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Cuenta una leyenda…

—Comienzo de la sección a ignorar—

Un joven reposa su trasero contra el musgo del promontorio rocoso. En realidad le da asco manchar sus caros pantalones khakis, eslabón marcapaquetes de la indumentaria universitaria; pero quiere impregnarse de todo el romanticismo de este bosque neblinoso. Y eso supone impregnarse de bichitos, barro y otras desgracias bucólicas.
El promontorio, como ya he dicho, es de roca y musgo. El típico que dos metros al sur esconde la guarida de un oso negro, un paquidermo muy gracioso que sin duda rugiría gozoso ante la presencia de un inocente mozo de dedos rollizos y cierto aroma a gusto por repartir felaciones a sus compañeros de fraternidad.
La niebla aquí es espesa en setiembre, y los chicos se reunen para recitar poesía.
—Oh capitán, mi capitán —recita Ken, papelajos arrugados en mano.
Levanta su corbata magenta el céfiro, que acompaña otro levantamiento, mas éste procede del otro mundo. Es el capitán, oh. Su capitán, cuyo cadáver descansaba impertérrito bajo el humus sobre el que se apoyan sus náuticos, que ahora están empapados en orín. Su capitán, el que se levanta de entre los muertos acompañado del céfiro, sable en mano, mano en brazo, brazo en la otra mano, y la otra mano en el otro brazo, y en todos carne descompuesta, piscolabis de anélidos.
—Heme aquí, desgraciado. ¿Qué excusa será eco en mi devorado cráneo para justificar la necedad de despertarme?
El joven Ken, añorando tiempos mejores en su Chevy BelAir del 55 por las playas de Malibú, continuó aliñando sus pantalones.
—¿No respondes, oh polizón, mi polizón? —enfadóse el zombi— Entonces habré de relatarte un breve relato.

—Fin de la sección a ignorar—

—Escúchame, Chechu —dijo el capitán zombi— te voy a hablar de la gente sincera.
—Te escucho, abuelo. Pero de tu boca manan inmundos gusanos. Lombrices u otros anélidos que distraen mi atención hacia otros derroteros más escatológicos, como por ejemplo la arcada o el vómito —dijo Ken.
—Mira, Chencho, hijo mío…
—Soy Chechu, mi Capitán —dijo Ken.
—Da igual. Hay dos tipos de gente sincera. Unos te lo dirán a los cinco o seis minutos de haberlos conocido: «Yo es que soy así de sincero o sincera». Huye de esa gente. Son carne de cañón para el Diario de Patricia.
—¿Qué es el Diario de Patricia, abuelo?
—Inmundicia.
—Oh.
—Sep.
[silencio tenso, muy tenso]
—¿Tú vienes mucho por aquí?
—¡Sólo cuando tengo que empalar a poetas afeminados como tú! —dijo Long John mientras ensartaba su cimitarra en el débil plexo solar de Ken. Las tripas del bohemio y romántico recitador, acompañadas de sangre a borbotones, regaban ahora la tumba del famoso capitán de los versos de ‘Oh capitán, mi capitán’, que cada seis plenilunios (o cada vez que algún pazguato se poner a recitar sobre su tumba) se levanta en descomposición para comerse el cerebro de jóvenes poetas vírgenes.
He aquí una leyenda que ha ido pasando de boca en boca, amén de mononucleosis varias, y que es conocida desde hace años como El club de los poetas muertos.

Moraleja

Si conoces a alguien y antes de diez minutos te ha dicho que es una persona muy sincera, significa que probablemente será sincera sobre ti, pero con los demás. Es decir: te pondrá a parir a tu espaldas. La sinceridad, como otras muchas cosas, se demuestra con hechos. Y dejar en paz al puto capitán, mi capitán. A este paso el túmulo donde habita estará tan engordado a base de cuerpos de jóvenes románticos que podrá verse con Google Earth.

Una entrada publicada el Domingo, 29 de Enero de 2006, a las 22:17. Catalogada en Historias Dantescas, Relatos. Puedes estar al tanto de los comentarios mediante la sindicación RSS 2.0.

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