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Archivo de ‘Hecatombes’

Dirección y gestión de hecatombes 06/11/2007

No dejéis de gastaros todo el dinero que tengáis -y más- ahora que se avecina el fin del mundo por cambio climático.

Las grandes empresas lo agradecerán invirtiendo, seguramente, en aparatos ecológicos. Los que tienen el simbolito verde del reciclaje por doquier y vienen con un abstracto spot publicitario de una japonesa gesticulando, muchas nubes pasando a cámara rápida y un plano cenital de un grupo de yuppies corriendo a gran velocidad porque pierden un avión.

Tu miedo en nuestra cuenta de ahorros.

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Olor de cabeza 02/11/2007

Desde que leo 20minutos.es tengo como una especie de parálisis cerebral que bien podría deberse a la escritura prepúbere de sus chimpancés y a las densas diarreas negruzcas con las que contraatacan los lectores, y no libra del estupor el consuelo de que tan sólo sea la representación de un mínimo sector de la población.

Observo gente horrorizada ante la idea de que sus desgracias pasen a formar parte del gran olvido de la gran estadística, un vórtice con rayos y extrañas auras que todo lo devora. Incapaces de atender a razonamientos básicos para la perpetuación de la especie. Todo el mundo diciendo lo mismo, supliendo con argumentos de serie casposa de abogados sus deseos de lanzarse a la yugular de cualquiera de sus semejantes, ahogando el impulso primigenio del homicidio porque sí. Niños que se matan entre ellos, los lastres evolutivos del metro, el sudamericano vengador enmascarado, el delincuente nacional y el delincuente extranjero, el antitodo, el del panfleto y el tambor. Un largo etcétera de gente que bien podría desaparecer y dejar tras de sí un agradable aroma de ambientador de urinario público.

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La MIR en llamas, sobre París 18/07/2007

Anoche soñaba que veía, desde el balcón de mi casa, un avión envuelto en llamas explotando en la pista de un aeropuerto.

Hoy ha sucedido algo parecido.

Perturbador.

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La empresa del futuro 31/03/2007

Metálica. Azul oscuro, como muy grisáceo, y caras impertérritas en trajes monótonos que convergen ambos sexos. Entran todos muy puntuales y caminan por un amplio, amplísimo recibidor en el que una reverberada voz femenina les conmina a la máxima eficiencia, la producción masiva, para gozo de quienes observan tras el cristal ahumado. Puede que suene una melodía difícil de apreciar. Puede que no. Siempre habrá grandes pantallas que mostrarán campos verdes y cielos azules, y una cara asiática sonriente que entra difuminada de cuando en cuando, con una sonrisa impoluta. No quieren enfadarla; en fila, todos pasan la prueba del iris, o de la gotita de sangre en el pulgar.

Todos quieren escapar de allí. Ir a otro planeta, o a una zona descontaminada a miles de kilómetros, o a un nivel de consciencia superior rodeado por numeritos verdes y terminales furiosas de telnet que imprimen datos incongruentes. Los que están en Marte quieren ir a la Tierra, porque allí aguardan expectantes sus mujeres y sus hijos -que ya atinan sus primeros bateos-. “Papá trabaja allí arriba, escribiendo a toda velocidad en un teclado flotante de luz”. “Tómate la lección o te cruzo la cara”. Los que están en la Tierra, desean fervorosamente ir a Marte, porque allí se les ha perdido algún sentimiento de ciencia ficción o un paseíto por el valle naranja con la pareja. “No tropieces o tus ojos engordarán hasta salir de sus cuencas y explotar, y no será una pesadilla”.

El camino hacia la libertad es duro, y está minado de guardias -todavía más grises- con enormes cascos y tarjetas magnéticas para acceder al cuarto nivel. Corren en falange aunque es muy fácil darles esquinazo; siempre hay un cuarto oscuro de cables y luces rojas parpadeantes en el que refugiarse, o una trampilla en el suelo en la que nadie ha reparado.

Miran a través de las pocas ventanas un mundo post-apocalíptico donde las briznas de hierba pueden ser peligrosas dagas programadas por “los de arriba” para aniquilar a los escasos héroes que esconden sus planes al siempre condescendiente escáner de iris. Siempre hay algún confidente asiático que les vende comida extraña y picante en los barrios bajos de neón, en los que siempre llueve y hay alcantarillas que exhalan vapores ponzoñosos. Él les ayudará. Les presentará a un científico demente, o a una mujer revolucionaria de pelo encardado y oxigenado.

No hay otra alternativa para el futuro. Todas las empresas serán esa empresa omnipresente. Hasta el puesto roñoso del amigo asiático es una franquicia de esa Omnigen, Skynet, Neotronics, o lo que sea; y desaparecerá en el subsuelo cuando el hombre tras el cristal ahumado pulse el botón. Ah… ¡el subsuelo! Qué bien se vive en las alcantarillas del futuro, junto a cíclopes, deformes y mutantes.

No te dejes llevar por este romanticismo. Sigue trabajando para Mutronics, y levántate cada día en tu habitáculo de cemento y acero. La pantalla plana del techo te dará los buenos días con campos verdes y amaneceres de telefilme lacrimoso. ¿Para qué malgastar energía corriendo de los guardias paramilitarizados y los mech bípedos? Tienes cubitos de avecrem que valen por la comida de todo un día, ¿para qué comer barro enmohecido en la Tierra, o barro sulfuroso en Marte? No lo estropees. Inyéctate algo de lo que encuentres en el frigorífico. Prototronics te observa.

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“¿Te acabas de despertar y te has dado cuenta de que eres la única persona en la tierra?”. Una guía de supervivencia. 01/09/2006

El charco voraz no es un algoritmo voraz, y ni siquiera tiene que ver con esta historia. Pero una vez leí algo sobre Jimi Hendrix, su perro, y no sé cuál charco que se tragaba las personas que él más amaba. Acababan todas deslizándose por un intestino subterráneo hasta acabar excretadas en unas sillas, en las que reían gags prefabricados por guionistas judíos, puestos en boca de ese mamarracho que se parece al Bartolo, en una especie de “Club de la comedia”. Al final Jimi no supo discernir entre pesadilla, exceso de marihuana, de éter, de metedrina, de adrenocromo, de mi imaginación, de mis excesos con la marihuana, éter, metedrina o adrenocromo.
Nadie lo sabrá.
Lo que ocurrió con ese charco, tampoco.
Esta misma mañana desperté con la tragedia de Jimi en mente. Podía, y sigo pudiendo, invocarla vívidamente; como si la estuviera arrastrando por el cordón umbilical. “Sabía que algo saldría mal cuando vi esos restos de placenta encharcando mi pijama.” -pensé desde una perspectiva narrativa. Limpié el estropicio en uno de esos lavabos blancos impolutos que piden casquería a gritos; los habéis visto en docenas de películas de muertes accidentales y los consecuentes tropiezos de subterfugio del homicida.
Entonces me di cuenta de que todas las personas del mundo habían desaparecido, entendiéndolas como entes de carne y hueso. La ropa no iba añadida: nada más esfumarse la población mundial, pude ver miles de millones de camisetas, trajes de ejecutivo, sujetadores y gorras Adidas consumiendo sus últimos julios de energía cinética y potencial, hasta caer al suelo con aterradoras y sobrecogedoras formas. ¿Serían casualidad? Yo creo que no.
Vale. Tenemos un problema. ¿Qué cojones? Tengo un problema. El primer problema es que ya no existe el plural en las formas verbales. Detrás de él hay otros tantos, que ya suman un plural, pero al no ser verbal, da igual. Bien. He resuelto mi primera crisis de forma satisfactoria. A por la siguiente:
Vehículos, trenes, aviones, satélites, transbordadores espaciales, centrales nucleares, submarinos nucleares, silos rebosantes. Desatendidos y desatendidas. ¿Debería salir de casa? Si salgo de casa, ¿seré lo suficientemente ágil como para esquivar un avión precipitándose hacia mi recién rapado cráneo? Si me quedo, ¿habré tomado el suficiente yodo como para ser inmune a escapes o explosiones nucleares de las centrales energéticas próximas? Debería alejarme de los núcleos urbanos.
Decidido: Viajaré a algún lugar periférico, lo suficientemente alejado de urbes, fábricas y otras fuentes de peligro. Allí me estableceré durante un tiempo mientras medito el siguiente paso a tomar. En Países Bajos sólo hay un reactor nuclear activo, Borsele, que se encuentra al sudoeste del país. Permaneceré en Amsterdam hasta reunir medios suficientes para emprender un viaje más largo. Quizá regrese a España. Pero ésa es otra historia: hay que actuar con presura.
Pilas y combustible. La utilidad de los aparatos depende directamente de si se pueden encender o no. Mantas y ropa de abrigo. Alimentos envasados de larga conservación, que me mantengan con vida hasta que sepa cultivar tomates, pepinos, melones, sandías, aceitunas, personas y cebollas allá en mi huerta.
Una furgoneta para transportarlo todo. No sé cómo. Miles y miles de coches en marcha sin conductor serán la causa de otros tantos miles y miles de accidentes en cadena; una furgoneta no sería capaz de driblar neumáticos en llamas, por no hablar de hipotéticas deflagraciones que me chamusquen los pelos del brazo cuando circule asomándolo por la ventana, haciendo la onda esa de “¿Te gusta conducir?”.
Ya me tomé una caja de ansiolíticos al poco de despertar.
[...]
No me ha costado mucho encontrar un todoterreno en buen estado y con las llaves puestas. Me dirigiré a la gasolinera más cercana, donde repostaré y rellenaré varios bidones de gasolina. Tengo la parte de atrás llena de víberes y utensilios. Tengo armas y munición cortesía de la Nederlandse Politie; amén de cuchillos y otras armas blancas. El dinero no será necesario, pero llevo todo lo que he podido robar, por si acaso. Pilas y baterías en cantidades industriales: para el transistor, el teléfono móvil, la Game Boy Advance y la cámara de fotos. He arramblado con cualquier cachibache que, en determinada situación, pudiera serme de vital utilidad. Medicamentos de todo tipo: benzodiazepinas en cantidades enfermizas, aspirinas, polibutines para el dolor de tripita, antiinflamatorios, antibióticos, etcétera. Mantas, como ya he dicho, para combatir las inclemencias. Ponchos, bufandas, zapatillas de andar por casa. Agua, mucha agua. Muchísima agua.
Me pasaré por todas las tiendas que considere útiles de la ciudad; quizá allí encuentre cosas que me sirvan, especialmente en tiendas de electrónica. Un polo de Fred Perry a rayas horizontales negras y rojas, muy de anarko, por 65 eurazos: será mío y gratis. Te eché el ojo el otro día, mamonazo. Tú no te escapas. Quizá renueve mi vestuario, ya va siendo hora. Ya tendré tiempo -después de unos cuantos meses de cuarentena- para volver al centro y saquear todo lo que pille.
Pero ahora tengo prisa. Estar en la calle es peligroso. Mortal. Sé que soy la única persona en la faz de la tierra, pero… ¿qué hay de los zombis? ¿Y de los grupúsculos a lo Mad Max? Cautela, amigo. Cautela.
Pues eso. Me voy, que tengo prisa. Nunca he conducido un Cayenne. Estoy que me da algo, ¿sabes?