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Archivo de Marzo de 2006

Carta al servicio técnico 28/03/2006

A la atención de:

Servicio Técnico de [nombre censurado]
[dirección censurada]
[más dirección censurada]

Siento volver a escribir, pero recientemente he vuelto a experimentar problemas con mi antena átmica, modelo CM158. Por si no se acuerda de mí: soy el cliente papanatas que experimentaba nudos y descargas eléctricas de forma continua, con tal intensidad que me despertaba taquicárdico por las noches. Gracias a su respuesta descubrí que se trataba de la mordaz letra pequeña del contrato, con la que —dicho sea de paso— estoy encantado.
El problema que tengo ahora es que cuando menos me lo espero —mientras documento un portal de eLearning, en el tren de camino a casa, fumando en pipa en mi sillón regio, o mientras pelo una manzana— aparece un vórtice violeta encima de mi cabeza, manando polvo dorado y girando velozmente hasta que mi cuerpo astral es absorbido, desdoblándose éste de mi cuerpo físico; de tal manera que cada cual pulula por un plano de existencia diferente, con la consiguiente y embarazosa situación que procedo a describir utilizando el mayor número de tecnicismos, ya que, por si no lo sabe, me trato de un Doctor —y confío que Ud. sea una profesional cualificada—.
El primer síntoma reconocible no sólo por mí, sino por toda la gente que se descojona en (y a) mi entorno, es una pérdida severa de mis capacidades psicomotrices y reflejas: habitualmente me quedo impertérrito frente a la pantalla del ordenador, con la boca abierta y la visión desenfocada. Alguna vez incluso he tenido la impresión de que se me iba a caer la baba, pero —venturoso de mí— he reaccionado a tiempo para evitar el derrame. Intuyo que esto es debido al desdoblamiento, no obstante me gustaría conocer otra opinión —a ser posible la suya, no la de un correo generado automáticamente—.
La descripción del segundo síntoma exige mi mejor verborréa, ya que se trata de un concepto abstracto bastante difícil de representar mediante la palabra. Aun así, intentaré ir al grano: una atmita se balancea en mi noción del tiempo. Sí, como lo oye. Representemos mi tiempo como una mancha ocular —de las de mirar al sol— que transita por una cuerda recta y tensa; la atmita, de cascabeles tintineantes, llega volando de por ahí y aterriza mitad de la cuerda, combándola y alargando el camino que ha de recorrer el tiempo. Este síntoma es bastante serio ya que los segundos pasan muy, muy despacio; y parece que llevo horas garabateando estas letras y en realidad han pasado veinte minutos. A veces adquiero una consciencia tridimensional del tiempo (como el ejemplo que puso Einstein para explicar la gravedad) y me lo imagino como una sábana enorme donde se mantea la atmita, y da volteretas. Es más divertido que la cuerda, pero más difícil de visualizar.
A veces puedo escuchar a la atmita susurrándome en off cuando se balancea, instándome a ir con ella a dar saltos juntos para combar el tiempo hasta su punto de rotura y posterior detención; o la veo tendiéndome sus brazos mientras salta, con idéntica intención de invitarme a su juego cósmico, abrazándola tal vez en esta ocasión. Le debe gustar David Lynch, porque la inmersión es muy surrealista; cuando finalmente sucumbo a su ardid y voy corriendo hacia ella, un contador metálico baja del techo, que es de un blanco cegador. El contador tiene fondo negro y letras rojas, como el display de un ascensor, y dice cosas como faltan 1.477 kilómetros o faltan 4 días. Cada vez que me retrotraigo a este vórtice morado procuro comerme una buen porción de kilómetros o días, con la esperanza de que el sábado pueda dar saltos con ella hasta romper la cuerda, o —en el mejor de los casos— que caigamos casualmente abrazados después de dar piruetas en la manta. Sería una de esas casualidades de película: como los tropiezos que derivan en amago de abrazo, o cuando dos personas se ponen a rodar colina abajo y terminan en una situación semejante.
El tercer síntoma lo protagoniza una ráfaga de ondas electromagnéticas, que embiste mi rostro sin piedad. Llegué a esta conclusión —averiguando datos técnicos que expondré a continuación— después de utilizar artilugios obtenidos de forma poco ortodoxa (una explicación invadiría el terreno personal, y no quiero parecer un chiflado). La frecuencia obtenida se mantiene en torno a los 2.5 GHz, un valor elevadísimo capaz de mover las moléculas de agua de mis mejillas, que a su vez poseen características semejantes a las de un imán. Dicho campo orienta las moléculas en una dirección determinada; cuando han terminado de colocarse el campo se invierte, provocando que roten. Estas inversiones se suceden muy rápidamente, a razón de 2.500 millones de veces por segundo, lo que provoca oleadas de calor por fricción y un embarazoso —pero no obstante placentero— rubor de piel.
Un perro listo acaba de comerse mi diccionario de sinónimos y mi cubilete de rayas (—).
Me gustaría saber si los hechos aquí expuestos —quizá yerre al llamarlos problema— son característicos de la antena CM158. Le aseguro que me he leído el manual de principio a fin y no he encontrado mención alguna a situaciones parecidas a las que sufro —disfruto, más bien—.
Espero ansioso su respuesta,

Dunkelheit

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Historietas de la infancia, capítulo primero de otros muchos (más insufribles todavía): Sobre los palo-dud, los flash (flajs) y las mamachicho 24/03/2006

Eventos de verano dignos de mención: al salir del colegio siempre había en la puerta un viejo costroso, de piel arrugada y negra —conjuntada con su dentadura—; bajito y poco hablador. Siempre llevaba una gorra de marinero, de estas que llevan los nostálgicos lobos de mar. Le acompañaba lo que en aquellos días solíamos llamar un Urkel: un chaval a bicicleta, también con exceso de bronceado, que llevaba unas gafas inconmesurables. Hacíamos gracias imaginando que necesitaría un carro de la compra para poder pasear tranquilo y portar semejante armatoste, o gritando que con esas lupas podría quemar todo el parque natural. Sí, teníamos un parque natural lleno de matojos y hojarasca, pero eso es otra historia…
El viejo siempre iba con una caja—mostrador colgando cual porta—bebés. Era mugrienta, de color marrón oscuro, presumiblemente de fabricación casera y con un montón de separadores acordes al tamaño de…
De algo que nunca sabré cómo se llama. La susodicha tenía en su parte frontal un letrero que rezaba: Palo-dud. Nosotros, que éramos unos gamberros incultos con la cara llena de churretones y mocos, lo pronunciabamos de mil maneras. Palolú, palilú, palodú, paloduz, paliduz, etc. El nombre es horrible, sí; pero su sabor era bueno. Era una especie de raíz. La mascábamos, y a veces incluso arrancábamos un buen pedazo para mordisquearlo, sacarle el jugo, y escupirlo a la cara de algún amiguito cuando quedase reducido a una maraña de hebras.
El palo-dud era, tal cual, igual que una rama de arbol. Más oscuro, quizá. Y había que pelarlo: con los dientes o con navaja —el viejo se ofrecía amablemente a pelarlo con la suya—. Su precio variaba entre las 5 y las 500 pesetas. Por 5 pesetas te podías llevar una ramita de apenas medio centímetro de grosor y unos 10 centímetros de largo. Después los había de 10, de 25 —el que me solía pillar yo—, de 50, de 100 —para grandes celebraciones—, y finalmente de 500 pesetas. El de 500 pesetas era como un palo de azotar a chuchos, y podía durarte semanas. Incluso meses.
¿Salubridad? Nula. La leyenda urbana contaba que los palo-dud eran las raíces de unas plantas del río Henares, recogidas diariamente por el viejo para su beneficioso negocio. Y el río henares daba —y sigue dando— asco, por aquello de la radiactividad y las caravanas de gitanos que lo usaban como bañera/letrina. A esto se le suma el par de manos negruzcas, como alas de escarabajo, que tenía nuestro amable tendero. Y, quizá, muchas otras cosas que nuestra mente prepubescente no podría imaginar aún.
Formas de conservar el palo-dud: Metido en un vaso con agua, o envuelto en papel de aluminio dentro del frigorífico.
[desviación nº1]
Después estaban los del flash, que en madrileño se pronuncia flajs. Los vendían en alguna de las muchas tiendas de ultramarinos que aparecían cual sarpullido —en EGB se pronunciaba salpullido— alrededor de los centros escolares: también los había de 5, de 10, de 15 y de 25 pesetas. Luego, con los tiempos modernos y las tarjetas VGA, llegaron los flashes (flasjs) con sabores dobles, a saber: un flash (flasj) con una capa de plástico en su interior que separaba el congelado néctar. También llegaron los flashes (flasjs) de color azul, que decían que sabía a pitufo, pero a mí me sabía a tuti—fruti. Como mis padres eran vegetarianos en aquella época, tuve que esperar un par de cursos hasta poder saborearlos. Hasta aquel momento, sólo podía comprarme mini-milks: unos helados de leche que vendía Frigo. Debían ser más sanos.
[desviación nº2]
Volviendo al tuti—fruti, recuerdo que también era un programa de televisión de aquella época, donde salían las Mamachicho —nosotros lo pronunciábamos todo junto—. Nos conformábamos con ellas, porque nuestras compañeras de clase aún no tenían tetas.
[continuará...]

An Ethanol Picture: guión de una de mis mejores borracheras 06/03/2006

Envidioso por contar alguna de mis aventuras, se ha paseado por mi memoria un día cuya onomástica sigo celebrando entre cervezas y brindis. Uno tal que…

29 de noviembre de 2003

¿Qué hago en esta cama? Intento tragar saliva. Duele, porque no hay saliva: es como tragar alambres oxidados, pero no es nada nuevo. Aunque hoy duele más que nunca. Descubro mi cuerpo entumecido bajo el edredón de invierno, y empieza la dura tarea de verticalizarlo. Enciendo la luz, que se encuentra a mano derecha. Mi mano derecha. Qué acojone: bañada en sangre. Y la otra, también.
Habré estado urgándome la nariz en sueños… ¿no?
Me quito la parte superior del pijama, y veo con incredulidad que empiezan a caer cosas. Sí, cosas. Cosas divertidas, cositas ricas. Parches. Parches de esos que les ponen a los deportistas en los reconocimientos médicos; y no tengo consciencia de haber pasado un reconocimiento médico anoche, ni de ser deportista de élite. Empiezo a acojonarme mucho. El telón se abre cuando, encima de mi escritorio, encuentro varios informes médicos. Ilegibles papeles de cebolla —uno rosa y otro blanquecino—, con olor a oficina, que refrescan mi memoria etílicamente evaporada…

DUNKELHEIT’S NIGHT OUT
An Ethanol Picture

Hmm… perhaps I’ll wet my whistle

Homer Simpson - Ep. AABF07

10:00 AM - Llego a la facultad. Me dicen que hay una fiesta en la resi, organizada por los gafapastas de mi clase. Vamos para allá con unos bricks de vinatxo.
10:30 AM - Empiezo a beber calimocho, porque hay cuatro gatos y no son muy sociables que digamos. Frikis.
11:00 AM - Me como un donuts, con azucar glass, en el Minimarkt de la resi. Lo único que yantaría en este dia azaroso.
11:01 AM - Sigo bebiendo. A menos que diga lo contrario, en ningún momento de la película dejo de beber. Como nunca diré lo contrario, puedes suponer que no dejé de beber en todo el día.
14:00 PM - La gente se pira a comer a la facultad. A mí lo que me apetece es seguir bebiendo, pero ahora ya kalimotxo. No sé si me quedo solo o con alguien más, pero me da igual.
15:00 PM - Aquí se sigue bebiendo.
16:00 PM - Sin descanso. Hay un tío que me cae mal, porque va con chaleco de vestir a clase. ¿Es gilipollas o qué?
17:00 PM - Tengo un laboratorio de análisis de circuítos lineales. Voy. Y encima voy con el capullo del chaleco. Creo que nunca he visto peor en mi vida. Visto del verbo ver. Vamos, que no veo un carajo. La protoboard me marea. La gente me mira muy extraño. Al final del laboratorio me dicen que es que todo el aula apestaba a vinatxo, y que yo apenas podía vocalizar palabra. Los de mi grupo de prácticas no quieren saber nada más de mí.
19:00 PM - Me han venido a recoger a la facultad. Estoy en un coche, con una botella de dos litros de cocacola llena de kalimotxo. Sigo bebiendo, y debo estar cantando algo que saca de quicio a una tal Alba, una chica que parece haber tenido problemas y que está siendo acosada por un colega, que no sé si está en el coche o en mi imaginación. El colega, me refiero. El acoso no. El acoso era palpable; aunque al final acabó follándosela un tercer amigo en discordia. Fue el primer conato de escisión en nuestro grupo.
19:40 PM - Pon que a esta hora hemos llegado a Guadalajara. La verdad es que las horas me las estoy inventando -teniendo en cuenta que la mayoría de cosas que relato me las explicaron al lunes siguiente-, pero más o menos se aproximan a la realidad.
19:50 PM - Vamos a un garito a beber botellines de cerveza. Estamos jugando a las cartas. Recuerdo que me cabreo y tiro un botellín por los aires. Pero me da igual, y sigo bebiendo cerveza.
20:30 PM - Pillo la botella de cocacola con kalimotxo. Sí, la del viaje en coche. La había dejado en la calle, en la entrada del bar. Huele a mierda de perro, pero sigo bebiendo. Probablemente debido a que la he dejado encima de una mierda de perro, pero me da igual.
20:40 PM - Estamos en mitad de la calle y, no sé por qué, nos detenemos en el portal de un edificio. Enfrente hay un coche aparcado, del que salen padre, madre y dos hijos. Sin motivo aparente me bajo los pantalones y los gayumbos, y con un mechero empiezo a quemarme el vello púbico. Los críos tienen cara de espanto. Me siento como la antorcha humana; me siento libre, la sensación de poder es indescriptible. Ahí estaba yo, delante de quince colegas atónitos y una familia que, presumiblemente, gastaría un pastón en psicoanalistas y Lexatin®. Ardiendo a lo gonzo. Menudo subidón.
21:00 PM - Vamos a un sitio que se llama La Isla, donde sirven bocatas calentitos. Arturo, por Dios, cena porque te va a dar algo como sigas bebiendo. Pero yo no ceno. Paso, porque soy punki que te cagas. Sigo bebiendo.
22:00 PM - Llegamos a nuestro evento social vespertino debidamente concertado: el botellón de cumpleaños del Milinko. Dejo el kalimotxo. Empiezo a beber litronas de cerveza, pero dos se me caen al suelo y revientan. Me siento mal, aunque me bebo una tercera litrona. Era la última, así que al rato empiezo a beber vodka con naranja a saco.
23:00 PM - Vodka con naranja a saco.
23:30 PM - Vodka con naranja a saco. Algún porrillo sí que me he fumado, pero no sabría decir cuántos.
00:00 AM - Vodka con naranja a saco.
01:00 AM - Vodka con naranja a saco. Llegan colegas del Milinko. Uno es un rapao. Me cago en dios, un puto nazi. La armo, me cago en dios, lo mato aquí mismo…. Al final resulta que era SHARP, y me inunda un buen rollo que te cagas. Nos pasamos hablando toda la noche, como buenos companyeros, o al menos eso es lo que recuerdo. Me cuenta que por Guada las cosas van bastante bien, pero que los cerdos están empezando a reclutar a críos en los institutos. Mal asunto. Me cuenta no sé qué de que iban a meterle fuego a un bar, o algo así.
02:00 AM - Vodka con naranja a saco.
03:00 AM - La noche iba de puta madre. Estoy de muy buen rollo, pero salta Jaime:

—¡¿Qué coño has hecho tío?!
—Qué coño he hecho de qué
—¡Mírate la chupa, joder!

Joder. Estoy bañado en sangre. La chupa, los pantalones. Las manos empapadas. Me empieza a dar muy mal rollo. Álvaro me lleva a la famosa fuente de la Fuente de la Niña, que por eso se llama así. No como Camarón, que luego no era un camarón, sino un pavo. En ese rato sólo repetía dos cosas: He pillao un sidazo, he pillao un sidazo y Álvaro, no me quiero morir, que soy virgen
Hora sin determinar - Estoy en un banco vomitando cosas extrañas, con muchos abrigos encima.
Hora sin determinar - Estoy en volandas de camino a la casa de socorro. Sigo con unos cinco o seis abrigos encima que estoy pringando con sangre y trozos de carne.
Hora sin determinar - Estoy en una camilla. Me están pinchando en el brazo, pero no veo muy bien. Estoy medio dormido.
Hora sin determinar - Estoy en una ambulancia, camino del hospital. No oigo las sirenas, lo cual me decepciona. Juancar me acompaña, y a veces lo veo. Pero los ojos me orbitan, y retornan a la oscuridad absoluta.
Hora sin determinar - Estoy en otra camilla que quizá sea la misma, por eso de ahorrar. Hospital provincial de Guadalajara. Tengo las muñecas llenas de tubos, y el cuerpo lleno de parches. ¡Ah! De aquí salen los parches. Oigo voces:

—¿Se ha metido coca?
—No, no, sólo alcohol y algún porro.
—Es muy importante que nos digáis si se ha metido cocaína, porque la cosa puede ir a peor.
—No, no, de verdad. Sólo alcohol. Y algún porro.

Hora sin determinar - Estoy vomitando en una bolsa de papel, como esas de los aviones.
Hora sin determinar - Estoy en una parada del autobús, pringando aún más de sangre los abrigos de mis colegas. Resulta que me había cortado un dedo —no sé cómo— y no había forma de que coagulase.
05:16 AM - En el primer tren de la mañana. Hecho una mierda, con la ropa llena de sangre. Jaime me mira, y me dice que menudas pintas. Si fuera otra persona y me cruzara contigo a estas horas… fua.
Esto fue un sábado. El lunes me salté la primera hora de clase, a las 9:00, para que me relataran esto que he escrito aquí. Hasta me habían escrito partes de la historia en mi cuaderno de clase —que se lo habían tenido que llevar junto a mi cartera, porque apenas tenía fuerza para cargar con mi cuerpo—. Y lo celebré con un tercio de cerveza, sí señor.

Esos sí que son punkies, esos sí que son punkies.
Esos sí que son punkies.

Mamá Ladilla - Esos sí que son punkies

PD.: Soy normal