Esta entrada contiene una dudosa moralina, tan dudosa y translúcida que podría pasar por una perorata contra cierto estereotipo que me saca de quicio, y del que quiero que te cuides.
Como todo docente de Tecnología Industrial, era un manitas. Resulta imposible imaginarse a esas personas sin su camisa remangada, su barba de varios días, un ligero olor mezcla de cerveza y sudor, y una actitud freudiana –vamos a ver qué tienes para mí, pequeña
– ante tablas de madera con diminutas bombillas y una pila de petaca sujeta con cinta aislante. Por eso estaba allí, siendo presentado como el ilustre técnico montador de efectos sonoros especiales para todas y cada una de las dimensiones de este primer plano de la existencia material, que por aquellas fecha del año dos mil uno quedaba limitado al IES Alonso de Avellaneda y a su –cada vez más cercano– concurso de grupos musicales.
Dicho evento era el clímax de otro insufrible pero bien recibido día de puertas abiertas. El resto de actividades no era tan accesible, tal y como quedó patente en la demostración –en vivo y en directo– de una calculadora programable capaz de resolver ecuaciones de segundo grado, que sólo pudo ser presenciada por tres o cuatro lumbreras que nos presentamos voluntarios.
Aquel año, gracias a que los del Ministerio de Defensa apretaron el cinturón, elevaron la cuantía de los premios a niveles capaces hasta de hacernos ensayar: el ganador se embolsaría cincuenta euros para gastar en material escolar. Y perdonen, si es que existe, el anacronismo: no recuerdo si por aquella época circulaban euros o pesetas. Cincuenta euros, o cinco mil pesetas, es mucho dinero en los muelles de Goon. Los treinta y veinte euros para segundo y tercer clasificado, respectivamente, tampoco nos disgustaban.
Ensayamos música diabólica en una iglesia mormona, pero ésa es otra historia. Y llegó el día del ensayo general; y allí estaba el pabellón del gimnasio, ya de noche, convertido en una maraña de cables. Una maraña mastodóntica. Dinosáurica. Digna de Lolth. Demasiada para un único y humilde altavoz; pues no tan humildes eran los delirios de grandeza del profesor de Tecnología Industrial, que decidió desplegar su circuitería y savoir-faire por doquiera, aunque para nada sirvieran.
Nos subimos al escenario y empezamos a tocar. Y el tío empezó a resoplar, a poner los brazos en jarra y a menear la cabeza de un lado para otro, como si intentara librarse de un gargajo mal esputado. Pero, para nuestro alivio, terminó regurjitándolo:
–No podéis tocar con guitarras eléctricas, hay demasiado eco, no se oye bien, se acopla ésto con lo otro, y mirad lo que habéis hecho con mis cables, ya se me ha encasquillado el puente, es la primera vez que me pasa, alguien debió subir esos ficheros al sistema de control de versiones con mi usuario. Nada de guitarras eléctricas.
Y nos enzarzamos en una discusión interminable sobre por qué no podíamos usar guitarras eléctricas. Casi acabamos pegándole. Pero como él era capitán, tuvimos que ceder y resignarnos a cumplir su brillante idea: sustituir nuestras eléctricas por unas hermosas y oxidadas guitarras acústicas, sin amplificación alguna, que llevaban décadas criando telarañas en la sala de música. Nos queríamos morir. Nos marchamos a casa resignados, y con un peso existencial terrible. Por suerte no acudiría mucha gente al Gran Evento.
A la mañana siguiente, no cabía un alfiler en el pabellón. No estábamos seguros de poder transportar sonido hasta el final de la sala con nuestras guitarras carcomidas; pero aun así lo intentamos. Pese a tener las manos congeladas –por ser primera hora de la invernal mañana– y a que las cuerdas enrobinadas se hundían en mi carne como navajas, no salió mal del todo.
Después salió el dúo de músicos profesionales. Y con su guitarras eléctricas a todo trapo, se marcaron treinta o cuarenta solos tan entretenidos y originales como los de Yngwie Malmsteen. Y ahí estaba el manitas, pilotando la mesa de sonido, siguiendo el ritmo con el pié y la cabeza. Como si nada hubiera pasado ayer.
A riesgo de joder la moralina, he de decir que al final ganamos. Pese a la necedad del manitas, interpretar canciones comunes caló más hondamente que las piezas neoclásicas y electrizadas de Bach. Al baterista le robaron las baquetas, y nos gastamos todo el premio en un par nuevo.