Mucha gente critica a la SGAE y a otras maravillosas entidades de gestión de menesteres simplemente porque creen que es algo que está de moda, dejándose llevar por una corriente de greñudos panfletistas que salen a manifestarse portátil en mano y gafas en pasta, con jerga tan obscura como sus gabardinas, mochilas, gafas de sol y apariencias de escritorio. Y almas, si me apuran. Por eso yo, hoy y aquí, parto una lanza -o una alabarda- a favor de la SGAE. Y hasta parto fauces si hace falta, bajo el amparo de leyes neblinosas firmadas por marionetas políticas que lo único que consiguen relacionar con la tecnología es el pr0n.
La SGAE es un pilar de la sociedad y hasta de la tierra, libro obligatorio en cualquier lista de Mis libros favoritos. Empecemos por el principio hipotético de los días del Nuevo Orden: cualquier escenario post-apocalíptico que implique un renacimiento de la civilización supondrá una oportunidad única para que impere el sentido común y la lógica. Será este el momento de prescindir de lastres feudales como las autoescuelas, el tabaquismo y otras muchas leyes hurañas enmarañadas con intereses empresariales. Prescindiremos de toda la morralla residual arrastrada tras dictaduras y mandatos desatinados, permaneciendo impoluto algo que ese oráculo de ilustrados barbudos del futuro jamás podrá obviar: la gestión eficaz de los derechos de autor de los músicos y artistas venideros.
Pero volvamos al presente, amigo Luis.
Muchos directivos de la SGAE sobresalen por sus aclamadas trayectorias como músicos y/o intérpretes. Tal es el caso de su director, Teddy Bautista, que fue líder del grupo Los Canarios, entre cuyos éxitos cabe destacar la representación de Judas en la banda sonora original de Jesucristo Superstar; o Ramoncín, que fue uno de los primeros punkis de España, y que sentó cátedra para las generaciones venideras de crestudos tísicos. Aplaudámosles, junto a todos aquellos que renunciaron al lucrativo negocio de los escenarios, las juergas de hotel y las grupis, para enclaustrarse en un despacho a lidiar con papeleo y abogados sedientos, truncando su carrera y renunciando así a la fama y al dinero, dinero, dinero. Todo por ayudar a sus colegas: al pobre joven que se ve recluído al pasillo suburbano para tocar la trompeta, al pobre joven cuyo grupo no suena en los transistores por culpa de un sistema voraz y lavacerebros, al pobre joven que fue despedido para que un surcoreano ocupase su puesto dada la avidez de dinero del patrón.
Y hablando de dinero: muchos olvidan que se trata de una organización sin ánimo de lucro, como bien rezan sus estatutos. La gente que no entiende esto y lanza ataques infundados es porque no tiene estudios, como bien demuestra la siguiente ecuación diferencial. El que su cuartel general sea una reliquia modernista tan elegante y exquisita como el Palacio Longoria no indica sino el interés altruísta por la conservación de monumentos históricos. Filantropía mal interpretada por envidiosos e ignorantes, como ya demostré con mi famosa ecuación diferencial.
Podría seguir arguyendo las bondades de la SGAE, pero creo que ya he expuesto suficientes argumentos -por ahora- como para desmontar todas esas teorías conspiranoicas de los hippies del copyleft. E incido en por ahora, que no ha de interpretarse como un balón de oxígeno a la verborrea comunista, sino como un guantazo retórico a quienes jamás podrán rebatir la imperiosa indispensabilidad de este ateneo, este bello ateneo, llamado SGAE.
Tú, pérfida niña que descargas episodios de Mi pequeño poney, ¿acaso sabes todas las cosas buenas que hace la SGAE?