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Archivo de ‘Historias Personales’

Algún eunuco gilipollas 16/01/2007

–¿Aún tienes tu Locomotief?
–¿Sabes lo que algún capullo hizo el otro día?
–¿Qué?
–Robármela.
–Hmm… tío, es es una putada.
–Y que lo digas. Lo he tenido en la calle ocho meses, llevaba tres días sin cogerla y algún eunuco gilipollas me la robó.
–A ese deberían matarle, tío. Sin juicio ni jurado, ejecutado directamente.
–Ojalá le hubiese cogido haciéndolo. Con tal de cogerle no sé lo que habría dado. Sólo por pillarle haciéndolo habría valido la pena que lo hiciera.
–¡Qué hijo de puta!
–¿Qué podría ser más rastreo que robarle la bicicleta a un hombre? En fin, no hay que joderle el vehículo a otro.
–Eso no se hace…
–Va contra las reglas.

Retahíla 08/01/2007

Una retahíla… eh…

Como consecuencia de mi tonteo con las drogas, estoy perdiendo muchísimo vocabulario.

Retahíla… hmmm…

Siempre que quiero asegurarme de que mi memoria está en buen estado, intento recordar a dos actores cuyos nombres siempre olvido: Bruce Willis y Sean Connery. Bien. Los he recordado. Ahora me siento más tranquilo, y puedo seguir buscando la palabra que define estos párrafos, y que no es fascista.

Allá vamos. Venga. Una retahíla… nrgh. Cuando intengo recordar esa palabra me viene el juego Populous a la mente. No sé qué tipo de relación puede tener. También me imagino a romanos con túnicas blancas, sandalias, y una lanza. Sí. Primer elemento fálico de la cadena, aunque no es fálico la palabra que define a sus compañeras.

¡Por fin! ¡Megalómano! Creo que me estoy emocionando, he tenido que hacer fuerza para contener las lágrimas. Aunque ahora me doy cuenta de que megalómano no me convence. Una retahíla megalómana. No me gusta. ¿He pensado yo eso? ¿O han sido las drogas? ¿Me gusta a mí, o es a la droga a quien no le gusta?

A veces me quedo en blanco en el trabajo, esperando a que los proyectos compilen por arte de magia. ¿He compilado esto ya? ¿O tal vez no? Así que vuelvo a compilar, por si acaso. Y mientras compila, vuelvo a dejar la mente en blanco, para preguntarme otra vez lo mismo cuando regreso. ¿He compilado esto? ¿Qué cosa es ésta, que no sé si es buena o mala? ¿Cabrá en mi mochila? ¿Qué hago aquí sentado? ¿Quién es esta gente extraña con anteojos que me observa fijamente?

Menos mal que no puedo fumar marihuana, porque me vuelvo loco. Empiezo a ver la realidad a cuatro frames por segundo desde un pequeño marco de polaroid que está a un metro y medio del observador, que en este caso soy yo. Mi padre y algunos de mis compañeros de trabajo tienen la peligrosa costumbre de no mezclarla con tabaco. Majaderías. Nunca más la probaré. El hachís, en cambio, es sabroso y me deja en un estado de lucidez que me permite hasta entender qué significa el término fotografía en ámbito cinematográfico. Excelente fotografía, opino sobre la película que observo.

¿Absenta? sí, es muy distinguida. Te da un aire a lo Lord Byron, que sigo sin saber quién coño es, y el pelo se te peina ondulado y húmedo –o engominado– hacia atrás. Consigues gratis un monóculo, que utilizas para escudriñar las mentes inferiores de los que beben vino blanco, que aquí son muchos. Y tu capa magenta te envuelve y te protege de los monóculos de tus indiscretos semejantes. Y la pipa. ¡La pipa! La pipa es lo mejor. Fumar en pipa es otro rollo, te sientes encima de una montaña de estiercol, como esos artistas conceptuales franceses, observando a la plebe ignorante. “¡Explícanos tu último cuadro o fotografía!”, te exhortan los mundanos. Y tú vas y orinas sobre sus cráneos agrietados, pero sigues sin saber quién coño fue Lord Byron y por qué se ha reecarnado en ti.

Después está el resto de drogas. Gracias a Manolo Kabezabolo sé que nunca las probaré.

Y ya está. Iba a hablar de profesores acosados por sapientines y de esa gente trajeada que se dedica a lo de ser gourmet. Pero antes me fumaré un petardo. A vuestra salud y anarquía.

Horas 06/12/2006

Disfruto al dedicar un periodo de tiempo a algo totalmente diferente a lo que todos esperan de él. Creo que lo descubrí con las primeras pellas y/o enfermedades simuladas: me encanta deambular por las mañanas; pasear por el centro, ir a tomar algo a bares de tapas que a otras horas estarían abarrotados, ver a las señoras con sus carros de la compra y escuchar la armónica del afilador de navajas –nada que ver con el organillo romaní del mercado de los domingos–. En ese periodo la mañana huele, o se percibe, diferente.

Después, en la universidad, descubrí el placer de estudiar de noche, cuando la mayoría de mis contemporáneos descansan. No hay horas más tranquilas que las que transcurren bajo un flexo, con la compañía musical de Soma FM, la espiritual de un Red Bull, y con la intringa de qué estará haciendo la restante y escasa gente despierta a las cuatro de la madrugada. En ese periodo la noche sabe, o se percibe, diferente.

Ahora, que ya casi he terminado la universidad, prefiero invertir horas y horas de sueño en actividades de subterfugio: Observarte. Estudiarte. Admirarte. Por supuesto, mientras duermes: no hay horas en la vida más tranquilas y llenas de significado que las que invierto escuchando tu respiración. En ese periodo la noche huele, sabe, y se percibe, diferente.

Manitas 28/11/2006

Esta entrada contiene una dudosa moralina, tan dudosa y translúcida que podría pasar por una perorata contra cierto estereotipo que me saca de quicio, y del que quiero que te cuides.

Como todo docente de Tecnología Industrial, era un manitas. Resulta imposible imaginarse a esas personas sin su camisa remangada, su barba de varios días, un ligero olor mezcla de cerveza y sudor, y una actitud freudiana –vamos a ver qué tienes para mí, pequeña– ante tablas de madera con diminutas bombillas y una pila de petaca sujeta con cinta aislante. Por eso estaba allí, siendo presentado como el ilustre técnico montador de efectos sonoros especiales para todas y cada una de las dimensiones de este primer plano de la existencia material, que por aquellas fecha del año dos mil uno quedaba limitado al IES Alonso de Avellaneda y a su –cada vez más cercano– concurso de grupos musicales.

Dicho evento era el clímax de otro insufrible pero bien recibido día de puertas abiertas. El resto de actividades no era tan accesible, tal y como quedó patente en la demostración –en vivo y en directo– de una calculadora programable capaz de resolver ecuaciones de segundo grado, que sólo pudo ser presenciada por tres o cuatro lumbreras que nos presentamos voluntarios.

Aquel año, gracias a que los del Ministerio de Defensa apretaron el cinturón, elevaron la cuantía de los premios a niveles capaces hasta de hacernos ensayar: el ganador se embolsaría cincuenta euros para gastar en material escolar. Y perdonen, si es que existe, el anacronismo: no recuerdo si por aquella época circulaban euros o pesetas. Cincuenta euros, o cinco mil pesetas, es mucho dinero en los muelles de Goon. Los treinta y veinte euros para segundo y tercer clasificado, respectivamente, tampoco nos disgustaban.

Ensayamos música diabólica en una iglesia mormona, pero ésa es otra historia. Y llegó el día del ensayo general; y allí estaba el pabellón del gimnasio, ya de noche, convertido en una maraña de cables. Una maraña mastodóntica. Dinosáurica. Digna de Lolth. Demasiada para un único y humilde altavoz; pues no tan humildes eran los delirios de grandeza del profesor de Tecnología Industrial, que decidió desplegar su circuitería y savoir-faire por doquiera, aunque para nada sirvieran.

Nos subimos al escenario y empezamos a tocar. Y el tío empezó a resoplar, a poner los brazos en jarra y a menear la cabeza de un lado para otro, como si intentara librarse de un gargajo mal esputado. Pero, para nuestro alivio, terminó regurjitándolo:

–No podéis tocar con guitarras eléctricas, hay demasiado eco, no se oye bien, se acopla ésto con lo otro, y mirad lo que habéis hecho con mis cables, ya se me ha encasquillado el puente, es la primera vez que me pasa, alguien debió subir esos ficheros al sistema de control de versiones con mi usuario. Nada de guitarras eléctricas.

Y nos enzarzamos en una discusión interminable sobre por qué no podíamos usar guitarras eléctricas. Casi acabamos pegándole. Pero como él era capitán, tuvimos que ceder y resignarnos a cumplir su brillante idea: sustituir nuestras eléctricas por unas hermosas y oxidadas guitarras acústicas, sin amplificación alguna, que llevaban décadas criando telarañas en la sala de música. Nos queríamos morir. Nos marchamos a casa resignados, y con un peso existencial terrible. Por suerte no acudiría mucha gente al Gran Evento.

A la mañana siguiente, no cabía un alfiler en el pabellón. No estábamos seguros de poder transportar sonido hasta el final de la sala con nuestras guitarras carcomidas; pero aun así lo intentamos. Pese a tener las manos congeladas –por ser primera hora de la invernal mañana– y a que las cuerdas enrobinadas se hundían en mi carne como navajas, no salió mal del todo.

Después salió el dúo de músicos profesionales. Y con su guitarras eléctricas a todo trapo, se marcaron treinta o cuarenta solos tan entretenidos y originales como los de Yngwie Malmsteen. Y ahí estaba el manitas, pilotando la mesa de sonido, siguiendo el ritmo con el pié y la cabeza. Como si nada hubiera pasado ayer.

A riesgo de joder la moralina, he de decir que al final ganamos. Pese a la necedad del manitas, interpretar canciones comunes caló más hondamente que las piezas neoclásicas y electrizadas de Bach. Al baterista le robaron las baquetas, y nos gastamos todo el premio en un par nuevo.

Incidente carnavalesco -en clave poética- de la diana gorrona y sus siete dardos 12/07/2006

En un bar de mods
y britpoppers,
que aunque no le pegan al popper
visten mejor que tú y que yo;
entró una dama oronda
disfrazada de diana
con un séquito de dardos.
Era fea como un cardo
y gritó a voz alzada:
¡invitadnos a una ronda!
¡Disfrazados nos presentamos!
Pues yo soy una diana,
y estos son mis siete dardos.
¡Chupitos gratis!

El camarero,
que iba en pijama,
mandóla al campo a pastar.
Y mostróse enfadada
con el bar entero:
¡Uhh! ¡Mirad, mirad,
a quienes se creen diferentes
por parar en aqueste bareto!

Y huyeron con vergüenza,
y algún escupitajo en el pelo.
Y no se los volvió a ver jamás.