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Archivo de ‘Relatos’

Cuenta una leyenda… 29/01/2006

—Comienzo de la sección a ignorar—

Un joven reposa su trasero contra el musgo del promontorio rocoso. En realidad le da asco manchar sus caros pantalones khakis, eslabón marcapaquetes de la indumentaria universitaria; pero quiere impregnarse de todo el romanticismo de este bosque neblinoso. Y eso supone impregnarse de bichitos, barro y otras desgracias bucólicas.
El promontorio, como ya he dicho, es de roca y musgo. El típico que dos metros al sur esconde la guarida de un oso negro, un paquidermo muy gracioso que sin duda rugiría gozoso ante la presencia de un inocente mozo de dedos rollizos y cierto aroma a gusto por repartir felaciones a sus compañeros de fraternidad.
La niebla aquí es espesa en setiembre, y los chicos se reunen para recitar poesía.
—Oh capitán, mi capitán —recita Ken, papelajos arrugados en mano.
Levanta su corbata magenta el céfiro, que acompaña otro levantamiento, mas éste procede del otro mundo. Es el capitán, oh. Su capitán, cuyo cadáver descansaba impertérrito bajo el humus sobre el que se apoyan sus náuticos, que ahora están empapados en orín. Su capitán, el que se levanta de entre los muertos acompañado del céfiro, sable en mano, mano en brazo, brazo en la otra mano, y la otra mano en el otro brazo, y en todos carne descompuesta, piscolabis de anélidos.
—Heme aquí, desgraciado. ¿Qué excusa será eco en mi devorado cráneo para justificar la necedad de despertarme?
El joven Ken, añorando tiempos mejores en su Chevy BelAir del 55 por las playas de Malibú, continuó aliñando sus pantalones.
—¿No respondes, oh polizón, mi polizón? —enfadóse el zombi— Entonces habré de relatarte un breve relato.

—Fin de la sección a ignorar—

—Escúchame, Chechu —dijo el capitán zombi— te voy a hablar de la gente sincera.
—Te escucho, abuelo. Pero de tu boca manan inmundos gusanos. Lombrices u otros anélidos que distraen mi atención hacia otros derroteros más escatológicos, como por ejemplo la arcada o el vómito —dijo Ken.
—Mira, Chencho, hijo mío…
—Soy Chechu, mi Capitán —dijo Ken.
—Da igual. Hay dos tipos de gente sincera. Unos te lo dirán a los cinco o seis minutos de haberlos conocido: «Yo es que soy así de sincero o sincera». Huye de esa gente. Son carne de cañón para el Diario de Patricia.
—¿Qué es el Diario de Patricia, abuelo?
—Inmundicia.
—Oh.
—Sep.
[silencio tenso, muy tenso]
—¿Tú vienes mucho por aquí?
—¡Sólo cuando tengo que empalar a poetas afeminados como tú! —dijo Long John mientras ensartaba su cimitarra en el débil plexo solar de Ken. Las tripas del bohemio y romántico recitador, acompañadas de sangre a borbotones, regaban ahora la tumba del famoso capitán de los versos de ‘Oh capitán, mi capitán’, que cada seis plenilunios (o cada vez que algún pazguato se poner a recitar sobre su tumba) se levanta en descomposición para comerse el cerebro de jóvenes poetas vírgenes.
He aquí una leyenda que ha ido pasando de boca en boca, amén de mononucleosis varias, y que es conocida desde hace años como El club de los poetas muertos.

Moraleja

Si conoces a alguien y antes de diez minutos te ha dicho que es una persona muy sincera, significa que probablemente será sincera sobre ti, pero con los demás. Es decir: te pondrá a parir a tu espaldas. La sinceridad, como otras muchas cosas, se demuestra con hechos. Y dejar en paz al puto capitán, mi capitán. A este paso el túmulo donde habita estará tan engordado a base de cuerpos de jóvenes románticos que podrá verse con Google Earth.

Impermanencia, quiropráctica y ron en la petaca 04/01/2006

Mi quiropráctico insite en considerar la impermanencia de las cosas, especialmente de aquellas que tan sutilmente construyen la base de nuestra seguridad: las que nos hacen conciliar el sueño, aquellas cuyo final jamás se nos ha pasado por la cabeza.

No me refiero a tener una visión pesimista de la vida. Simplemente, a aceptar que no hay nada permanente: desde la camilla sobre la que recoloco tus vértebras, que algún día acabará siendo chatarra en el basurero; hasta la chica que amas, que probablemente te sustituirá por el propietario de un BMW M3 que no sepa encontrarse el agujero del culo… e incluso en el caso de que se conforme con tu Seat Arosa, tendrás que considerar que tarde o temprano la Parca segará su vida. Sé consciente -y disfruta- de la impermanencia de las cosas, sin que éllo te obsesione. Acepta que, incluso siendo totalmente consciente de la caducidad que nos rodea, puede que algunas pérdidas te acarreen más sufrimiento que otras.

Entonces hizo éso que tanto detesto: sin avisar, pellizcó un trozo de carne justo donde empiezan las lumbares, y tiró con fuerza hacia arriba, y escuché mis vértebras crujir.

Es probable que cuanto más esfuerzo te haya costado obtener algo, más sufras por su pérdida. El destino obra entregándonos enreversadas y enmarañadas historias, llenas de casualidades, que rompen todo tipo de barreras y oposiciones: una oportunidad entre mil ocurre. Y vuelve a rodearse de mil posibilidades más, y vuelve a salir. Así tres, cuatro y hasta cinco veces más. Y te paras a pensar en cuánto se ha esforzado el destino en unirte a una persona, o a un trabajo, o a un coche de más de 150 cv.; y aceptas el regalo de muy buena gana. Ahora empieza a considerar cada criba que el destino ha salvado como un multiplicador de daño. X2. X3. X4. X5. Lo que el destino te ha regalado, la naturaleza impermanente de las cosas te lo arrebatará, con un bonus al daño considerable. ¿He dicho daño? Lección. Una lección con un bonus X5. Ya empiezas a moverte en otro nivel de consciencia. ¿No crees?

Entonces hizo una pausa para pegar un trago al ron de la petaca guardada en su impoluta bata de respetable doctor, y siguió colocándome vértebras. Y la historia tuvo un final trágico e inesperado, como en Los caballeros de la mesa cuadrada. No sé. Impactó un rayo sobre él, y sus restos se esparcieron por varios kilómetros a la redonda. Y el dinero recaudado fue destinado a balones de Nivea para los del Imserso, por ejemplo.

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Fundamentos de Discusión, o lo estúpido de la comunicación tradicional 25/12/2005

Como todo domingo, hoy toca limpieza general. Entre mini-botellas de alcohol, de esas que se consiguen en los puestos de las ferias, y montañas de ropa sucia, encontré unos apuntes de mi asignatura predilecta: Fundamentos de Discusión.
Desde el primer día de clase te metían el miedo en el cuerpo, porque la asignatura utiliza un medio de incomunicación tan ineficaz como el lenguaje (hablado y escrito), y éso supone que, por muchas horas de estudio que le eches, e incluso si trabajas de becario en algo relacionado con ésto, siempre creerás que la otra persona entiende lo que dices. Pero no. No te entiende. Ni tú a él. Porque tarde o temprano terminamos usando palabras de las que ambos contendientes creemos saber su significado, aunque en el fondo no tenemos ni puta idea, como idiosincrasia, condescendencia, hipocresía, paralelismo, obturador, o encomiable. En la asignatura Fundamentos de Discusión II también tratan acerca de una rama más peligrosa: palabras comunes cuyo significado estamos seguros al 100% de conocer, pero que cada persona interpreta a su manera: nación, país, religión, estado, amor, etc. Por éso, jodido es aprobar una asignatura que se basa en un medio tan pobre y tan imperfecto como el lenguaje.
Iba pasando las hojas, e iba viendo garabatos y caricaturas que hacía de los empollones de la primera fila. Como buena asignatura de ingeniería informática, tarde o temprano tenía que salir la recursividad por alguna parte. Yo, que fui al instituto, ya iba bien curtido en discusiones recursivas, sobre todo esas en las que se mencionan las habilidades en la cama de la madre o la hermana del contrincante. Tu madre ésto, tu madre lo otro, ¿sí? pues entonces yo a tu madre tal y cual, y de paso arrastro a tu hermana a este vórtice de ladridos. Aquí cogí pocos apuntes, porque controlabamos bastante.
Los últimos temas sí eran más jodidos, porque ya te metías en el terreno de la psicología. Según la asignatura, en una discusión el contrincante suele basar sus ataques en traumas o defectos que le avergüenzan, y con los que intenta mancharte. Ésto se acentúa más cuando ve tales traumas reflejados en ti. Por éso, es posible conocer las grietas del adversario atendiendo únicamente a los insultos que te dedica; y puedes filtrarte en ellas cómo gas ponzoñoso. Cuando llegué a este tema, dejé de ir a clase. El lenguaje es un cuello de botella, por éso yo soy un absurdo, y los gafapastas son así de tontos. Telepatía ya.
Salidas de la asignatura: Críticos literarios, contertulios y colaboradores de debates televisivos.

Lavandería nocturna 24/12/2005

Madrugada muy avanzada.
Sigo esperando que el mensaje de mi misión secreta interrumpa a este telepredicador, tiritando de frío en la lavandería, hecho un ovillo, siendo un mendigo más en la fila de televisores de pago. La mayoría de ellos están ya durmiendo, teniendo dulces sueños de borracho, mientras la radiación herziana termina de consumir mis ojos envidiosos, que también buscan un poco de paz onírica. ¿Dije que vestía una gabardina? Pues no, es una cazadora vaquera, y no llevo sombrero: se lo llevó el viento.
Cuando lo has perdido todo, disfrutas hasta del frío plástico de esta butaca anclada a la pared, y del ruido que hace el oxidado brazo articulado del televisor, que lo sostiene para mantenerme en vela y recordarme que existen más colores aparte del azul-noche y el naranja-farola; y construyes en tu mente la trama que te gustaría protagonizar, y puedes pasarte la noche vagando por la ciudad, en una escena constantemente re-edificada por la niebla y las luces de los rascacielos. Tu único desafío es conseguir algo que llevarte a la boca un par de veces al día, porque ya te has acostumbrado a no comer; y la verdad, no te importa.
Quizá por haber descuidado la comida más de lo habitual, hoy no tengo ganas de investigar nada; volveré al viejo edificio abandonado que es mi hogar y mi cuartel general, a cubrirme con viejos periódicos chinos, y soñar con todo lo que -adrede- he dejado pasar. Los perros ladrando, muy a lo lejos, me reconfortan; son el opuesto invernal a las peleas estivales de gatos. Yo respondo -no a ellos, sino al vacío- tres palabras sin propietaria, como todas las noches desde que perdí la cabeza.
La historia de ayer me gustó más -pienso.
Pues habrá que beber más.

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Vangelis: Love theme 20/12/2005

Hoy no tengo ganas de trabajar, y tengo la sensación de haber leído estas seis primeras palabras en más ocasiones de las que puedo recordar: ni tan siquiera una. Será porque anoche en sueños alguien me propinaba cabezazos -frente contra frente- hasta que perdía el sentido y me despertaba con un sobresalto, e intento recuperar la consciencia cruzando mis dedos y apoyando la barbilla sobre ellos.
Tengo la mente en blanco, y sólo habla la mano de Mark Knopfler y su Money for Nothing; y es como un baile de fin de curso encharcado, mugriento y enmohecido que parpadea con un fluorescente roto de madrugada, como si se estuviera celebrando en el callejón de atrás de un drugstore de los suburbios de Los Angeles. Y no puedo tejer una idea cabal, porque la última puntada se convierte en el vapor que rezuma del asfalto y la suciedad, y se pierde para siempre con otros humos y hálitos ponzoñosos.
¿Será esa inquietud la que repetitivamente castigó mi cráneo mientras dormía? Quizá serán las ondas que empuja mi viejo saxofón oxidado y que ralentizan la ascensión del humo, mientras mi gabardina y mi sombrero no se empapan del cursi rocío matutino, sino de la condensación de los gases de las entrañas de la ciudad. Y va siendo hora de buscar la lavandería más cercana, también frecuentada por otros vagabundos bohemios; para alimentar junto a ellos televisores -de media hora en media hora- mientras imagino que no veo a Pat Robertson pidiendo mi número de tarjeta de crédito, sino a un misterioso enmascarado que me encarga misiones secretas, porque soy un detective secreto, y no una sombra cruzada por humos que se alarga en un callejón.

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