Historietas de la infancia, capítulo primero de otros muchos (más insufribles todavía): Sobre los palo-dud, los flash (flajs) y las mamachicho
Eventos de verano dignos de mención: al salir del colegio siempre había en la puerta un viejo costroso, de piel arrugada y negra —conjuntada con su dentadura—; bajito y poco hablador. Siempre llevaba una gorra de marinero, de estas que llevan los nostálgicos lobos de mar. Le acompañaba lo que en aquellos días solíamos llamar un Urkel: un chaval a bicicleta, también con exceso de bronceado, que llevaba unas gafas inconmesurables. Hacíamos gracias imaginando que necesitaría un carro de la compra para poder pasear tranquilo y portar semejante armatoste, o gritando que con esas lupas podría quemar todo el parque natural. Sí, teníamos un parque natural lleno de matojos y hojarasca, pero eso es otra historia…
El viejo siempre iba con una caja—mostrador colgando cual porta—bebés. Era mugrienta, de color marrón oscuro, presumiblemente de fabricación casera y con un montón de separadores acordes al tamaño de…
De algo que nunca sabré cómo se llama. La susodicha tenía en su parte frontal un letrero que rezaba: Palo-dud
. Nosotros, que éramos unos gamberros incultos con la cara llena de churretones y mocos, lo pronunciabamos de mil maneras. Palolú, palilú, palodú, paloduz, paliduz, etc. El nombre es horrible, sí; pero su sabor era bueno. Era una especie de raíz. La mascábamos, y a veces incluso arrancábamos un buen pedazo para mordisquearlo, sacarle el jugo, y escupirlo a la cara de algún amiguito cuando quedase reducido a una maraña de hebras.
El palo-dud era, tal cual, igual que una rama de arbol. Más oscuro, quizá. Y había que pelarlo: con los dientes o con navaja —el viejo se ofrecía amablemente a pelarlo con la suya—. Su precio variaba entre las 5 y las 500 pesetas. Por 5 pesetas te podías llevar una ramita de apenas medio centímetro de grosor y unos 10 centímetros de largo. Después los había de 10, de 25 —el que me solía pillar yo—, de 50, de 100 —para grandes celebraciones—, y finalmente de 500 pesetas. El de 500 pesetas era como un palo de azotar a chuchos, y podía durarte semanas. Incluso meses.
¿Salubridad? Nula. La leyenda urbana contaba que los palo-dud eran las raíces de unas plantas del río Henares, recogidas diariamente por el viejo para su beneficioso negocio. Y el río henares daba —y sigue dando— asco, por aquello de la radiactividad y las caravanas de gitanos que lo usaban como bañera/letrina. A esto se le suma el par de manos negruzcas, como alas de escarabajo, que tenía nuestro amable tendero. Y, quizá, muchas otras cosas que nuestra mente prepubescente no podría imaginar aún.
Formas de conservar el palo-dud: Metido en un vaso con agua, o envuelto en papel de aluminio dentro del frigorífico.
[desviación nº1]
Después estaban los del flash, que en madrileño se pronuncia flajs. Los vendían en alguna de las muchas tiendas de ultramarinos que aparecían cual sarpullido —en EGB se pronunciaba salpullido— alrededor de los centros escolares: también los había de 5, de 10, de 15 y de 25 pesetas. Luego, con los tiempos modernos y las tarjetas VGA, llegaron los flashes (flasjs) con sabores dobles, a saber: un flash (flasj) con una capa de plástico en su interior que separaba el congelado néctar. También llegaron los flashes (flasjs) de color azul, que decían que sabía a pitufo, pero a mí me sabía a tuti—fruti. Como mis padres eran vegetarianos en aquella época, tuve que esperar un par de cursos hasta poder saborearlos. Hasta aquel momento, sólo podía comprarme mini-milks: unos helados de leche
que vendía Frigo. Debían ser más sanos.
[desviación nº2]
Volviendo al tuti—fruti, recuerdo que también era un programa de televisión de aquella época, donde salían las Mamachicho —nosotros lo pronunciábamos todo junto—. Nos conformábamos con ellas, porque nuestras compañeras de clase aún no tenían tetas.
[continuará...]
