Carta al servicio técnico
A la atención de:
Servicio Técnico de [nombre censurado]
[dirección censurada]
[más dirección censurada]
Siento volver a escribir, pero recientemente he vuelto a experimentar problemas con mi antena átmica, modelo CM158. Por si no se acuerda de mí: soy el cliente papanatas que experimentaba nudos y descargas eléctricas de forma continua, con tal intensidad que me despertaba taquicárdico por las noches. Gracias a su respuesta descubrí que se trataba de la mordaz letra pequeña del contrato, con la que —dicho sea de paso— estoy encantado.
El problema que tengo ahora es que cuando menos me lo espero —mientras documento un portal de eLearning, en el tren de camino a casa, fumando en pipa en mi sillón regio, o mientras pelo una manzana— aparece un vórtice violeta encima de mi cabeza, manando polvo dorado y girando velozmente hasta que mi cuerpo astral es absorbido, desdoblándose éste de mi cuerpo físico; de tal manera que cada cual pulula por un plano de existencia diferente, con la consiguiente y embarazosa situación que procedo a describir utilizando el mayor número de tecnicismos, ya que, por si no lo sabe, me trato de un Doctor —y confío que Ud. sea una profesional cualificada—.
El primer síntoma reconocible no sólo por mí, sino por toda la gente que se descojona en (y a) mi entorno, es una pérdida severa de mis capacidades psicomotrices y reflejas: habitualmente me quedo impertérrito frente a la pantalla del ordenador, con la boca abierta y la visión desenfocada. Alguna vez incluso he tenido la impresión de que se me iba a caer la baba, pero —venturoso de mí— he reaccionado a tiempo para evitar el derrame. Intuyo que esto es debido al desdoblamiento, no obstante me gustaría conocer otra opinión —a ser posible la suya, no la de un correo generado automáticamente—.
La descripción del segundo síntoma exige mi mejor verborréa, ya que se trata de un concepto abstracto bastante difícil de representar mediante la palabra. Aun así, intentaré ir al grano: una atmita se balancea en mi noción del tiempo. Sí, como lo oye. Representemos mi tiempo como una mancha ocular —de las de mirar al sol— que transita por una cuerda recta y tensa; la atmita, de cascabeles tintineantes, llega volando de por ahí y aterriza mitad de la cuerda, combándola y alargando el camino que ha de recorrer el tiempo. Este síntoma es bastante serio ya que los segundos pasan muy, muy despacio; y parece que llevo horas garabateando estas letras y en realidad han pasado veinte minutos. A veces adquiero una consciencia tridimensional del tiempo (como el ejemplo que puso Einstein para explicar la gravedad) y me lo imagino como una sábana enorme donde se mantea la atmita, y da volteretas. Es más divertido que la cuerda, pero más difícil de visualizar.
A veces puedo escuchar a la atmita susurrándome en off cuando se balancea, instándome a ir con ella a dar saltos juntos para combar el tiempo hasta su punto de rotura y posterior detención; o la veo tendiéndome sus brazos mientras salta, con idéntica intención de invitarme a su juego cósmico, abrazándola tal vez en esta ocasión. Le debe gustar David Lynch, porque la inmersión es muy surrealista; cuando finalmente sucumbo a su ardid y voy corriendo hacia ella, un contador metálico baja del techo, que es de un blanco cegador. El contador tiene fondo negro y letras rojas, como el display
de un ascensor, y dice cosas como faltan 1.477 kilómetros
o faltan 4 días
. Cada vez que me retrotraigo a este vórtice morado procuro comerme una buen porción de kilómetros o días, con la esperanza de que el sábado pueda dar saltos con ella hasta romper la cuerda, o —en el mejor de los casos— que caigamos casualmente abrazados después de dar piruetas en la manta. Sería una de esas casualidades de película: como los tropiezos que derivan en amago de abrazo, o cuando dos personas se ponen a rodar colina abajo y terminan en una situación semejante.
El tercer síntoma lo protagoniza una ráfaga de ondas electromagnéticas, que embiste mi rostro sin piedad. Llegué a esta conclusión —averiguando datos técnicos que expondré a continuación— después de utilizar artilugios obtenidos de forma poco ortodoxa (una explicación invadiría el terreno personal, y no quiero parecer un chiflado). La frecuencia obtenida se mantiene en torno a los 2.5 GHz, un valor elevadísimo capaz de mover las moléculas de agua de mis mejillas, que a su vez poseen características semejantes a las de un imán. Dicho campo orienta las moléculas en una dirección determinada; cuando han terminado de colocarse el campo se invierte, provocando que roten. Estas inversiones se suceden muy rápidamente, a razón de 2.500 millones de veces por segundo, lo que provoca oleadas de calor por fricción y un embarazoso —pero no obstante placentero— rubor de piel.
Un perro listo acaba de comerse mi diccionario de sinónimos y mi cubilete de rayas (—).
Me gustaría saber si los hechos aquí expuestos —quizá yerre al llamarlos problema
— son característicos de la antena CM158. Le aseguro que me he leído el manual de principio a fin y no he encontrado mención alguna a situaciones parecidas a las que sufro —disfruto, más bien—.
Espero ansioso su respuesta,
Dunkelheit
