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Archivo de ‘Sueños’

Sueño lúcido 31/08/2007

Tanto leer sobre sueños lúcidos o tener fiebre me causa una sensación de irrealidad, y temo empezar a levitar de un momento a otro, o que el cielo se vuelva púrpura y broten de él densos tornados negros envueltos en relámpagos, una especie de Death Vortex.

Mi ordenador se relentiza hasta límites insospechados así que decido desenchufar el Youtube del hilo musical y embragar Radio 3 a través del MPlayer, que es más ligerito, y los presentadores tienen voces más narcóticas. Hay una base de datos no responde, la otra tampoco responde; hay un servidor que usan cientos o miles de niñitos para estudiar ciencias naturales que no responde, y un profesor de universidad escribe para decir que además se ha colado un taco de mensajes que anima a los pobres prepúberes a comprar Viagra a través de internet, y no me apetece nada responderle.

Lo que me apetece es dormir; echarme una siesta y después acostarme y despertarme con el olor de los bollos recién hechos, y darles un bocado y después cientos, o miles. Y tener un sueño lúcido y poder cambiar el color de las paredes a mi antojo en un campus toroide de absoluta ingravidez.

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La MIR en llamas, sobre París 18/07/2007

Anoche soñaba que veía, desde el balcón de mi casa, un avión envuelto en llamas explotando en la pista de un aeropuerto.

Hoy ha sucedido algo parecido.

Perturbador.

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Bienvenido a la época de los grandes gremios… 28/01/2006

No puedo mostrar resistencia alguna.
Encuentro el patrón perfecto todas las noches. Pero todo cuanto he tejido se convierte en éter. Y al no existir gravedad, puede tomar otro camino aparte del que me devuelve a la vigilia: puede conducirme al sueño. The children of the idle brain.
El regreso a la vigilia da pasos -obvios- hacia atrás; aunque lo más acertado sería describirlo como un estado voraz de olvido. Olvido lo que he tejido cuando pienso en ello, con la intención de agarrarlo, secuestrárlo y dártelo. Nunca he conseguido rescatar ni una mísera palabra de ese vórtice violáceo de ironía. Cuando despierto, no hay nada. Sólo el oscurecimiento de lo que he creado mientras se precipita hacia el vacío, perdiéndose.
Por el camino del sueño sólo hay incertidumbre, salvo en la certeza de que cuando despierte, también habré olvidado el patrón. Aunque a veces puedo encontrarte en ese camino, y eso es algo bueno.
Pero cuando eso ocurre tampoco sabría decir
si fui capaz de contarte
todo lo que enmarañé (para ti)
en la línea que separa
la vigilia
del sueño.
Allí está el patrón perfecto, y allí permanece por más que intento traerlo. Podrías venir a verlo conmigo. Creo que viajaré a por él dentro de un par de minutos. Una noche más.

Tiene más sueño que kilómetros de distancia restantes para ser persona. Ahora babea encima del teclado, pero no os preocupéis: no está muerto. A ver qué opina cuando mañana se despierte y vea esto.

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Ridi, Pagliaccio 11/08/2005

Por miles podía contar las minúsculas descargas eléctricas que se expandían desde mi nuca hasta la punta de los dedos de mis pies. Rápidamente recorrían la espina dorsal hasta llegar a la altura del estómago, y desde allí explotaban, repartiéndose por las extremidades de mi -ahora tan sensible- cuerpo. No podía ser sino una breve pero intensa alucinación -quién sabe si por esos años de tonteo- en la que tú volvías a aparecer otra vez, aquella de quien me escondo. Nos encontramos perfectamente simétricos, tanto que pareces mi imagen reflejada en un espejo. Pronto encontramos nuestras miradas. Estaba tan tranquilo aquí sentado… y ahora el Destino nos enmaraña, y te evoca justo a mi lado, a mi diestra. Pareces tan sorprendida o asustada como yo, aunque yo empiezo a acostumbrame a este tipo de alucinaciones. Como era obvio, todo lo que no somos tú y yo está sumido en la oscuridad. Neutra, pero helada conforme nos envuelve. Porque yo apenas soy consciente de mi cuerpo (por ahora), pero tú pareces muerta de frío, del color que tendría tu rostro si se viera reflejado en el hielo. Hasta podría trazar mentalmente la forma del aire que exhalas. Sólo se salvan tus mejillas y tus ojos.

Existe una sensación que no tiene nombre. La sientes justo antes de saber si estás tocando hierro incandescente, o algo capaz de congelar los siete océanos. No llega a ser dolor, sí un flash previo a él. Por tu aspecto, intuyo que será de frío. La siento justo cuando nuestros antebrazos entran en contacto. Entonces, ni frío ni calor, otra descarga eléctrica. Empiezo a sentirme como un reo, tan inmóvil, y tan a expensas de ti. Entonces, la realidad se desdobla. En un camino, descanso la palma de mi mano sobre el dorso de la tuya. Otro es parecido a éste, salvo que nuestros dedos se entrelazan. En otro, siento esa fuerza genérica que todo el mundo siente justo detrás de la cabeza cuando se pregunta si la persona que comparte el escaso aire que les une durante diez centímetros también la está sintiendo. Pero no llego a besarte. En el siguiente desdoble, sí. Y éste se desdobla en otros mil, pero la forma en que siento tus labios en cada uno de ellos no tiene palabras. Su naturaleza se escapa de mi comprensión, pero es de un ligero color rojo grisáceo, como tus mejillas. En algunas de esas realidades nos detenemos en ese instante momento, como extenuados. O como excusa condescendiente para no romper el beso. En otras tantas, queremos más, pero no quiero perderme describiéndolo. Todas esas realidades son aquellas pequeñas descargas, que explotaron en lo más profundo de mi traicionero subconsciente, con sede en las dependencias traseras del cuello, y se expandieron -se desdoblaron- por todo mi cuerpo, en lo que dura este golpe de pestaña. Empezó siendo una, después dos, luego millones. En todas esas realidades infinitas y paralelas, acabamos siendo sólo tu y yo. Pero -oh trágico destino, oh capitán mi capitán, O Romeo Romeo Whyfore art thou Romeo- todas esas descargas acaban disipándose cuando llegan a mis extremidades. En el caso de nuestras realidades, todas acaban estrellándose contra una única realidad: la de verdad.En ese momento, puedo oirle cantar, como en una de esas radios antiguas:

Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore infranto,
ridi del duol che t’avvelena il cor!