Sobre esos comentaristas de 20minutos.es
Bajo la veladora mirada de dos gárgolas, Bautista -o tal vez Ambrosio- abre la vetusta puerta. Ni siquiera parpadea, porque ha sido instruído en el ancestral protocolo de abrir impecables puertas de maisonnettes a invitados célebres como nosotros. Albricias para tus sentidos y otros aspavientos folclóricos: accedes al salón señorial de tertulias para diplomáticos caballeros ingleses con chaqué, sombrero de copa, mostacho y monóculo. Todos beben brandy -o café con brandy, o brandy doble- en sus pesados sillones, dispuestos en grupos de a cuatro en torno a una pequeña mesa circular de evidente corte victoriano, donde de dispone la plata y el cachemir. Discuten, con un acento extraño que te hace sentir muy por debajo de ellos en la pirámide social, sobre temas de no sólo incisiva actualidad, sino también de un rasante cultural abrumador; parecen tejer con impávida quietud el destino de vidas miserables como la tuya y la mía, como aquellas sociedades secretas de la Universidad de Yale. Cuelgan como trofeo las cabezas de animales extintos -como el dodo o el jabalí enfurecido en llamas- cuyo triste final fue resuelto, quién sabe, tras horas de conversaciones maquiavélicas -pero con clase- entre estas cuatro paredes.
Entonces, con el más formal y respetuoso de los semblantes, empiezan a lanzarse trozos de mierda entre ellos. Salpican las hediondas heces por doquiera -cúbrete, porque eso te incluye a ti- como balas en un aristocrático duelo a pistola. ¡Bang! Mondongos de todo tipo explotan sin ventilador alguno que los reviente, repartiendo sabiduría por todos los rincones del salón con divina ecuanimidad, digna de tan insignes tertulianos.
Pero claro, ¿quién discierne la caca cuando se es un Don sentado en un sillón acolchado con tacto aterciopelado?

5/09/2007 22:49
Pues se discierne sentado en el sillón, con un gran copón de mochandón, y una gran caca en su interior, cual aceituna propia de un coctail de gafapasta.