. No sé por qué la gente es tan exquisita.
