Desde que leo 20minutos.es tengo como una especie de parálisis cerebral que bien podría deberse a la escritura prepúbere de sus chimpancés y a las densas diarreas negruzcas con las que contraatacan los lectores, y no libra del estupor el consuelo de que tan sólo sea la representación de un mínimo sector de la población.
Observo gente horrorizada ante la idea de que sus desgracias pasen a formar parte del gran olvido de la gran estadística, un vórtice con rayos y extrañas auras que todo lo devora. Incapaces de atender a razonamientos básicos para la perpetuación de la especie. Todo el mundo diciendo lo mismo, supliendo con argumentos de serie casposa de abogados sus deseos de lanzarse a la yugular de cualquiera de sus semejantes, ahogando el impulso primigenio del homicidio porque sí. Niños que se matan entre ellos, los lastres evolutivos del metro, el sudamericano vengador enmascarado, el delincuente nacional y el delincuente extranjero, el antitodo, el del panfleto y el tambor. Un largo etcétera de gente que bien podría desaparecer y dejar tras de sí un agradable aroma de ambientador de urinario público.