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¿Y qué hay de todas las cosas buenas que hace la SGAE? 10/09/2007

Mucha gente critica a la SGAE y a otras maravillosas entidades de gestión de menesteres simplemente porque creen que es algo que está de moda, dejándose llevar por una corriente de greñudos panfletistas que salen a manifestarse portátil en mano y gafas en pasta, con jerga tan obscura como sus gabardinas, mochilas, gafas de sol y apariencias de escritorio. Y almas, si me apuran. Por eso yo, hoy y aquí, parto una lanza -o una alabarda- a favor de la SGAE. Y hasta parto fauces si hace falta, bajo el amparo de leyes neblinosas firmadas por marionetas políticas que lo único que consiguen relacionar con la tecnología es el pr0n.

La SGAE es un pilar de la sociedad y hasta de la tierra, libro obligatorio en cualquier lista de Mis libros favoritos. Empecemos por el principio hipotético de los días del Nuevo Orden: cualquier escenario post-apocalíptico que implique un renacimiento de la civilización supondrá una oportunidad única para que impere el sentido común y la lógica. Será este el momento de prescindir de lastres feudales como las autoescuelas, el tabaquismo y otras muchas leyes hurañas enmarañadas con intereses empresariales. Prescindiremos de toda la morralla residual arrastrada tras dictaduras y mandatos desatinados, permaneciendo impoluto algo que ese oráculo de ilustrados barbudos del futuro jamás podrá obviar: la gestión eficaz de los derechos de autor de los músicos y artistas venideros.

Pero volvamos al presente, amigo Luis.

Muchos directivos de la SGAE sobresalen por sus aclamadas trayectorias como músicos y/o intérpretes. Tal es el caso de su director, Teddy Bautista, que fue líder del grupo Los Canarios, entre cuyos éxitos cabe destacar la representación de Judas en la banda sonora original de Jesucristo Superstar; o Ramoncín, que fue uno de los primeros punkis de España, y que sentó cátedra para las generaciones venideras de crestudos tísicos. Aplaudámosles, junto a todos aquellos que renunciaron al lucrativo negocio de los escenarios, las juergas de hotel y las grupis, para enclaustrarse en un despacho a lidiar con papeleo y abogados sedientos, truncando su carrera y renunciando así a la fama y al dinero, dinero, dinero. Todo por ayudar a sus colegas: al pobre joven que se ve recluído al pasillo suburbano para tocar la trompeta, al pobre joven cuyo grupo no suena en los transistores por culpa de un sistema voraz y lavacerebros, al pobre joven que fue despedido para que un surcoreano ocupase su puesto dada la avidez de dinero del patrón.

Y hablando de dinero: muchos olvidan que se trata de una organización sin ánimo de lucro, como bien rezan sus estatutos. La gente que no entiende esto y lanza ataques infundados es porque no tiene estudios, como bien demuestra la siguiente ecuación diferencial. El que su cuartel general sea una reliquia modernista tan elegante y exquisita como el Palacio Longoria no indica sino el interés altruísta por la conservación de monumentos históricos. Filantropía mal interpretada por envidiosos e ignorantes, como ya demostré con mi famosa ecuación diferencial.

Podría seguir arguyendo las bondades de la SGAE, pero creo que ya he expuesto suficientes argumentos -por ahora- como para desmontar todas esas teorías conspiranoicas de los hippies del copyleft. E incido en por ahora, que no ha de interpretarse como un balón de oxígeno a la verborrea comunista, sino como un guantazo retórico a quienes jamás podrán rebatir la imperiosa indispensabilidad de este ateneo, este bello ateneo, llamado SGAE.

Tú, pérfida niña que descargas episodios de Mi pequeño poney, ¿acaso sabes todas las cosas buenas que hace la SGAE?

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Cómo administrar un diario electrónico 13/05/2007

Cualquier docente que se preste dibujará en el encerado, sin dilación alguna, una casa con un árbol que nadie será capaz de identificar. Está tratando, como el sapiente de la mano alzada ya ha averiguado, de extrapolizar la gestión clásica de las cabañas infantiles -o clubes de aventuras- al extraño e inconexo mundo de las nubes conceptuales de eso que la gente inteligente llama “Web 2.0″, que no es otra cosa sino prescindir del Comic Sans y las entidades marquesina a la hora de diseñar la misma porquería. No hay que perder la paciencia.

La primera tarea del buen administrador de un diario electrónico -o blog, para el alopécico mundano o el ama de casa- es enumerar reglas. Entendiéndose éstas por prohibiciones. Un hermoso cartel de madera adornará la entrada a la cabaña, conminando a la miseria a enemigos potenciales del huesped: judíos, gitanos, fascistas/comunistas, iPodistas/???istas, canonistas/nikonistas, payasos del Mac/payasos de Redmond, y demás ralea que, muy a pesar del huesped, será quien dé vida a la cabaña (lanzando guijarros, escupiendo a los invitados, rompiendo los cristales, prendiendo fuego al árbol, etcétera).

Es vital cuidar a los invitados del club: otorgarles carnés identificativos, promocionar prendas de ropa del conglomerado industrial, hacerles disfrutar de jugosas ofertas en los ultramarinos locales, entretenerles con pegadizas melodías corporativas -que inciten a una máxima productividad- a primera hora de la mañana y, en definitiva, hacerles sentir como en su propia casa. No es para menos, puesto que ellos son el combustible del ego del huesped, los engranajes de una perfecta máquina de replicar noticias estúpidas sobre una fresca del World of Warcraft que percibió 5.000 monedas de oro a cambio de ser montada, los enjironados remeros de un monstruoso barco vikingo o juggernaut, los Ringo Starrs de los Beatles, el verborréico software concatenador de sandeces de David Bisbamante, etcétera (de nuevo aquí).

Una vez la monstruosidad marina haya obtenido suficiente energía, aquéllos pueden ser arrojados por la borda o disparados a quemarropa con un rifle, previo aviso triplicado acogido al formato: "fuera de mi puta cancha, "+epíteto_racial+" de mierda". Siempre que se infrinja esta plegaria, el estado contempla el arte del asesinato como único recurso disponible, pudiendo así el huesped decorar las paredes con sangre caliente y glándulas pineales… para mascar.

¿Las franquicias? Obligatorias. Docenas de apasionantes campos no estarán cubiertos por el club -o cabaña- primigenio, asín que es menester abrir un nuevo diario, y otro, y otro más, y ordaguearlos todos elevándolos a un exponente de caca inconmesurable, que escapará a la eclipsada comprensión de los huéspedes, que pensarán que se trata de algo fresco y novedoso. Y empezarán a devorar vorazmente. A saber: blog de moda y tendencias, blog de gastronomía catalana y bares-buffet minimalistas de dudosa reputación, blog gafapastas en general y hediondo en particular, blog de crítica literaria. Los huéspedes pueden ser reciclados y reutilizados, pero hazles entrega de un nuevo carné. No seas tacaño u olerán tu miedo, y por lo tanto pasarán a engrosar las filas de tu némesis: un tal Krusher, que no sabe guardar en lugar seguro los dumps de la base de datos de la Frikipedia -menudo pazguato-, tan repletos de información confidencial.

La última entrada de la lista de normas y prohibiciones es, ineludiblemente, evitar a toda costa hablar de diarios electrónicos, blogs o movimientos Web 2.0; algo que es soez y patético que te cagas.

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Blogs de famosos 04/07/2006

Tomábame un descanso matutino. Había sustituído mis acogedoras sesiones de Lord Byron avec pipa de maíz frente al fuego de mi chimenea, en mi maison de la ribera, por baños de sol en la terraza de la oficina ahumados con el crack que rebosa en el papel de aluminio. El sol azotaba mi cráneo y elevaba la temperatura de su contenido hasta los 46.5ºC: podía sentir no sólo las gotas de sudor que se deslizaban por mi frente, sino la materia gris que se derretía, paralelamente y al unísino, por detrás de ella; igual que esos románticos utensilios de limpiar ventanas que funcionan con imanes, y que adquirí de forma masiva después de pasar varias noches seguidas de insomnio viendo la teletienda. Tan despiadadamente inspirado me sentía por esos haces solares, que desenfundé mi libreta de escribir textos incoherentes, y no sólo anoté lo siguiente, sino que además lo decoré con inquietantes dibujos a pluma de gigantescos barbudos empuñando mandobles mellados y vistiendo gruesas corazas, igual que ese librucho que escribió el padre de Indiana Jones acerca del Santo Grial, y que tanto me impactó cuando era pequeño.

Un nuevo degénero literario que inspira tanta credibilidad como esos folletos de Ha ganado un televisor de 25″, cebos ideales para venderte enciclopedias, baterías de cocina o alistarte a una incipiente secta. Blogs de famosos. ¿Desde cuando nosotros -que consumimos sus libros autobiográficos, acudimos al cine a ver sus películas o tiroteamos a sus competidores directos desde un BMW serie 7- les hemos permitido llegar hasta este punto? Su derecho a manifestarse en la red, al igual que su intimidad, nos pertenece. Y bajo ningún concepto debemos permitir que cualquier guionista sionista de Sitcoms de la cadena ABC vomite en la blogosfera, en nombre de nuestros famosos, sus penosos y victimistas discursos. Sí. Digo, no. No me imagino a Miguel Ángel Nadal escribiendo con rigurosa constancia y mejor ortografía en su blog, deleitándonos con graciosas anécdotas acontecidas en los vestuarios, entre ingesta de plátano e ingesta de plátano, o con aquéllas resultado de contratar los servicios de un meretriz junto a ese tal Beckenbauer, de moda hoy en día tras haber sido resucitado mediante vudú. Tampoco me imagino a Fernando Alonso ganando tres reales de a 8 por cada línea escrita en su blog, presumiblemente rellena con monosilábicos y entretenidas onomatopeyas simiescas, sin ninguna ayuda de esos buitres de la palabra y la peseta. Ni a Sánchez Dragó diciendo cosas coherentes.

Cuando mi brazo tomó un insalubre color verdoso de tanto pensar, dejélo reposando en la ardiente uralita de la terraza, donde permaneció burbujeando durante al menos… durante al menos dos horas más, hasta Sánchez Dragó saltó la tapia y se puso a mascarlo con placer. Desde luego no me encontraba bien, hacía mucho calor y me faltaba un brazo.

“Hay que destrozar la Constitución”. Un exquisito discurso dictatorial. 21/06/2006

Y ahí tenemos la biblia. Un libro que perfectamente podría ser un delirio de alcohólico, un delirio guiñado por la suerte que le ha hecho perdurar durante miles de años, y que es el pilar de una religión arcaica, corrupta y asesina. Es arcaica por su antigüedad, es corrupta porque, además de las corrupciones básicas, hay señores con gafas gigantescas y un tapete en la cabeza que se follan a niños; y es asesina porque no sé si son miles, o cientos de miles, o millones las personas que ha matado durante su existencia. Y no creo que ningún revisionista lo dude, aunque los habrá.

Después está la gente que todavía es más beata y más temerosa de Dios. No es sagrado el libro que adoran, ni es producto de una divina e infructuosa intervención. Tanto miedo tienen de soplarle el polvo, que seguramente en los próximos dos mil años seguirá intacto. Será más viejo, habrá dado cobijo a más corruptelas, y serán más las personas muertas en su nombre.

Seguirán hojeándolo y masturbándose pensando en ese concepto llamado nación, tan abstracto y opiáceo como la religión, y tendrán mucho cuidado de no dejar ningún semenazo en las hojas de la Constitución, no sea que eso signifique el desgaje de esta nuestra patria: España, el imperio donde hace lustros que sí se pone el Sol. Por eso hay que descuartizarla. Ya sabemos lo que sucede con el software que no se actualiza. Se queda obsoleto, y se usa a disgusto. Manan las vulnerabilidades, y cada vez son más quienes se aprovechan de ellas; sobre todo si hay dinero de por medio.

No dejemos -iba a decir- que se convierta en otra biblia obsoleta. Iba a decirlo, pero recapacité: dejemos que se pudra. Cuando el país explote, estaré sentado en mi sofá, disfrutando de mi cocacola y mi sandwich triple de nocilla, viendo cómo se mata la gente entre sí tras la seguridad de mi televisor. Lo mismo que haré si finalmente alguien la actualiza, venciendo ese miedo colectivo -ya visto en otros momentos de la historia- al cambio. Un cambio tan inofensivo como necesario.

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Boceto desquiciado del Amor y el Odio 24/10/2005

Situación: La misma iluminación de funerarias u hoteles lujosos de zonas lluviosas a altas horas de la madrugada, todo rezuma un aura a terciopelo magenta y madera oscura iluminados por candelabros. Una mansión sólo habitada por un excéntrico y -extraoficialmente- millonario joven.

Escuchaba el crepitar de los polvorientos troncos de la chimenea, y mezclaba mentalmente su sabor con el de la copa que mezo elípticamente en mi mano. A la vez fumaba en pipa de maiz y con un tercera pero inédita extremidad, con forma de brazo, acariciaba a mi fiel sabueso, un cruce entre pastor alemán y caniche (sick) (sic). También leía un libro de Edgar Allan Poe. Estaba rozando la demencia, de no ser por dos prostitutas con tutú que fumaban una amalgama de crack y huesos triturados (¿dónde he leído ésto?), que me susurraban obscenidades con las que mantenerme atado a la irrealidad. –¡Anacronismo! -grité enfurecido blandiendo mi florete, cuya afilada hoja no menguaba lo afeminado de su nombre.

Me había pasado ocho años de mi vida encerrado en mi mansión, con un mayordomo que -intuyo- se emborrachaba todas las noches en las bodegas de los sótanos, buscando amistades diferentes a las paridas por mi mente perdida -¡por la mujer y la bebida!-. Mi empresa en estos años era absurda: dibujar juntos al amor y al odio.
Ocho años arrastrados por una corriente de coñac (antes de acostarme), coñac (para desayunar), coñac (al mediodía) y por la tarde, pues un calimocho. No sé cuántos de esos años estuve arrimándome a la idea de que el amor y el odio eran una línea recta. Después de perder un ojo al escapar de prisión (a falta de cuchara, buena es la cavidad ocular para cavar en el suelo utilizando el vacío -¡flop!-) no conservaba buena visión espacial, así que deseché la línea para embarcarme en la esfera. O viceversa. Creo que la línea me parecía muy sosa, y la esfera se escapaba a mi prehistórica devisión (sic) espacial.
También intenté mezclar líneas y esferas, haciendo una especie de objeto tridimensional, representación de las pesadillas de los gurús del pop-art y esos cuadros con escenas de comic mal encajadas. Luego junté una especie de circunferencia achatada con un agujero, como la paleta de un pintor. Pero el amor y el odio no encajaban en ninguna de estos abortos. Demasiado cercanos a veces. Otras tantas, demasiado lejanos. Sobre todo, inconexos. Nunca son equidistantes.

Pero en la sala de ordenadores (anacronismo #2) de mi mansión (o que quizá sólo era mi cuarto, por lo de la falta de percepción espacial), bajo la mirada voyeurista del mayordomo-becario, leí a la kamikaze de la belleza. Y mediante alguna enmarañada red de asociaciones, lo descubrí. Y lancé mi pipa al suelo, y mi libro de Edgar Allan Poe (que nunca llegué a empezar a leer, pero que ha influído enormemente en mi vida), y también lancé a mi fiel perro al suelo, con más fuerza que nunca, y salió escopetado a su perrera-mansión_gótica.

El amor y el odio son la figura más sencilla. Producto de una estaca 8-foot china de hace cientos de años, y de muchas noches de observación de la osa mayor, los amaneceres y los anocheceres. Seis circunferencias concéntricas con 24 sectores, que las dividen en 24*6… trozos. La sombra más larga, es la del solsticio de invierno. La más corta, la del solsticio de verano. Después de unir las líneas, sale ésto:

Yin Yang

Tan obvio que he tardado ocho años en verlo. La perfecta representación del amor y el odio, juntos, es el yin y el yang.

Ocho años a la mierda en la mansión de Monty Burns. Espero que todavía me conserven los créditos de la carrera. De todos modos, hoy dormiré más agusto. Absurdismos e infracciones de los derechos de autor aparte: gracias de corazón.