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Archivo de ‘Reflexiones’

Propiedad intelectual 27/05/2007

Una gran reflexión ajena que ya tiene unos cuantos años:

Tengo una manzana y tú no tienes nada. Si te doy mi manzana, entonces tú tienes una manzana y yo no tengo nada.

En cambio, cualquier objeto “intelectual” que posea -una idea, un conocimiento, o la melodía hortera que parí anoche entre estertor y estertor- no lo perderé cuando te lo entregue. Tú lo tendrás, y yo también.

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Cosa rara nacional 13/05/2007

Nubarrones. Durante el último gran evento deportivo mundial, un gran sombrero inflable de sombrerero loco infumable se alzó sobre lo alto de la Heineken. Cada vez que los Países Bajos ganaban un partido, colocaban el escudo de la víctima, y éste parecía uno de esos ancianos entrañables que tiene la cazadora vaquera llena de porquería plástica.

Sólo pudieron clavar dos. O tres.

Después todo se esfumó, y los dueños que habían pintado sus bares de naranja chillón tuvieron que enfrentarse a  otros cuatro años sin clientela, a la abuela que fuma puros purgándose más que nunca por las mañanas y al hermano macarra con tupé oxigenado llenando la casa con más multas por pinchar ruedas.

Qué estará pasando ahora en las ventas de carretera de La Roda, me pregunto. Otra hazaña de España. Qué desperdicio de energía y pintura. Siempre estropeándolo. ¡Pedid coñac!

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Sobre la jerarquía social en los restaurantes de playa y de ciudad 25/06/2006

Es más fácil en uno de esos restaurantes a pie del paseo marítimo, porque suelen ofrecer una mayor variedad de chuminadas histriónicas en la carta. Son su debilidad. Comidas que echen chispas, o humo, o que estén ardiendo.
Busca cual yonki ese momento de supremacía social, racial y genital que da comienzo cuando el camarero sale a la terraza con una bandeja de comida humeante, ardiente, o con bengalitas hawaianas. Entonces los comensales de todas y cada una de las mesas levantan la cabeza de su puré de verduras y ven el mayor espectáculo de sus miserables vidas: un camarero portando una bandeja de comida humeante, ardiente, o con bengalitas hawaianas. Y se sienten inferiores; vituperan contra sus ridículos y no llamativos platos de amalgama marrón y se sienten asfixiados por una sociedad voraz y ambiciosa, en cuya cúspide se encuentra ese señor gordo de la mesa adyacente, que come carne cruda deflagrada con su señora.

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“Hay que destrozar la Constitución”. Un exquisito discurso dictatorial. 21/06/2006

Y ahí tenemos la biblia. Un libro que perfectamente podría ser un delirio de alcohólico, un delirio guiñado por la suerte que le ha hecho perdurar durante miles de años, y que es el pilar de una religión arcaica, corrupta y asesina. Es arcaica por su antigüedad, es corrupta porque, además de las corrupciones básicas, hay señores con gafas gigantescas y un tapete en la cabeza que se follan a niños; y es asesina porque no sé si son miles, o cientos de miles, o millones las personas que ha matado durante su existencia. Y no creo que ningún revisionista lo dude, aunque los habrá.

Después está la gente que todavía es más beata y más temerosa de Dios. No es sagrado el libro que adoran, ni es producto de una divina e infructuosa intervención. Tanto miedo tienen de soplarle el polvo, que seguramente en los próximos dos mil años seguirá intacto. Será más viejo, habrá dado cobijo a más corruptelas, y serán más las personas muertas en su nombre.

Seguirán hojeándolo y masturbándose pensando en ese concepto llamado nación, tan abstracto y opiáceo como la religión, y tendrán mucho cuidado de no dejar ningún semenazo en las hojas de la Constitución, no sea que eso signifique el desgaje de esta nuestra patria: España, el imperio donde hace lustros que sí se pone el Sol. Por eso hay que descuartizarla. Ya sabemos lo que sucede con el software que no se actualiza. Se queda obsoleto, y se usa a disgusto. Manan las vulnerabilidades, y cada vez son más quienes se aprovechan de ellas; sobre todo si hay dinero de por medio.

No dejemos -iba a decir- que se convierta en otra biblia obsoleta. Iba a decirlo, pero recapacité: dejemos que se pudra. Cuando el país explote, estaré sentado en mi sofá, disfrutando de mi cocacola y mi sandwich triple de nocilla, viendo cómo se mata la gente entre sí tras la seguridad de mi televisor. Lo mismo que haré si finalmente alguien la actualiza, venciendo ese miedo colectivo -ya visto en otros momentos de la historia- al cambio. Un cambio tan inofensivo como necesario.

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Sobre cómo nos venden la muerte 02/02/2006

La perdurabilidad vende. Vende mucho, y está tan arraigada en los deseos humanos que pese a tener un tamaño de proporciones inconcebibles para la imaginación (ya que se esconde detrás del 99.9% de lo que nos motiva) no la vemos, o no escarbamos en nuestra propia mierda lo suficiente como para encontrarla.
Ya lo he dicho en otras ocasiones, pero nadie me ha hecho caso. La muerte acojona, y mucho: acumular y obtener durante muchos –o pocos- años para perderlo todo de golpe, tanto lo físico como lo metafísico. Es como que se vaya la luz en mitad de un juego (cualquiera) y ver que lo hemos perdido todo. La muerte y los apagones no avisan. O no suelen hacerlo. Y es por ese miedo que intentamos plasmar nuestra frustración por el hecho de tener fecha de caducidad en nuestros bienes materiales: un hogar, que seguramente sea el elemento que más seguridad y evasión de la impermanencia proporciona; una hipoteca a largo plazo, que también nos hace sentir inmortales… y ahora también a nuestra descendencia; amar a tu nación o país, uno de tantos conceptos inútiles que inventamos, en este caso para superar la caducidad de amores más físicos.
Y ahora también, los videojuegos. Parecerá que no, pero la base sobre la que se asientan historias como Sims o la mayoría de los juegos multijugador masivos (como Ultima Online, MUDs varios, etc.) es, en su naturaleza ulterior, la de tener un personaje eterno. Si somos mortales y estamos destinados a pudrirnos bajo tierra tarde o temprano, ¿qué mejor idea que darnos un placebo como este para evadirnos de la realidad? Inicias tu sesión, cargas tu partida salvada, y resucitas en un plano pobre y muy inferior. Satisfacción. Eso vende que no veas. Ni te lo imaginas.
Estaba dándole vueltas a otra caducidad, también dañina y venenosa, que es la de las palabras. Y todos estos párrafos, aparte de para intentar meteros miedo o -según se mire- motivación, solo los he usado como introducción. Las palabras no sólo están condenadas a expirar en cuanto terminan de ser pronunciadas: también arrastran y precipitan a todos los conceptos que representan hacia su ya inherente desaparición; y es irónico que algo caduco intente atar y perpetuar algo igual de caduco.
Las palabras escritas, además, tienen un plus de sarcasmo, de ridiculez, de risión venenosa. Ojeo viejas cartas, cuya lectura tiempo atrás me hubiera hecho romper a llorar, y ahora me dan risa. Son ironía: pese a no ser tan complejas como una persona, sí son menos mutables que sus intrincados sentimientos. Y me hacen más consciente, que no gélido. Y distingo mejor.
Pero yo soy producto de un experimento ludóvico. Dolorosamente inmutable, salvo a golpe de droga. Y voy por ahí con mi sobredosis de poder, machacando y hundiendo, mordiendo y desgarrando. Desmiembro, rajo, cerceno, deviscero, mutilo, corto, atravieso, segrego, parto, empalo, arraso. Pero ése no soy yo, yo no soy mecánico. Y no me pronuncio acerca de estas cosas, ya que desconozco y no tengo una opinión formada. Pero gracias de todos modos; prueba a preguntar a mí colega, creo que se ha leído un libro. Y él sí tiene los cinco duros para la recreativa. ¿Qué?

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