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Archivo de Mayo de 2006

¿Cómo lo sabes? 12/05/2006

¿Cómo lo sabes?

Ocurre que, en ocasiones, te ves reflejado en el probador del Pull&Bear, y piensas: bonitos pantalones. O bonitos pantacas, si estás metido en esto de la vida de barrio. Y cuando tiras encima de la cama la bolsa de cartón con foto de modelo barbie-punk —normalmente en actitud erótica para con su congénere ken-punk— y te los vuelves a probar, ya en tu casa, piensas: menuda mierda de compra he hecho.
¿Por qué hace una hora me parecían unos bonitos pantalones con multitud de prácticos bolsillos donde esconder mis más obscuros secretos y/o estupefacientes?
Hace tiempo leí que no sólo es algo que me sucede a mí, sino que además unos señores —unos bastardos— con gafas de pasta —cómo no— le han puesto nombre a ese síndrome. No lo recuerdo, pero me sirve de ejemplo. Y, además, hoy he desayunado muchas rayas (—), rayas rayuelas (——). Y creo que me está saliendo una muela del juicio de abajo.

Otras veces, en cambio, olvidamos el tupperware con el almuerzo y tenemos que bajar a un Albert Heijn a por algo de comida, e invertimos más tiempo en decidir qué sandwich comprar que en disfrutar comiéndolo. Generalmente, acabamos comprando uno de fresa con natas y, dentro de nuestro arrepentimiento, maldecimos impotentes no haber elegido el de tomate con espinacas, mozzarella y olivas.

Todas estas situaciones sirven de entrenamiento al ser humano, lo preparan de cara a nuevas disyuntivas que tendrá que afrontar en millares de ocasiones, siempre buscando elegir la mejor opción para, por ejemplo, la perpetuación de la especie, la adquisición de cámaras web que no tengan la lente suelta, o levantar el cubo correcto en el puesto ambulante de un trilero. Todas ellas, sumadas, permiten al ser humano construir una intersección metafísica en un camino: un camino que puede estar localizado bien en un campo de excesivos colores psicodélicos y setas de estilizada y elevada —aunque heterogénea— altura; o en bosques de podredumbre, tocones carcomidos, logotipos de bandas con un montón de grietas blancas extrañas que salen de sus letras, así como simulando las raíces del tocón mentado, y un colgado con la cara blanca pintada que sostiene un hacha en una mano y una estrella del amanecer en la otra. La ambientación del camino, como puede observarse, está directamente relacionada con el tipo de música que escuche el sujeto. Aunque, para nuestra exposición, la ambientación importa un carajo. Lo importante son los miles, millones de carteles que adornarán las dos o más posibles rutas a tomar. En el caso más simple (un camino bifurcado) podemos encontrar carteles de o No, Ezequiel o Zacarías, Este trabajo o El otro trabajo, etcétera. Muchos, muchos carteles. A veces puede haber trescientos quince millones de carteles de , y doce millones de No, por lo que nuestro sujeto de impoluto traje blanco experimental tenderá, probablemente, a ir por el camino de .

A veces, resulta que lo que la gente interpreta como una bifurcación, no lo es. Esos carteles que antaño tanto perturban a nuestro conejo de indias, invitándole a elegir, son ahora acompañantes a lo largo de un camino recto y largo, cuyo final no podemos atisbar; y ahora su única motivación es la de confirmar que se está yendo por el camino predestinado. Menguan cualquier miedo que pueda tener nuestro inquieto amigo y le llenan de entusiasmo, tanto que en vez de caminar acongojado y dubitativo, ahora va dando saltos.

Esto se puede resumir con una máxima expuesta por Homer Simpson que, irónicamente, pese a su elevado nivel de abstracción es la que más se ajusta a la respuesta que quiero darte (la del título del post).

Homer: Because I’m sure we were meant to be together. Usually when I have a thought there’s a lotta other thoughts in there —something says yes, something says no— but this time there’s only yes! How can the only thing I’ve ever been sure about in my life be wrong?

The Simpsons - The Way We Was

A veces se alcanzan certezas como ésta, cuya total irrefutabilidad asusta, porque sólo pueden provenir de uno de esos tratados prenatales entre almas; vínculos de causa y efecto que saltan de una vida a otra, que pueden estar redactados en arqueológicos pergaminos o en antiguos y ornamentados incunables, y cuyo contenido total se nos irá mostrando con el paso del tiempo. Aunque bueno es saber estas certezas, bueno es que den gran sentido a la vida y que sirvan de motor incombustible para la realización de todo tipo de gestas heróicas y epopeyas épicas.

A veces no hace falta nada de lo que he escrito; simplemente basta con una mirada a los ojos, o con intentar establecer un tipo de conexión mental, y entonces ya no sé describir lo que me sucede, y mi diccionario de sinónimos y mis empachos de rayas (—) ya no valen para nada. Por eso sigo intentándolo, y aunque la telepatía haría más sencilla la tarea, disfruto esforzándome con herramientas precariosas como la palabra, que cuando caen en manos impías como las mías, provocan parrafadas como la presente.

Lo sé.
No tengas miedo, nunca.

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Miedo al alien amarillo 09/05/2006

Qué. Qué es esto. Recordé que tengo la cabeza rapada mientras buscaba limpiarla de arena, porque cuando tenía el pelo largo me gustaba la sensación de cosquilleo provocada por sus pequeñas piedrecitas, perdidas en una maraña de pelo. Las cosas sencillas, bien buscados, tienen puntos emocionantes; aunque realmente echaba de menos esos masajes en el cuero cabelludo.
Qué. Qué hago ahora. ¿Otra vez escribiendo sin pensar? Lo que pensaba escribir perdido está, porque un indio me dejó sin ordenador. Tampoco tenía a mano una libreta donde garabatear, además ya casi he olvidado manuscribir. Qué falta de concordancia entre tiempos verbales, pero era o es un sueño o una visión, y trascendemos del tiempo; incluso nos permitimos decir cosas como habrían croquetas, y por eso me han rebautizado.
La deformación del género no es caprichosa, porque mientras buscaba granos de arena y mis ojos lo veían todo a través de un deslumbrante y costero color azul, abriéronse los cielos y descendió una figura, que de las nubes en las que se escondía robó su color y su tacto; aunque, reflejándose en ella o atravesándola los haces de Sol, el blanco parecía encenderse en una niebla roja. Esta tentación driádrica de nata y fresa, a mi antojo no sólo vinculada al cielo, se aproximaba incesante, aunque nunca parecía estar lo suficientemente cerca.

—Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;

Tan absorto estaba que apenas podía articular, simplemente permanecía. Y en mi cabeza, un zumbido. Como esa imagen de hormigas que figura en todos los televisores mal sintonizados; yo, a mi manera, intentaba sintonizar —entendiéndose como atribuir, o intentar dar explicación cabal— la visión que me paralizaba, pese a que, irónicamente, me sentía flotando en las nubes que amablemente bajaba del cénit.
Y olvidaba todo cuanto quería decirle, aunque pudiera revivirlo cada noche, mientras hacía funambulismos varios entre la vigilia y el sueño.
Y me llenó de tribulación y tormento la simple idea de hacer daño a esa criatura, que parecía una sirena de las nubes o un ágil gato nocturno de tejados parisinos, porque antes de tocarla con manos indignas me abriría el vientre y esparciría mis vísceras por entre las chapinas y las variopintas cáscaras de bicho que colman la playa; y más pavor tuve cuando pensé no en lo que pudiera acontecer si erraba con mis manos, sino en cualquier mal que pudiera hacerle de manera inconsciente.

soy incorpórea, soy intangible:

Y después de considerar esa situación de temor, fui más allá y tuve más miedo por el simple hecho de estar pensando en el miedo que me provocaría causarle daño alguno. Y, ay, que me levanté en una de esas espirales ingrávidas, como la estación aquella de 2001: Una odisea en el espacio, y cada paso avanzado me sumía más y más en hipótesis, teoremas y diagramas de tiza blanca sobre fondo azul de terror. Al llegar al centro de la perfecta espiral agradecí que no se tratase de aquéllas para hipnotizar que, con un ingenioso truco que desconozco, suponen un camino interminable lleno de polvos estornudo, polvos pica-pica, polvos lacrimógenos y polvos infarto para los peregrinos del masoquismo mental.
Allí, en el centro de la espiral, había un alien amarillo.

no puedo amarte.

Mirándome con gesto de alien amarillo.
Cuando me desenganché de la ingravidez y desperté, atardecía y estaba en otro punto diferente de la misma playa. Se estableció el siguiente vínculo kármico: antes que invocar otra vez al alien amarillo, el presente cuerpo elegía esparcirse eviscerado entre las piedras, la arena y las conchas; su sangre derramada en el océano, y diluída hasta alcanzar una proporción ridícula que la haría caer en el olvido. Y no habrá marinero que se quite el sombrero al ver un charco sanguinolento vagar a la deriva. Y así quedó establecido, y aquí queda establecido,
trascendiendo de dualidades físicas,
y por los tiempos de los tiempos.

—¡Oh ven, ven tú!

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