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Archivo de Septiembre de 2007

Más sobre elitismos corrosivos 19/09/2007

Los elitismos en el mundo del deporte son iguales para cualquier disciplina, salvo para las artes marciales -la mejor es la más sangrienta excepto cuando “espera porque en la mía hay una modalidad ultraviolenta que sólo se practica en Tahití así que no hables de lo que no sabes”-.

Elitista del baloncesto hace unos años:

¡Joder! ¡Nada más que fútbol en la televisión! ¿cuándo hablarán de baloncesto?

Elitista del baloncesto, hoy:

¡Joder! Estos que se acaban de enganchar al baloncesto, ¡¿qué coño sabrán?! ¡Hagan un favor al baloncesto, famosetes, y váyanse! ¡Yo estaba antes!

Elitista de la fórmula uno hace unos años:

¡Joder! ¡Nada más que fútbol en la televisión! ¿cuándo hablarán de la fórmula uno antes de las tres de la madrugada?

Elitista de la fórmula uno, hoy:

¡Joder! Estos que se acaban de enganchar a la fórmula uno, ¡¿qué coño sabrán?! ¡Déjame debatir a mí sobre el tipo de neumáticos correcto! ¡Yo estaba antes!

Los elitismos de sistemas operativos presentan un modelo escalera. El usuario de Windows es criticado por el de Ubuntu, que a su vez es criticado por el de Fedora, que a su vez es criticado por el de Debian, y todos ellos son criticados al unísino por el de FreeBSD, y todos ellos son ridiculizados por el de Gentoo.

En algún punto de la línea siempre aparece algún sistema operativo nuevo y raro usado por tres personas que critican al resto de sistemas operativos por ser una desgracia para la raza, pero abandonan su acidez cuando el sistema operativo raro se pone de moda, momento en el que pasa a la escalera.

El elitismo en la música es piramidal, aunque se cree tener toda la razón independientemente de si se está en la base o en la cúspide. Cuantos menos adeptos tenga el movimiento musical más puro es el elitismo, tan puro como esas piedras blancas de cocaína que salen en las películas. Quien está en lo alto de la cúspide -normalmente un movimiento recién salido del horno, con uno o ningún seguidores- critica más vehementemente al que esté más alejado en la pirámide; con las posiciones inferiores más cercanas suele medir más sus palabras, no sea que se vea envuelto en una lucha de oratoria de la que podría salir eviscerado. Esas luchas suelen estar más próximas a la hostia limpia conforme más te acercas a la base, como en el caso de la música puertorriqueña.

El resto de elitismos suele encasillarse en alguno de los anteriores: modelo de los cuatro mamíferos, modelo de la escalera o modelo de la pirámide; pero no dejes de mandarme artículos de esos con abstract y bibliografía si consideras necesario crear un nuevo modelo.

Si hay algo que huele en todos los elitismos, es: no soporto verte disfrutar de algo que considero inferior o no sé apreciar. Lo mejor es no hacer ni caso.

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El club más selecto 18/09/2007

Anteriormente conocido como El club más selecto de sólo dos miembros: mi miembro y yo, hasta que esos impresentables de Mamá Ladilla lo utilizaron en algún punto de nuestra línea histórica. Posteriormente nos autodemitificamos al anunciar que eramos unas tres personas más o menos y no una cifra fálica e imprecisa, pero ya importa poco lo relativo al nombre: le partí el codo a Juan Abarca en una letrina de su propio concierto y así quedó saldada la deuda kármica. Ahora no puede tocar la guitarra.

Extendémonos por cualquier campo moderno, colmándonos los nanomedios con los más golosos cumplidos: “el mejor del mundo en su sector o disciplina”, o “el primero que andó el camino cuando nadie daba un duro”. Porque cuando tú estabas jugando a lo del chavalín con gorrita de la Master System, ¡yo ya estaba escribiendo por lo menos en diez o quince blogs sobre cómo terminé el Monkey Island 2!

Mucha gente quiso escribir en diarios electrónicos y no podíamos permitírnoslo; ¿cómo se atreven a hacerlo sin rendirnos un sentido tributo en sus palabras o en sus recopilaciones de imágenes animadas o vídeos de catástrofes escolares? Intentamos minar su moral con numerosas réplicas de crítica ácida y destructiva, pero son muchos y aguantan histriónicamente. ¡No podíamos rebatir sus argumentos ni tampoco criticar su ortografía! Así que migramos a nuevos formatos vírgenes sin nadie en lo alto del podio que supusiese una dificultad para alcanzar la gloria nanomediática.

Así lo conseguimos en docenas de modalidades.

Ahora nos invitan a las olimpiadas virtuales de todas estas disciplinas, que acontecen en países tan amistosos como Corea (del norte), y allí nos alzamos siempre con la medalla de oro. ¡Atrás dejamos a geeks enfurecidos, gordos acomplejados y usuarios de Macintosh! Volverán a sus cubiles mascando tabaco de venganza y lamentándose. Y eso les daría que pensar…

…ya que mucha gente se lanzó tras nuestro éxodo cuando descubrió el vergel en el que ya parábamos. Si no éramos felices cuando éramos cuatro gatos, ¿cómo lo vamos a ser con veinte millones de usuarios en éxtasis?

Ésta es la paradoja de las plataformas de élite: detestan tanto la marginación underground como el gloria de las parties con diez mil campistas.

¿Y qué hay de todas las cosas buenas que hace la SGAE? 10/09/2007

Mucha gente critica a la SGAE y a otras maravillosas entidades de gestión de menesteres simplemente porque creen que es algo que está de moda, dejándose llevar por una corriente de greñudos panfletistas que salen a manifestarse portátil en mano y gafas en pasta, con jerga tan obscura como sus gabardinas, mochilas, gafas de sol y apariencias de escritorio. Y almas, si me apuran. Por eso yo, hoy y aquí, parto una lanza -o una alabarda- a favor de la SGAE. Y hasta parto fauces si hace falta, bajo el amparo de leyes neblinosas firmadas por marionetas políticas que lo único que consiguen relacionar con la tecnología es el pr0n.

La SGAE es un pilar de la sociedad y hasta de la tierra, libro obligatorio en cualquier lista de Mis libros favoritos. Empecemos por el principio hipotético de los días del Nuevo Orden: cualquier escenario post-apocalíptico que implique un renacimiento de la civilización supondrá una oportunidad única para que impere el sentido común y la lógica. Será este el momento de prescindir de lastres feudales como las autoescuelas, el tabaquismo y otras muchas leyes hurañas enmarañadas con intereses empresariales. Prescindiremos de toda la morralla residual arrastrada tras dictaduras y mandatos desatinados, permaneciendo impoluto algo que ese oráculo de ilustrados barbudos del futuro jamás podrá obviar: la gestión eficaz de los derechos de autor de los músicos y artistas venideros.

Pero volvamos al presente, amigo Luis.

Muchos directivos de la SGAE sobresalen por sus aclamadas trayectorias como músicos y/o intérpretes. Tal es el caso de su director, Teddy Bautista, que fue líder del grupo Los Canarios, entre cuyos éxitos cabe destacar la representación de Judas en la banda sonora original de Jesucristo Superstar; o Ramoncín, que fue uno de los primeros punkis de España, y que sentó cátedra para las generaciones venideras de crestudos tísicos. Aplaudámosles, junto a todos aquellos que renunciaron al lucrativo negocio de los escenarios, las juergas de hotel y las grupis, para enclaustrarse en un despacho a lidiar con papeleo y abogados sedientos, truncando su carrera y renunciando así a la fama y al dinero, dinero, dinero. Todo por ayudar a sus colegas: al pobre joven que se ve recluído al pasillo suburbano para tocar la trompeta, al pobre joven cuyo grupo no suena en los transistores por culpa de un sistema voraz y lavacerebros, al pobre joven que fue despedido para que un surcoreano ocupase su puesto dada la avidez de dinero del patrón.

Y hablando de dinero: muchos olvidan que se trata de una organización sin ánimo de lucro, como bien rezan sus estatutos. La gente que no entiende esto y lanza ataques infundados es porque no tiene estudios, como bien demuestra la siguiente ecuación diferencial. El que su cuartel general sea una reliquia modernista tan elegante y exquisita como el Palacio Longoria no indica sino el interés altruísta por la conservación de monumentos históricos. Filantropía mal interpretada por envidiosos e ignorantes, como ya demostré con mi famosa ecuación diferencial.

Podría seguir arguyendo las bondades de la SGAE, pero creo que ya he expuesto suficientes argumentos -por ahora- como para desmontar todas esas teorías conspiranoicas de los hippies del copyleft. E incido en por ahora, que no ha de interpretarse como un balón de oxígeno a la verborrea comunista, sino como un guantazo retórico a quienes jamás podrán rebatir la imperiosa indispensabilidad de este ateneo, este bello ateneo, llamado SGAE.

Tú, pérfida niña que descargas episodios de Mi pequeño poney, ¿acaso sabes todas las cosas buenas que hace la SGAE?

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Godverdomme 08/09/2007

Godverdomme es mi palabra predilecta del neerlandés.

Jótfordóma, viene a sonar, y es la invocación de las más abominables maldiciones divinas sobre aquél que la pronuncia.

Se dejan media garganta en la primera J, y cuanto más reiteran el Jót, más vehemente es la plegaria.

Que Dios me maldiga, viene a significar. Y te imaginas un torrente así como negro y viscoso, con halo purpúreo y pequeños relámpagos, cayéndo del techo sobre tu cabeza.

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Sobre esos comentaristas de 20minutos.es 05/09/2007

Bajo la veladora mirada de dos gárgolas, Bautista -o tal vez Ambrosio- abre la vetusta puerta. Ni siquiera parpadea, porque ha sido instruído en el ancestral protocolo de abrir impecables puertas de maisonnettes a invitados célebres como nosotros. Albricias para tus sentidos y otros aspavientos folclóricos: accedes al salón señorial de tertulias para diplomáticos caballeros ingleses con chaqué, sombrero de copa, mostacho y monóculo. Todos beben brandy -o café con brandy, o brandy doble- en sus pesados sillones, dispuestos en grupos de a cuatro en torno a una pequeña mesa circular de evidente corte victoriano, donde de dispone la plata y el cachemir. Discuten, con un acento extraño que te hace sentir muy por debajo de ellos en la pirámide social, sobre temas de no sólo incisiva actualidad, sino también de un rasante cultural abrumador; parecen tejer con impávida quietud el destino de vidas miserables como la tuya y la mía, como aquellas sociedades secretas de la Universidad de Yale. Cuelgan como trofeo las cabezas de animales extintos -como el dodo o el jabalí enfurecido en llamas- cuyo triste final fue resuelto, quién sabe, tras horas de conversaciones maquiavélicas -pero con clase- entre estas cuatro paredes.

Entonces, con el más formal y respetuoso de los semblantes, empiezan a lanzarse trozos de mierda entre ellos. Salpican las hediondas heces por doquiera -cúbrete, porque eso te incluye a ti- como balas en un aristocrático duelo a pistola. ¡Bang! Mondongos de todo tipo explotan sin ventilador alguno que los reviente, repartiendo sabiduría por todos los rincones del salón con divina ecuanimidad, digna de tan insignes tertulianos.

Pero claro, ¿quién discierne la caca cuando se es un Don sentado en un sillón acolchado con tacto aterciopelado?

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