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Archivo de ‘Relatos’

La empresa del futuro 31/03/2007

Metálica. Azul oscuro, como muy grisáceo, y caras impertérritas en trajes monótonos que convergen ambos sexos. Entran todos muy puntuales y caminan por un amplio, amplísimo recibidor en el que una reverberada voz femenina les conmina a la máxima eficiencia, la producción masiva, para gozo de quienes observan tras el cristal ahumado. Puede que suene una melodía difícil de apreciar. Puede que no. Siempre habrá grandes pantallas que mostrarán campos verdes y cielos azules, y una cara asiática sonriente que entra difuminada de cuando en cuando, con una sonrisa impoluta. No quieren enfadarla; en fila, todos pasan la prueba del iris, o de la gotita de sangre en el pulgar.

Todos quieren escapar de allí. Ir a otro planeta, o a una zona descontaminada a miles de kilómetros, o a un nivel de consciencia superior rodeado por numeritos verdes y terminales furiosas de telnet que imprimen datos incongruentes. Los que están en Marte quieren ir a la Tierra, porque allí aguardan expectantes sus mujeres y sus hijos -que ya atinan sus primeros bateos-. “Papá trabaja allí arriba, escribiendo a toda velocidad en un teclado flotante de luz”. “Tómate la lección o te cruzo la cara”. Los que están en la Tierra, desean fervorosamente ir a Marte, porque allí se les ha perdido algún sentimiento de ciencia ficción o un paseíto por el valle naranja con la pareja. “No tropieces o tus ojos engordarán hasta salir de sus cuencas y explotar, y no será una pesadilla”.

El camino hacia la libertad es duro, y está minado de guardias -todavía más grises- con enormes cascos y tarjetas magnéticas para acceder al cuarto nivel. Corren en falange aunque es muy fácil darles esquinazo; siempre hay un cuarto oscuro de cables y luces rojas parpadeantes en el que refugiarse, o una trampilla en el suelo en la que nadie ha reparado.

Miran a través de las pocas ventanas un mundo post-apocalíptico donde las briznas de hierba pueden ser peligrosas dagas programadas por “los de arriba” para aniquilar a los escasos héroes que esconden sus planes al siempre condescendiente escáner de iris. Siempre hay algún confidente asiático que les vende comida extraña y picante en los barrios bajos de neón, en los que siempre llueve y hay alcantarillas que exhalan vapores ponzoñosos. Él les ayudará. Les presentará a un científico demente, o a una mujer revolucionaria de pelo encardado y oxigenado.

No hay otra alternativa para el futuro. Todas las empresas serán esa empresa omnipresente. Hasta el puesto roñoso del amigo asiático es una franquicia de esa Omnigen, Skynet, Neotronics, o lo que sea; y desaparecerá en el subsuelo cuando el hombre tras el cristal ahumado pulse el botón. Ah… ¡el subsuelo! Qué bien se vive en las alcantarillas del futuro, junto a cíclopes, deformes y mutantes.

No te dejes llevar por este romanticismo. Sigue trabajando para Mutronics, y levántate cada día en tu habitáculo de cemento y acero. La pantalla plana del techo te dará los buenos días con campos verdes y amaneceres de telefilme lacrimoso. ¿Para qué malgastar energía corriendo de los guardias paramilitarizados y los mech bípedos? Tienes cubitos de avecrem que valen por la comida de todo un día, ¿para qué comer barro enmohecido en la Tierra, o barro sulfuroso en Marte? No lo estropees. Inyéctate algo de lo que encuentres en el frigorífico. Prototronics te observa.

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“¿Te acabas de despertar y te has dado cuenta de que eres la única persona en la tierra?”. Una guía de supervivencia. 01/09/2006

El charco voraz no es un algoritmo voraz, y ni siquiera tiene que ver con esta historia. Pero una vez leí algo sobre Jimi Hendrix, su perro, y no sé cuál charco que se tragaba las personas que él más amaba. Acababan todas deslizándose por un intestino subterráneo hasta acabar excretadas en unas sillas, en las que reían gags prefabricados por guionistas judíos, puestos en boca de ese mamarracho que se parece al Bartolo, en una especie de “Club de la comedia”. Al final Jimi no supo discernir entre pesadilla, exceso de marihuana, de éter, de metedrina, de adrenocromo, de mi imaginación, de mis excesos con la marihuana, éter, metedrina o adrenocromo.
Nadie lo sabrá.
Lo que ocurrió con ese charco, tampoco.
Esta misma mañana desperté con la tragedia de Jimi en mente. Podía, y sigo pudiendo, invocarla vívidamente; como si la estuviera arrastrando por el cordón umbilical. “Sabía que algo saldría mal cuando vi esos restos de placenta encharcando mi pijama.” -pensé desde una perspectiva narrativa. Limpié el estropicio en uno de esos lavabos blancos impolutos que piden casquería a gritos; los habéis visto en docenas de películas de muertes accidentales y los consecuentes tropiezos de subterfugio del homicida.
Entonces me di cuenta de que todas las personas del mundo habían desaparecido, entendiéndolas como entes de carne y hueso. La ropa no iba añadida: nada más esfumarse la población mundial, pude ver miles de millones de camisetas, trajes de ejecutivo, sujetadores y gorras Adidas consumiendo sus últimos julios de energía cinética y potencial, hasta caer al suelo con aterradoras y sobrecogedoras formas. ¿Serían casualidad? Yo creo que no.
Vale. Tenemos un problema. ¿Qué cojones? Tengo un problema. El primer problema es que ya no existe el plural en las formas verbales. Detrás de él hay otros tantos, que ya suman un plural, pero al no ser verbal, da igual. Bien. He resuelto mi primera crisis de forma satisfactoria. A por la siguiente:
Vehículos, trenes, aviones, satélites, transbordadores espaciales, centrales nucleares, submarinos nucleares, silos rebosantes. Desatendidos y desatendidas. ¿Debería salir de casa? Si salgo de casa, ¿seré lo suficientemente ágil como para esquivar un avión precipitándose hacia mi recién rapado cráneo? Si me quedo, ¿habré tomado el suficiente yodo como para ser inmune a escapes o explosiones nucleares de las centrales energéticas próximas? Debería alejarme de los núcleos urbanos.
Decidido: Viajaré a algún lugar periférico, lo suficientemente alejado de urbes, fábricas y otras fuentes de peligro. Allí me estableceré durante un tiempo mientras medito el siguiente paso a tomar. En Países Bajos sólo hay un reactor nuclear activo, Borsele, que se encuentra al sudoeste del país. Permaneceré en Amsterdam hasta reunir medios suficientes para emprender un viaje más largo. Quizá regrese a España. Pero ésa es otra historia: hay que actuar con presura.
Pilas y combustible. La utilidad de los aparatos depende directamente de si se pueden encender o no. Mantas y ropa de abrigo. Alimentos envasados de larga conservación, que me mantengan con vida hasta que sepa cultivar tomates, pepinos, melones, sandías, aceitunas, personas y cebollas allá en mi huerta.
Una furgoneta para transportarlo todo. No sé cómo. Miles y miles de coches en marcha sin conductor serán la causa de otros tantos miles y miles de accidentes en cadena; una furgoneta no sería capaz de driblar neumáticos en llamas, por no hablar de hipotéticas deflagraciones que me chamusquen los pelos del brazo cuando circule asomándolo por la ventana, haciendo la onda esa de “¿Te gusta conducir?”.
Ya me tomé una caja de ansiolíticos al poco de despertar.
[...]
No me ha costado mucho encontrar un todoterreno en buen estado y con las llaves puestas. Me dirigiré a la gasolinera más cercana, donde repostaré y rellenaré varios bidones de gasolina. Tengo la parte de atrás llena de víberes y utensilios. Tengo armas y munición cortesía de la Nederlandse Politie; amén de cuchillos y otras armas blancas. El dinero no será necesario, pero llevo todo lo que he podido robar, por si acaso. Pilas y baterías en cantidades industriales: para el transistor, el teléfono móvil, la Game Boy Advance y la cámara de fotos. He arramblado con cualquier cachibache que, en determinada situación, pudiera serme de vital utilidad. Medicamentos de todo tipo: benzodiazepinas en cantidades enfermizas, aspirinas, polibutines para el dolor de tripita, antiinflamatorios, antibióticos, etcétera. Mantas, como ya he dicho, para combatir las inclemencias. Ponchos, bufandas, zapatillas de andar por casa. Agua, mucha agua. Muchísima agua.
Me pasaré por todas las tiendas que considere útiles de la ciudad; quizá allí encuentre cosas que me sirvan, especialmente en tiendas de electrónica. Un polo de Fred Perry a rayas horizontales negras y rojas, muy de anarko, por 65 eurazos: será mío y gratis. Te eché el ojo el otro día, mamonazo. Tú no te escapas. Quizá renueve mi vestuario, ya va siendo hora. Ya tendré tiempo -después de unos cuantos meses de cuarentena- para volver al centro y saquear todo lo que pille.
Pero ahora tengo prisa. Estar en la calle es peligroso. Mortal. Sé que soy la única persona en la faz de la tierra, pero… ¿qué hay de los zombis? ¿Y de los grupúsculos a lo Mad Max? Cautela, amigo. Cautela.
Pues eso. Me voy, que tengo prisa. Nunca he conducido un Cayenne. Estoy que me da algo, ¿sabes?

Meine Ehre heißt Treue 22/08/2006

El escorpión recorrerá cuantas existencias sean necesarias, sin descansar ni una sóla, para encontrarla. Aunque sumen millares; aunque le envuelvan en desgracias y dolor, tentándole otrora con caminos más sencillos y cómodos, no olvidará cuál es su destino.
Le conduce una energía que trasciende de la imaginación y los lazos de la realidad, que será su aliento en las situaciones más adversas, reincorporándole cuando la desesperación le hunda en el barro y otorgándole fuerza sobrehumana cuando sea incapaz de descargar su aguijón contra quien interfiera en su propósito.
Ella anunciará el reencuentro cuando deflagre en su pecho, anudando sus entrañas y haciéndole enmudecer; y la pena sufrida en el transcurrir de las centurias será ínfima comparada con la naturaleza de la primera mirada que conecte al escorpión con su atmita. Durante una vida más.

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Odeo D. Matthäus. Biografía del primer poeta programador. 14/07/2006

Odeo D. Matthäus. El primer poeta programador, o programador poeta, o proeta. Nació en Loßbruch, —una ciudad rica en vello del estado de Nordrhein-Westfalen, en Alemania— en el año 1866. Sus padres, dos varoniles traperos judíos, descubrieron pronto el virtuoso don de su retoño y no dudaron en explotarlo de forma culkiana: apenas un par de semanas antes de cumplir tres años de edad ya pasaba entre cuatro y diecisiete horas al día en la única y angosta calle del pueblo, desarrolando software libre a dos chelines la línea, soportando inclemencias meteorológicas y una dura competencia por parte del otro bebé prodigio de la proesía mundial, que vivía en el edificio contiguo. Harto de hambrunas, de interminables abusos parentales y de los rostros de estupor de los viandantes —que por aquel entonces preferían lenguajes de más bajo nivel—, hizo las maletas y abandonó el nido —en sentido literal— en 1871. Encontró una acogedora cabaña abandonada en mitad de un campo de trigo, que lucía esplendida en las noches de verano, con la chimenea encendida y el fuego crepitando y refulgiendo con brillo anaranjado por las diminutas ventanas. Hasta 1879 no encontró manera en acceder a su hogar, período de tiempo que invirtió en enmarañar y enreversar su técnica, amén de aprender nuevos lenguajes de programación, como el arcáico Brainfuck. Cuando empujó por primera vez la puerta —en vez de tirar de ella— y contempló el bucólico hogar, reparó en un dingo que dormía plácidamente en un canasto, al cual tuvo que echar de forma embarazosa; ello le hizo caer en una depresión que nunca superó.
Durante su estancia en el trigal publicó su primeros escritos serios, que se recogerían de forma póstuma en el incunable Thus spake Matthäus: an assembler approach; envió infructuosamente sus jóvenes creaciones a las más prestigiosas empresas de software de la época, que rechazaron rotundamente sus escritos, arrojándolos triturados con vehemencia por encima de sus cabezas o usándolos para misiones de contraespionaje industrial. Tu código es demasiado complejo —rezaban las desalentadoras misivas. Queremos diseños que se ajusten a nuestro diseño funcional y a los computadores de la época, no cinco polvorientos tomos de indocumentado y redundante lenguaje funcional. Le pedimos un sencillo programa para la gestión de la cuarta barbería más importante del pueblo, y usted nos entrega un programa que imprime el caracter j dentro de un bucle infinito. ¿Es Ud. consciente del caos y el número de orejas que se cercenaron accidentalmente cuando las quince computadoras de la barbería se encendieron y comenzaron a vibrar y a escupir papeles con ininteligibles caracteres?.
La respuesta de Odeo fue contundente. ¡No se trata de cuán eficaces sean mis programas, sino de su valor literario! ¡La métrica, el ritmo de las líneas! Ver cómo la belleza es conducida por un flujo caótico y absurdo, trepidante a veces, otrora calmo; y se deja atisbar entre paréntesis y corchetes, oh, prisión simétrica para índices y parámetros. Un bucle infinito, señor, es una de las expresiones más hermosas que su enrobinada mentalidad encontrará a lo largo de la vida; triste es que no pueda —o sepa— apreciarlo, pues su existencia quedará relegada a placeres mundanos, vulgares, soeces y zafios, como la programación bajo entornos gráficos.
Fue en una de estas cartas donde podemos encontrar una de sus piezas más populares y valoradas, tanto por profanos como por eruditos y estudiosos; una función entera donde disecciona con atinado filo la irónica existencia del ser humano y profundiza en las entrañas conceptuales de las cuestiones trascendentales.

int echt() {
&nbspstring str1, str2;
&nbspint i=3;
&nbspstr1="ayba";
&nbsp__asm__ ("pop\n\t"
"pop\n\t"
"push\n\t" // Waarom? Waarom? WAAROM???
"pop\n\t"
"push\n\t");
&nbspstr2="btu";;
&nbspif (155 > (43 == 55 ? (i++):"Elisabettah!"))
&nbspstr1 += str[i];
&nbspreturn 1-length(str1[]);
}

La obra ni siquiera compilaba correctamente. No fue hasta pasados varios siglos que un restaurador polaco, experto en roble, arregló los fallos del código de Odeo (detalle que no fue bien recibido por sus herederos ni por el sector más conservador de la proesía, cuyas cuantiosas demandas intepuestas le acercaron a la bancarrota y a la adicción al Percodán®). Tampoco esta pieza pudo esquivar los estragos del nazismo, cuyo departamento de autores de software censuró el nombre de su concubina —Elisabettah, como el sagaz lector podrá observar—, una zarigüeya que conoció en el trigal y con la que tuvo cinco ratones; además de rebajar en varios decibelios la entonación de sus interrogaciones trascendentales —Waroom—, que no gustaron nada al Führer. Se conserva el mancillamiento fascista original en el reverso de una servilleta del café donde solía almorzar.

int echt() {
&nbspstring str1, str2;
&nbspint i=3;
&nbspstr1="ayba";
&nbsp__asm__ ("pop\n\t"
"pop\n\t"
"push\n\t" // Waarom, waarom, waarom...
"pop\n\t"
"push\n\t");
&nbspstr2="btu";;
// Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda, 1939
// Klaus Barbie war hier. Ich liebe dich, Kirsche!!!
&nbspif (155 > (43 == 55 ? (i++):"WOTAN MIT UNS!!! HEIL HITLER!!!"))
&nbspstr1 += str[i];
&nbspreturn 1–length(str1[]);
}

El auge del romanticismo dio paso al clímax de la carrera de Odeo. En 1806 conoció a Friedrich Hölderlin en las —por entonces ilegales— carreras de galgos irlandeses. Como resultado de dicho affaire amoroso y de la influencia del viril teutón, la esencia de la obra de Odeo viró radicalmente, amén de perder a su bienamada y traicionada Elisabettah, que huyó a las montañas con sus amantes: el dingo del canasto y un salmón adquirido en las lonjas al que adherieron hilos de marioneta, y que no tardó en pudrirse, contrayendo ambos disentería. A partir de entonces sus proesías tornáronse harto empalagosas, desgarradoras y creativas, como puede apreciarse en esta estrofa de Dämmerung am Abgrund des Nebels (Amanecer el en Risco Neblinoso – O’Reilly, 1632), escrita al 24% en Brainfuck.

++++++++++[>+++++++>++++++++++>+++>+<<<<–]>++.>+.+++++++..+++.>++.<<+++++++++++++++.>.+++.––––––.––––––––.>+.>.

Al igual que otros tantos románticos, prefería dejar pasear los productos de su inquieta mente desnudos por el campo, cuasi inacabados, lo que evolucionó en cierto minimismo a la hora de componer y numerosas e impagadas multas por desorden público. El súmmum lo representa la escueta proesía anónima que carecía de una mínima estructura:

int main(, char argv] {
&nbspprintf( ____ "%d;
}

Las numerosas modificaciones efectuadas al software del siglo XVI provocaron más de un quebradero de cabeza a Odeo, que veía cómo sus figuras literarias iban quedando obsoletas una a una. Sirva de ejemplo esta reseña de la carta remitida a su hermano Tobías, un pintor del postimpresionismo que se hacía pasar por un dentista del medievo que se hacía pasar por Woody Allen —frente al asombro de quienes le decían que éste no había nacido aún—.

Estoy desolado, Tobías. Han restringido las sentencias condicionales al uso de valores booleanos, por lo que se acabó el usar valores enteros. Acaban de dejarme sin los preciados encabalgamientos, hermano. Y los de Sun Microsystems no responden mis cartas. Esto es el fin.

PD.: Envíame dinero y algo de cecina para mascar.

Y una cajita de Percodán®. ¡Olvida la promesa que le hice a Madre en su lecho de muerte!

A consecuencia de la Gran Guerra y de sus tendencias zoofílicas y homosexuales tuvo que abandonar Alemania. Vivió durante los restantes años de se vida en una buhardilla parisina junto a Friedrich, un gato, unos bongos, una perilla, un alambique ilegal de una isla abandonada y un acordeón —todos ellos inmigrantes judíos ilegales—, en los que continuó explotando el romanticismo hasta que, por las continuas quemaduras, tuvieron que amputarle ambos brazos. Al perder así su herramienta de trabajo, exploró una nueva disciplinas artística: la escultura en mármol de software con un cincel en la boca y una prostituta manipulando el martillo. He aquí su pieza más famosa, Der Riß der Liebe (Lágrima sangrienta de amor – Sony Music, 1989)

(((char)(*))((*)())(((*)((oh)))())([(N)]));

Ella supuso un sonado fracaso, y fue abandonado tanto por Friedrich como por el resto de objetos inanimados. Murió en ese infierno de Hanoi por hemorragias internas al intentar guardar en su ano el mastodóntico reloj de péndulo de Nicosio, su primogénito roedor, para salvarlo de las grasientas manos de unos budistas vietnamitas que llamaban a la puerta de la buharda.

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Ciencia ficción 11/07/2006

La premisa al escribir esto es que no lo entendería si se invirtieran los roles de lector y escritor; me parecería una diserción condicionada por todos y cada uno de los nodos de ese interminable árbol de suertes, circunstancias y agentes caóticos arrastrados por el autor desde el día en que ganó conciencia. Irónicamente, ellos pueden explicarlo; pero sólo a él. Por eso, cuando leas esto y lances una blasfemia al cielo por considerarlo ininteligible, ten en cuenta que yo también lo haría.
Añoro el futuro del pasado, que no es ni el presente ni lo que pueda ser de él. Es una vapor denso atrapado en el tiempo, encapsulado en las sensaciones y los sueños de películas de ciencia ficción. Es frío, gris, ambiguo y crudo; las figuras que se vislumbran a traves suyo se perciben melancólicas, resignadas, y podría decirse que hasta parcas en esperanzas. En sus hazañas no bregan sino por su propia supervivencia, amenazada por un entorno tecnológica y biológicamente hostil.
Se zambullen en la materia negra, en lo desconocido, con naves que hoy consideraríamos arcaicas, repletas de pantallas monocromo que distan mucho de la elegancia y calidad de la que gozamos hoy; con la única compañía del zumbido, del murmullo monótono de la maquinaria.
Las máquinas, tan masivas e indiferentes [...]

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