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Archivo de Febrero de 2006

Trabajar, de tarde 22/02/2006

Unas palabras casuales, como las de después del buen yantar. Iba a poner “como las de después de una buena comida”, pero ya se sabe. Así va este post-erior a la hora de comer. Estaba ahí tirado en una silla giratoria en plan pasota, mangando material de oficina a saco -gomas, fundas, clips del word, bolis y rotuladores velleda-, y notaba que estaba empezando a hablar así como muy barriobajero, como muy dejao, con el compañero de curro que compartía microondas conmigo.
Entonces por ventana de la buhardilla -que estaba abierta de par en par- se coló una ráfaga de viento, y tuve un déjà vu. El mismo de ayer a las 15:13, también conocido como el síndrome de confianza del primer día de primavera, que desemboca ineludiblemente en un resfriado de esos que te dejan moqueando durante semanas. Después, otro déjà vu. Era la hora de comer, y me acordé del silencio religioso de los barrios obreros a esa hora, que sólo se rompe por el ruido de algún cubierto o plato cayendo al fregador. El viento es fresco, se huele a comida, y es muy probable que también se huela a detergente o suavizante, porque los patios de luces suelen dar al exterior y hay un montón de ropa colgada. Yo era muy barriobajero, pero me pusieron gafas y mi vida cambió. Pero me encantaba pasear por el barrio a esas horas, con todas las tiendas cerradas, y te echo de menos.
Te echo mucho de menos, y me pregunto cuántas veces tendré que hacer girar esta silla (giratoria) para taladrar el suelo y desplazarme bajo tierra manteniendo la variación ángular exacta que me conduzca hasta debajo de las nubes de los Nederlands. No puedo evitar situarme a varios metros por encima de ellas -al menos mentalmente- cuando conservo la mente ocupada durante más de treinta segundos en alguna tarea; para poder observarte desde allí, intentando imitar ese arqueo de ceja al que bien podría dedicarle un verso o tres libros. Es por eso que ahora me cuesta bastante mantener la concentración, y cada diez minutos estoy estirando los brazos o crujiendo el cuello, o pensando diez minutos y estirando las piernas, como todas las tardes; y luego hago así con los hombros para aflojar la espalda, y me doblo los dedos y les saco las mentiras. Y cada vez que lo hago, ese poema de Benedetti me saca un poco de las nubes.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme “¿Qué tal?” y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.

Mario Benedetti - Amor, de tarde

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Sobre cómo nos venden la muerte 02/02/2006

La perdurabilidad vende. Vende mucho, y está tan arraigada en los deseos humanos que pese a tener un tamaño de proporciones inconcebibles para la imaginación (ya que se esconde detrás del 99.9% de lo que nos motiva) no la vemos, o no escarbamos en nuestra propia mierda lo suficiente como para encontrarla.
Ya lo he dicho en otras ocasiones, pero nadie me ha hecho caso. La muerte acojona, y mucho: acumular y obtener durante muchos –o pocos- años para perderlo todo de golpe, tanto lo físico como lo metafísico. Es como que se vaya la luz en mitad de un juego (cualquiera) y ver que lo hemos perdido todo. La muerte y los apagones no avisan. O no suelen hacerlo. Y es por ese miedo que intentamos plasmar nuestra frustración por el hecho de tener fecha de caducidad en nuestros bienes materiales: un hogar, que seguramente sea el elemento que más seguridad y evasión de la impermanencia proporciona; una hipoteca a largo plazo, que también nos hace sentir inmortales… y ahora también a nuestra descendencia; amar a tu nación o país, uno de tantos conceptos inútiles que inventamos, en este caso para superar la caducidad de amores más físicos.
Y ahora también, los videojuegos. Parecerá que no, pero la base sobre la que se asientan historias como Sims o la mayoría de los juegos multijugador masivos (como Ultima Online, MUDs varios, etc.) es, en su naturaleza ulterior, la de tener un personaje eterno. Si somos mortales y estamos destinados a pudrirnos bajo tierra tarde o temprano, ¿qué mejor idea que darnos un placebo como este para evadirnos de la realidad? Inicias tu sesión, cargas tu partida salvada, y resucitas en un plano pobre y muy inferior. Satisfacción. Eso vende que no veas. Ni te lo imaginas.
Estaba dándole vueltas a otra caducidad, también dañina y venenosa, que es la de las palabras. Y todos estos párrafos, aparte de para intentar meteros miedo o -según se mire- motivación, solo los he usado como introducción. Las palabras no sólo están condenadas a expirar en cuanto terminan de ser pronunciadas: también arrastran y precipitan a todos los conceptos que representan hacia su ya inherente desaparición; y es irónico que algo caduco intente atar y perpetuar algo igual de caduco.
Las palabras escritas, además, tienen un plus de sarcasmo, de ridiculez, de risión venenosa. Ojeo viejas cartas, cuya lectura tiempo atrás me hubiera hecho romper a llorar, y ahora me dan risa. Son ironía: pese a no ser tan complejas como una persona, sí son menos mutables que sus intrincados sentimientos. Y me hacen más consciente, que no gélido. Y distingo mejor.
Pero yo soy producto de un experimento ludóvico. Dolorosamente inmutable, salvo a golpe de droga. Y voy por ahí con mi sobredosis de poder, machacando y hundiendo, mordiendo y desgarrando. Desmiembro, rajo, cerceno, deviscero, mutilo, corto, atravieso, segrego, parto, empalo, arraso. Pero ése no soy yo, yo no soy mecánico. Y no me pronuncio acerca de estas cosas, ya que desconozco y no tengo una opinión formada. Pero gracias de todos modos; prueba a preguntar a mí colega, creo que se ha leído un libro. Y él sí tiene los cinco duros para la recreativa. ¿Qué?

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