…paso más tiempo retocando el diseño del diario que escribiendo, y cada diez segundos tengo que cambiar de ventana y ojearlo de nuevo para ver si me sigue gustando. Normalmente un diseño me gusta durante varios minutos, después tengo que rehacerlo por completo. Éste seguramente lo mande al taco de diseños de Wordpress, porque no ha quedado tan mal como esperaba. Ahora solo me falta escribir.
El viernes presencié mi primera boda holandesa. En realidad no fue una boda sino un convite. Como ya sabéis, este tipo de ceremonias son guardadas con recelo por estos sect-arios, o tal vez masones. La única parte que no es exclusiva es la de pasar el sobre. Quieren escuchar cajas abiertas y monedas repicando.
No sabría cómo definir el evento. Fue algo como este vídeo. Sorprendente el hecho de que la bebida fuera gratis, ya que aquí rara vez te dan algo porque sí, salvo multas o penalizaciones legales. Desinfecté mi dolorida muela del juicio con un buen whisky, aprendí nuevas frases hechas en holandés e hice pompas de jabón, que debe ser el equivalente sibarita al lanzamiento de arroz.
Y no la debí regar como debía, porque el lunes llegué -ya sin agonizar- a una clínica dental. Recordé lo que me dijo mi padre antes del partido de fútbol:
Nunca vayas a una clínica dental en un país que no sea el tuyo.
Salí exangüe, obviamente.
Salvo mis encías todo marcha bien; los mininos siguen buscando una gatera nueva donde poner su cestita de mimbre y poder retozar horas y horas. No es fácil entenderse con la gente cuando maullas, ronroneas y tiendes a entretenerte con las borlas de las cortinas. La gente te observa y se hace preguntas. Es bueno para ellos. Que discurran mientras yo me voy a comer.