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Archivo de Enero de 2006

Los Goonies 08/01/2006

Es domingo.
Ahora me gustaría estar en Astoria buscando un tesoro pirata. Con el botín me compraría una casa cerca de los muelles Goon, y saldría por las tardes a jugar a máquinas recreativas vintage, a beber batidos y comer pizzas. No me gustaría ser del equipo de rugby y llevar esas horteras cazadoras con una letra bordada en grande, pero tampoco pertenecería al club de ajedrez. Me metería a algo relacionado con la fotografía, porque suele haber gente más interesante, y siempre hay una chica-tesoro alternativa vistiendo camisas de cuadros leñador-style a la que nadie hace caso -excepto yo, por supuesto-. Y la llevaría al baile de primavera o al de fin de curso, y le compraría la pulsera-ramillete más grande de todas, y me pondría el smoking más caro, e iríamos en la limousine más cara de alquilar, y luego acabaríamos ineludiblemente en un granero. Acabaría formando parte de la pandilla, levantando más que celos entre mis colegas.
Pero como Sloth murió -al igual que Chanquete, lo cual me da que pensar- ya no tendría tanta gracia buscar tesoros. Y llegará un momento en que estaremos podridamente ricos, y dejaremos de salir por los muelles de Goon porque nos habremos comprado unas mansiones carísimas en la zona del club de golf, y en vez de quedar para comer patatas fritas y arrancar penes de estatuas, pues nos meteríamos unas rayas. Y seríamos un club de Macaulay Culkins.
Por éso, con encontrar un (1) tesoro basta. Luego seguiría llevando una vida tradicional americana. Jugando con los colegas al Colecovisión, merendando emparedados de crema de cacahuete, y fornicando en el granero municipal. Aunque Astoria está en el extremo noroeste, y no creo que haya muchos graneros para flirtear con paletas sureñas y desdentadas que tengan la choza llena de banderas de la Confederación. Pero el bosque neblinoso y lleno de hojarasca está bien. No sé por qué la gente es tan exquisita.

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Impermanencia, quiropráctica y ron en la petaca 04/01/2006

Mi quiropráctico insite en considerar la impermanencia de las cosas, especialmente de aquellas que tan sutilmente construyen la base de nuestra seguridad: las que nos hacen conciliar el sueño, aquellas cuyo final jamás se nos ha pasado por la cabeza.

No me refiero a tener una visión pesimista de la vida. Simplemente, a aceptar que no hay nada permanente: desde la camilla sobre la que recoloco tus vértebras, que algún día acabará siendo chatarra en el basurero; hasta la chica que amas, que probablemente te sustituirá por el propietario de un BMW M3 que no sepa encontrarse el agujero del culo… e incluso en el caso de que se conforme con tu Seat Arosa, tendrás que considerar que tarde o temprano la Parca segará su vida. Sé consciente -y disfruta- de la impermanencia de las cosas, sin que éllo te obsesione. Acepta que, incluso siendo totalmente consciente de la caducidad que nos rodea, puede que algunas pérdidas te acarreen más sufrimiento que otras.

Entonces hizo éso que tanto detesto: sin avisar, pellizcó un trozo de carne justo donde empiezan las lumbares, y tiró con fuerza hacia arriba, y escuché mis vértebras crujir.

Es probable que cuanto más esfuerzo te haya costado obtener algo, más sufras por su pérdida. El destino obra entregándonos enreversadas y enmarañadas historias, llenas de casualidades, que rompen todo tipo de barreras y oposiciones: una oportunidad entre mil ocurre. Y vuelve a rodearse de mil posibilidades más, y vuelve a salir. Así tres, cuatro y hasta cinco veces más. Y te paras a pensar en cuánto se ha esforzado el destino en unirte a una persona, o a un trabajo, o a un coche de más de 150 cv.; y aceptas el regalo de muy buena gana. Ahora empieza a considerar cada criba que el destino ha salvado como un multiplicador de daño. X2. X3. X4. X5. Lo que el destino te ha regalado, la naturaleza impermanente de las cosas te lo arrebatará, con un bonus al daño considerable. ¿He dicho daño? Lección. Una lección con un bonus X5. Ya empiezas a moverte en otro nivel de consciencia. ¿No crees?

Entonces hizo una pausa para pegar un trago al ron de la petaca guardada en su impoluta bata de respetable doctor, y siguió colocándome vértebras. Y la historia tuvo un final trágico e inesperado, como en Los caballeros de la mesa cuadrada. No sé. Impactó un rayo sobre él, y sus restos se esparcieron por varios kilómetros a la redonda. Y el dinero recaudado fue destinado a balones de Nivea para los del Imserso, por ejemplo.

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