Odeo D. Matthäus. Biografía del primer poeta programador.
Odeo D. Matthäus. El primer poeta programador, o programador poeta, o proeta. Nació en Loßbruch, —una ciudad rica en vello del estado de Nordrhein-Westfalen, en Alemania— en el año 1866. Sus padres, dos varoniles traperos judíos, descubrieron pronto el virtuoso don de su retoño y no dudaron en explotarlo de forma culkiana: apenas un par de semanas antes de cumplir tres años de edad ya pasaba entre cuatro y diecisiete horas al día en la única y angosta calle del pueblo, desarrolando software libre a dos chelines la línea, soportando inclemencias meteorológicas y una dura competencia por parte del otro bebé prodigio de la proesía mundial, que vivía en el edificio contiguo. Harto de hambrunas, de interminables abusos parentales y de los rostros de estupor de los viandantes —que por aquel entonces preferían lenguajes de más bajo nivel—, hizo las maletas y abandonó el nido —en sentido literal— en 1871. Encontró una acogedora cabaña abandonada en mitad de un campo de trigo, que lucía esplendida en las noches de verano, con la chimenea encendida y el fuego crepitando y refulgiendo con brillo anaranjado por las diminutas ventanas. Hasta 1879 no encontró manera en acceder a su hogar, período de tiempo que invirtió en enmarañar y enreversar su técnica, amén de aprender nuevos lenguajes de programación, como el arcáico Brainfuck. Cuando empujó por primera vez la puerta —en vez de tirar de ella— y contempló el bucólico hogar, reparó en un dingo que dormía plácidamente en un canasto, al cual tuvo que echar de forma embarazosa; ello le hizo caer en una depresión que nunca superó.
Durante su estancia en el trigal publicó su primeros escritos serios, que se recogerían de forma póstuma en el incunable Thus spake Matthäus: an assembler approach; envió infructuosamente sus jóvenes creaciones a las más prestigiosas empresas de software de la época, que rechazaron rotundamente sus escritos, arrojándolos triturados con vehemencia por encima de sus cabezas o usándolos para misiones de contraespionaje industrial. Tu código es demasiado complejo
—rezaban las desalentadoras misivas. Queremos diseños que se ajusten a nuestro diseño funcional y a los computadores de la época, no cinco polvorientos tomos de indocumentado y redundante lenguaje funcional. Le pedimos un sencillo programa para la gestión de la cuarta barbería más importante del pueblo, y usted nos entrega un programa que imprime el caracter j dentro de un bucle infinito. ¿Es Ud. consciente del caos y el número de orejas que se cercenaron accidentalmente cuando las quince computadoras de la barbería se encendieron y comenzaron a vibrar y a escupir papeles con ininteligibles caracteres?
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La respuesta de Odeo fue contundente. ¡No se trata de cuán eficaces sean mis programas, sino de su valor literario! ¡La métrica, el ritmo de las líneas! Ver cómo la belleza es conducida por un flujo caótico y absurdo, trepidante a veces, otrora calmo; y se deja atisbar entre paréntesis y corchetes, oh, prisión simétrica para índices y parámetros. Un bucle infinito, señor, es una de las expresiones más hermosas que su enrobinada mentalidad encontrará a lo largo de la vida; triste es que no pueda —o sepa— apreciarlo, pues su existencia quedará relegada a placeres mundanos, vulgares, soeces y zafios, como la programación bajo entornos gráficos.
Fue en una de estas cartas donde podemos encontrar una de sus piezas más populares y valoradas, tanto por profanos como por eruditos y estudiosos; una función entera donde disecciona con atinado filo la irónica existencia del ser humano y profundiza en las entrañas conceptuales de las cuestiones trascendentales.
int echt() {
 string str1, str2;
 int i=3;
 str1="ayba";
 __asm__ ("pop\n\t"
"pop\n\t"
"push\n\t" // Waarom? Waarom? WAAROM???
"pop\n\t"
"push\n\t");
 str2="btu";;
 if (155 > (43 == 55 ? (i++):"Elisabettah!"))
 str1 += str[i];
 return 1-length(str1[]);
}
La obra ni siquiera compilaba correctamente. No fue hasta pasados varios siglos que un restaurador polaco, experto en roble, arregló los fallos del código de Odeo (detalle que no fue bien recibido por sus herederos ni por el sector más conservador de la proesía, cuyas cuantiosas demandas intepuestas le acercaron a la bancarrota y a la adicción al Percodán®). Tampoco esta pieza pudo esquivar los estragos del nazismo, cuyo departamento de autores de software censuró el nombre de su concubina —Elisabettah, como el sagaz lector podrá observar—, una zarigüeya que conoció en el trigal y con la que tuvo cinco ratones; además de rebajar en varios decibelios la entonación de sus interrogaciones trascendentales —Waroom—, que no gustaron nada al Führer. Se conserva el mancillamiento fascista original en el reverso de una servilleta del café donde solía almorzar.
int echt() {
 string str1, str2;
 int i=3;
 str1="ayba";
 __asm__ ("pop\n\t"
"pop\n\t"
"push\n\t" // Waarom, waarom, waarom...
"pop\n\t"
"push\n\t");
 str2="btu";;
// Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda, 1939
// Klaus Barbie war hier. Ich liebe dich, Kirsche!!!
 if (155 > (43 == 55 ? (i++):"WOTAN MIT UNS!!! HEIL HITLER!!!"))
 str1 += str[i];
 return 1–length(str1[]);
}
El auge del romanticismo dio paso al clímax de la carrera de Odeo. En 1806 conoció a Friedrich Hölderlin en las —por entonces ilegales— carreras de galgos irlandeses. Como resultado de dicho affaire amoroso y de la influencia del viril teutón, la esencia de la obra de Odeo viró radicalmente, amén de perder a su bienamada y traicionada Elisabettah, que huyó a las montañas con sus amantes: el dingo del canasto y un salmón adquirido en las lonjas al que adherieron hilos de marioneta, y que no tardó en pudrirse, contrayendo ambos disentería. A partir de entonces sus proesías tornáronse harto empalagosas, desgarradoras y creativas, como puede apreciarse en esta estrofa de Dämmerung am Abgrund des Nebels (Amanecer el en Risco Neblinoso – O’Reilly, 1632), escrita al 24% en Brainfuck.
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Al igual que otros tantos románticos, prefería dejar pasear los productos de su inquieta mente desnudos por el campo, cuasi inacabados, lo que evolucionó en cierto minimismo a la hora de componer y numerosas e impagadas multas por desorden público. El súmmum lo representa la escueta proesía anónima que carecía de una mínima estructura:
int main(, char argv] {
 printf( ____ "%d;
}
Las numerosas modificaciones efectuadas al software del siglo XVI provocaron más de un quebradero de cabeza a Odeo, que veía cómo sus figuras literarias iban quedando obsoletas una a una. Sirva de ejemplo esta reseña de la carta remitida a su hermano Tobías, un pintor del postimpresionismo que se hacía pasar por un dentista del medievo que se hacía pasar por Woody Allen —frente al asombro de quienes le decían que éste no había nacido aún—.
Estoy desolado, Tobías. Han restringido las sentencias condicionales al uso de valores booleanos, por lo que se acabó el usar valores enteros. Acaban de dejarme sin los preciados encabalgamientos, hermano. Y los de Sun Microsystems no responden mis cartas. Esto es el fin.
PD.: Envíame dinero y algo de cecina para mascar.
Y una cajita de Percodán®. ¡Olvida la promesa que le hice a Madre en su lecho de muerte!
A consecuencia de la Gran Guerra y de sus tendencias zoofílicas y homosexuales tuvo que abandonar Alemania. Vivió durante los restantes años de se vida en una buhardilla parisina junto a Friedrich, un gato, unos bongos, una perilla, un alambique ilegal de una isla abandonada y un acordeón —todos ellos inmigrantes judíos ilegales—, en los que continuó explotando el romanticismo hasta que, por las continuas quemaduras, tuvieron que amputarle ambos brazos. Al perder así su herramienta de trabajo, exploró una nueva disciplinas artística: la escultura en mármol de software con un cincel en la boca y una prostituta manipulando el martillo. He aquí su pieza más famosa, Der Riß der Liebe (Lágrima sangrienta de amor – Sony Music, 1989)
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Ella supuso un sonado fracaso, y fue abandonado tanto por Friedrich como por el resto de objetos inanimados. Murió en ese infierno de Hanoi por hemorragias internas al intentar guardar en su ano el mastodóntico reloj de péndulo de Nicosio, su primogénito roedor, para salvarlo de las grasientas manos de unos budistas vietnamitas que llamaban a la puerta de la buharda.
