Buscar
Sindicación
Últimos comentarios
Archivo
Categorías

Dawn’s wish II

Peligrosamente adictiva y dulcemente contaminante, como esos fotogramas lentos de veneno verde hiperazucarado invadiendo el torrente sanguíneo por vía intravenosa, es la concentración de esta sensación. No tiene nombre porque se presenta de forma masiva en estado gaseoso, y no hay ropa para atraparla, vestirla y presentarla de boca en boca. Cosa buena en mi opinión, pues así no será el comentario de moda entre los gafapastas, que sin duda alguna la utilizarían en sus conversaciones casuales —cuidadosamente escondida entre algún chiste o alguna cita a Nietzsche— a lo largo de sus agitadas fiestas-piscolabis de hotel.
Tampoco se puede comparar, aunque sí extrapolarla a otros contextos: caminar por una calle de verano, a las siete de la madrugada —cuando se agradece algo de frío—, y oler a pan recién hecho; reservar para el último bocado la mejor parte de un sandwich de tres o más pisos de nocilla: el centro, de pura miga, libre de cortezas y otras imperfecciones que levantan la ira de los dioses; desayunar tostadas con mantequilla y mermelada un domingo previo a un lunes festivo; o empaparse en una tormenta de agosto, de esas que levantan aroma a asfalto empapado.
Todas las situaciones son extrapolación de la sensación que nos ocupa —a nosotros, científicos con bata y gafas— durante la redacción de este tratado, que causó más de un nudo gástrico, pese a que ningún animal fue lastimado o envenenado hasta un sueño perpetuo mediante carne condimentada; el intento, fracaso de antemano, de unos señores —nosotros de nuevo, científicos con bata blanca y gafas negras para dar más detalle— que corren por el monte red en mano, intentando atrapar el calor, el dulce calor de tu rostro al amanecer.

Una entrada publicada el Martes, 18 de Abril de 2006, a las 15:07. Catalogada en Atmita. Puedes estar al tanto de los comentarios mediante la sindicación RSS 2.0.

Deja tu comentario