Una cita para nuestros eventos sociales 01/12/2006
No es uno de los recursos más utilizados cuando voy de habitación de hotel en habitación de hotel, buscando fiestas de celebridades en las que colarme y gente con la que quedarme, impresionándola con mis anécdotas y mi sabiduría popular. Lo habitual es ir captando un par de expresiones de cada uno de los grupúsculos, para luego componer mis propias conversaciones. Ah, mis buenos… Juguetes Mediterráneo
de índole social. Idiosincrasia, nanomedios, no-show, polonio 210 y cualquier otra expresión que me haga sentir importante y superior a los demás es recibida con júbilo y alboroto.
Bien… sí. En efecto. No es fácil tener que hurtar canapés para sobrevivir, ni dormir siempre con el traje magenta de nochevieja. Pero en uno de tantos guateques de pintores conceptuales, escultores de tofu y gafapastas del círculo interno, leí –por error, pues nadie va allí a leer– el reverso uno de esos sabrosos caramelos de la Semana Santa murciana, y lo que allí estaba escrito salió empujado por mi boca… para cambiar mi vida:
Un pesimista y un optimista estaban flotando en la inmensidad del océano en una barca diminuta. Ambos se ahogaron.
Todas las gafas en derredor, gruesas y densas ellas, se deslizaron varios centímetros por las aguileñas narices de sus portadores, y todos dejaron asomar una mirada de desprecio que no tuvo que ser acompañada por monóculos quebrados o disparos al aire para que yo me largara de allí. Me estaba orinando, y caí por las escaleras del hotel. Desperté preso en una cárcel de Estambul, en el año 1974. Aunque ahora no recuerdo de dónde saqué esa cita. Quizá de un chat.
