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A tu mitad 24/01/2006

No a simple vista, quizá porque ésto sea una maraña enmarañada adrede, llena de esos callejones donde se pierden las suposiciones mal supuestas y las divagaciones de eruditos hambrientos de palabra, que dejan su barbilla echando raices sobre el puño. Pero, como en Laberinto, si alguien se atreve a atravesar los muros de piedra, a buscar la salida de los callejones sin salida, y a escuchar directamente al castillo desde donde se ve cantar a David Bowie -por encima de los muros, sin distraerse con los acertijos de las aldabas y el hedor de los pantanos-, entonces ese alguien te dirá: Sí. Escriben sobre ti. Aunque sea un -y en- secreto.

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Detalles. No podría estar sin… 28/12/2005

El sonido de los intermitentes de los coches. Tostadas con mucha mantequilla. El olor de la lluvia en verano. Viejas películas en blanco y negro que emiten en la 2. Acordeones (por algún motivo, la gente parece odiarlos). Radio 3. Salir de noche y que huela a hoguera. Champús de chica -los que huelen a fruta- y las tentaciones que desencadenan. Radiohead’s Talk Show Host. Gustavo Adolfo Bécquer. Amasar cualquier cosa que se pueda amasar. Mi cazadora. El “uh uuuh uh” de las lechuzas cuando voy a trabajar, o cuando me despierto en Benicàssim. Sandwiches de nocilla de tres o más pisos. Imperfecciones, de cualquier naturaleza. Leonor Watling. Jugar con imanes. Chocolate amargo. Viajar en tren. Las películas navideñas de Chevy Chase. Patatas fritas (de las de freidora, no de las de bolsa). Áreas de descanso de autopistas. Cherry Coke. Pulp Fiction. Oler cada revista, libro, periódico, etc. que cae en mis manos. Cerillas. Despensas, de esas con muchos botes de comida y frutas confitadas. El olor de las velas. Escuchar llover desde el coche. Nuca y espalda. Coger un libro al azar. Jardines Zen. Lolita Lempicka. El sabor del agua del mar. Conducir por carreteras desiertas. Salir a la calle muy temprano en verano y que haga frío. Postres del VIPs. Ilustraciones de El Roto. El olor del Cristasol. Queso hasta el empacho. El sonido del bajo. Mis 507. Asimetrías. Despertarme y ver que me quedan, mínimo, dos horas de sueño. Niebla. Panetones. Masa de bizcocho cruda. Vértigo en el estómago. Murcia. Leche con canela y limón. Viajar y notar la humedad del -cada vez más cercano- mar al salir del coche para echar gasolina. Tardes de verano con golondrinas. Música.

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La inmolación 20/08/2005

Disfruto con lo Caótico y lo inesperado; me produce un cosquilleo de satisfacción en el estómago, y es algo que todavía no me he parado a estudiar demasiado. Así que habrá que dejarlo en que, por algún motivo, disfruto con todo lo que rompe las reglas de lo que se puede esperar. Hasta la palabra “Caos” me encanta. Ya lo he dicho en varias ocasiones.
Sacrificarse. O inmolarse. Me parece de lo más Caótico, ya que rompe con el -creo- más fuerte de los instintos: el de supervivencia. Y también con otro que a día de hoy se ha tornado tan fuerte como éste (o más): el ego.
El Orden dentro del Caos.
Decididamente, no podría vivir sin Orden. Rodeado por el Caos, hay un mínimo espacio de Orden. En la inmolación, el Orden sería la razón. No el final. Mi Orden también es algo elegido al azar, por propia voluntad. Mucha gente decide morir por su fé. Algunos deciden matar. Pues maldita sea su fé. Y que levante la mano aquella fé que a lo largo de su existencia no haya derramado sangre. Otros deciden morir por su país, por algo intangible a lo que llaman patria, pero que tanto odio y muerte genera. A ellos no les retrasaría ni un sólo segundo su deseo. Los demás vivirían más agusto.
Yo moriría por algo tan caótico -pero con tanto sentido- como una mujer. Me da igual que te parezca mal; yo no podría encontrar una muerte mejor. Sí, sé que seguramente muera de cáncer, o en un accidente de tráfico, o de un infarto, o de alguna manera graciosa y sin sentido -un rayo debajo de un árbol, tropezándome al jugar al fútbol, asfixiándome con una bolsa del Carrefour, etc. etc.-; pero si se me otorga al oportunidad, o si en algún momento está en mi mano elegirlo, moriría por una de Ellas. No me guardaría tal momento como muchos guardan su propio orgullo u honor, ni intentaría retrasarlo con las excusas de siempre. Llevar a la práctica el tan manido y abusado ideal romántico, aleatoriamente y sin avisar.
Muchos encuentran a Dios bajo una estatua crucificada, o bajo un triángulo con un ojo inscrito dentro. Otros lo hacen bajo el mismo triángulo, pero esta vez dibujado en un billete verde.
Yo lo encuentro en ti. Mi Religión.

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